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Juan Manuel González

'Tiburón 3D: La presa'

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Tiburón 3D: la presa se sitúa a medio camino entre la clasicona serie B y las referencias a la saga creada por Steven Spielberg, con la que –huelga decirlo- la presente no tiene absolutamente nada que ver. En la cinta, unos jóvenes se encuentran con el fondo de un lago de agua salada completamente infestada de hambrientos tiburones. Pronto se dan cuenta de que los escualos no están allí por casualidad... lo que da lugar a un guiño a ‘Defensa’, de John Boorman y un viraje de la cinta hacia los trillados caminos del terror adolescente.

Tiburón 3D ha sido dirigida por David R. Ellis, director de segunda unidad y especialistas reciclado ahora en artesano del cine hecho con material de derribo. Firmante de Destino Final 2 y 4, así como el estimable thriller Cellular, Ellis carece de la vena fantástica y el talento de los directores que afrontaron esta disciplina en décadas pasadas, pero lo cierto es que es perfectamente capaz de orquestar escenas de suspense, gore o acción con solvencia, poco presupuesto y cierta guasa.

Ahora bien, ninguna de esas virtudes están presentes en Tiburón 3D. Al contrario, el filme da la impresión de estar resuelto con hastío y sin ningún desparpajo, sin que a lo largo de su escasa hora y media exista una planificación especialmente elaborada. Tiburon 3D se muestra, además, extraordinariamente parca en cuanto a nivel de violencia y Ellis sólo se muestra generoso a la hora de exhibir las carnes de su reparto juvenil, quizá el único aspecto que insta a seguir mirando. Da la impresión de que el realizador ha visto sus manos atadas por requerimiento de la calificación por edades y que tampoco le interesa especialmente enfatizar el giro de los acontecimientos que ocurre a mitad del filme, lo que condena la película al abismo de títulos que deberían ir directos a DVD.

En definitiva, que a diferencia de su directo precedente, el saleroso remake Piraña 3D que perpetró el año pasado el francés Alexandre Aja (europeo tenía que ser), la cinta carece de genuina ironía. Los actores, los diálogos y los efectos especiales están a la altura de lo esperado, es decir, ninguna. Lo que no era de recibo es que la diversión también brillara por su ausencia.

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