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Juan Manuel González

'La piel que habito'

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La piel que habito es su película número dieciocho de Pedro Almodóvar, y supone un cambio aparentemente radical para su director. Porque la historia de Robert Ledgard (Antonio Banderas) un cirujano que experimenta con un particular conejillo de indias, Vera (Elena Anaya), trata de combinar sus habituales marcas de fábrica con algunos lugares nuevos para el autor.

Así, el habitual cóctel de deseo, erotismo y angustia de Almodóvar sigue bien presente, pero esta vez abstraído en una cinta movida por motivos pertenecientes al horror e incluso la ciencia ficción, casi como una deriva natural en esa orientación marcadamente fetichista y cinéfila en la que parece chapotear el manchego. Amas de llaves, científicos locos, pesadillas y crímenes se mezclan con sus habituales obsesiones sexuales, extraños traumas... En el (formalista) goticismo de diseño de La piel que habito caben referencias tanto a la novela original de Thierry Jonquet como a Hitchcock, al mito de Frankenstein, a la sustancia de un melodrama familiar, y por mucho que a Almodóvar le pese, incluso la saga de terror gore Saw, por motivos que tampoco vamos a revelar.

Pero la densidad conceptual de La piel que habito está, y perdón por el chiste, demasiado bajo la piel. Por mucho que el común de los mortales sospeche que aquí hay un simbolismo de alto voltaje, que bajo la superficie late la pérdida de identidad de sus protagonistas y hasta el absurdo de su existencia, y que apreciemos el muy buen esqueleto del guión, La piel que habito fracasa a la hora de hacer probables emocionalmente esos personajes y situaciones. Almodóvar otorga al filme una estructura que gana densidad según avanza, y una puesta en escena espléndida, meditada y sobria. El realizador maneja ideas con la seguridad de un veterano. Pero incluso dentro de su calculado absurdo, existe un factor de apatía total que no parece deliberado.

Y es que Almodóvar no consigue dar entidad a ninguno de los dos personajes principales ni las situaciones que abarcan, como tampoco lo hacen las respectivas encarnaciones de un estéril Antonio Banderas (quién lo diría) y una distante Elena Anaya, dejando al espectador huérfano en un filme que se balancea peligrosamente entre su pose intensa y el puro ridículo (el de sus torpes diálogos, en los que asoma sin rubor el subtexto, el de sus descolgados personajes secundarios, por no mencionar un par de los tradicionales exabruptos almodovarianos). Por muy austera y quirúrgica que se quiera La piel que habito, toda esa frialdad huele a fin y no a medio, a palo con zanahoria atada: la dramaturgia le ha fallado a Almodóvar, y lo que anteriormente eran rasgos de autor parecen derivar hacia la caricatura indigesta.

Lo que queda es una pelea de maniquís disfrazados como la que protagonizan Roberto Álamo y Elena Anaya en un momento de la cinta, es decir, una caricatura de esa combinación de carnalidad e intelecto de reflexiones sobre la identidad y la carne como las proporcionadas por David Cronenberg, quien también supo dar cuerpo de cruel melodrama a un filme de terror, (o mejor dicho, a varios). La piel que habito se columpia entre el pastiche y el filme de autor, pero en su equipaje la emoción, inquietud o amor brillan por su ausencia. Mucho ojo. En una cartelera dominada por cintas de superhéroes, remakes sin chicha, cintas de animación infantil... La piel que habito se puede merendar a cualquier cronista despistado. Pero a pesar de ello, la película no causa admiración por su audacia, sino indiferencia.

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