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George Miller es una personalidad singular. El director australiano se consagró con Mad Max (1979), cinta de ciencia ficción pergeñada con un puñado de dólares australianos y cuyo inesperado éxito lanzó a Mel Gibson como estrella de cine en EEUU. A continuación sobrevino una carrera exigua en títulos pero nunca estéril en resultados, que además de las secuelas de su éxito original (del cual está rodando ahora una cuarta entrega) abarca géneros como el drama (El aceite de Lorenzo), el fantástico (su formidable episodio para En los límites de la realidad o la estupenda Las brujas de Eastwick) y el género infantil (Babe 2). Precisamente a este último perteneció también la primera Happy Feet, cinta animada de apabullante pericia técnica que ganó en 2006 el Oscar a la mejor película animada.

Digo todo esto porque Miller consigue en Happy Feet 2 un filme interesante pero demasiado irregular. Lo mejor de todo es que el australiano, sin alejarse de los parámetros de una cinta de animación infantil, sí se distancia del esquema Dreamworks (el del Gato con botas y la saga Shrek, para entendernos) y busca nuevas modulaciones en el género, tanto en cuanto al sentido de la aventura como del humor, preservando su categoría de cineasta de género pero con cierto empaque autoral, poco dado a ejercer de jornalero de la industria. Y lo segundo mejor es que el director australiano parece poco interesado en repetir la trama de la primera película, que reescribe y reubica en una cinta con intenciones distintas, con menos componente musical y más dosis de fábula aventurera, pero conservando la impresionante factura visual del producto, que deja en evidencia a la mitad de sus competidoras con la lógica excepción de la factoría Pixar.

El resultado, no obstante, confunde debido a cierta sensación de anarquía argumental y un guión menos inspirado que en la primera entrega, repleto de capítulos innecesarios, en el que Miller trata de presentar un producto familiar y tierno sin poder fracturar el discurso hollywoodiense. Esto deriva en una galería de personajes excesivamente compleja y un argumento leve que tarda mucho en arrancar, que tampoco enriquece la mitología de la primera película.

La apuesta de Miller es, sin embargo, esparcirse con la pura parodia, utilizando para ello un humor que saca un estupendo partido de la incredulidad del público. Ahí está el desplante en forma de ópera que se marca el pequeño pingüino Erik, o el episodio del León Marino bloqueando el paso de los protagonistas, en el que Miller juega con el humor y el componente educador del cuento de una forma original, sin que su sentido del absurdo eche por tierra la moralidad típica de una fábula. Y no nos olvidamos de elementos tan marcianos como la adición Bill y Will, dos crustáceos microscópicos con preocupaciones existenciales, que liquidan el recuerdo de la ardilla de Ice Age y se alzan como lo mejor del filme. Si la historia del pingüino resalta la importancia de la individualidad, la de las dos gambas interpretadas en V.O. por Brad Pitt y Matt Damon acaba destacando la importancia de, precisamente, integrarse en un grupo. Happy Feet 2 cierra el círculo de la primera película de una manera más sutil de lo que parece, y con ello expía (parte de) sus imperfecciones narrativas. Qué quieren que les diga, semejante dosis de realismo esquizofrenico resulta saludable e inteligente en un género poco dado a la verdadera ironía.

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