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Juan Manuel González

'Biutiful': Cine en bruto y sobredosis de intensidad

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Biutiful sigue los pasos de Uxbal (Javier Bardem, premio al mejor actor en Cannes), un hombre que trapichea en los bajos fondos de Barcelona para tratar de sacar adelante a sus hijos, por los que siente un amor infinito. Pero Uxbal tiene un grave problema en forma de cáncer terminal, y le quedan muy pocas semanas para arreglar su vida.

Alejandro González Iñárritu aborda en Biutiful un viaje al dolor y la naturaleza insondable de la muerte en un filme que, sin necesidad de romper la linealidad del relato como en 21 gramos, apunta por primera vez en largo tiempo elementos de realismo mágico y trascendente en su carrera. Y como era de esperar en el mexicano, es toda una sinfonía de tragedias, un viaje hacia la disolución de atmósfera irrespirable que no nos concede consuelo alguno. Durante las dos horas y algo que dura el filme, la cámara del mexicano no se separa ni un momento de un Javier Bardem que remata, no podemos obviarlo aquí, la que quizás sea su mejor actuación.

El director mexicano juega hábilmente con la delgada línea que separa la intensidad del sensacionalismo todavía más que en anteriores ocasiones. Y si sale ganador es gracias a la labor de Bardem y el complejo retrato del personaje que aborda. Porque Biutiful cae en el trazo grueso muchas más veces de las que Iñárritu se piensa, y esta vez la arquitectura dramática de la película no resiste tan bien como antes. Que se nota, vaya, la ausencia en el apartado de guión de Guillermo Arriaga, excelente escritor que diseñó mano a mano con Iñárritu la compleja estructura de Amores Perros, 21 Gramos y Babel.

Eso quiere decir que de ellas la cinta conserva la infinita garra visual del director, así como su sentida e intensa vocación dramática y existencial, totalmente conmovedora en muchos instantes. Pero Biutiful no es más que un melodrama excesivamente estirado y en ocasiones hasta desestructurado, con implicaciones sociales de perogrullo y cuya intensidad viene del énfasis en la podredumbre moral y material de todas sus fibras y la naturaleza extrema de sus temas. No obstante, finalmente el resultado es expresivo al máximo y toda una experiencia fílmica. Tortuosa, pero experiencia al fin y al cabo.

Y es que, a pesar de sus defectos y ese exceso de pretensiones, Biutiful triunfa. Y lo hace gracias a la intensidad de su protagonista y, sobre todo, la cámara inquieta de Iñárritu, capaz de convertir la película en un viaje visual digno de aplauso. El director de Amores perros es todo un creador de imágenes en el sentido más amplio de la palabra. Su talento en este punto es infinito y consigue que la Barcelona decrépita de la película, a kilómetros de cualquier recorrido turístico al uso, derive en un fascinante fresco rico en texturas, colores y hasta olores, que perdura más que las consideraciones sociales de la obra, indudablemente bienintencionadas en su crudeza pero más tópicas de lo que se piensan.

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