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'Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres'

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No sé ustedes, pero un servidor, que se sintió en su momento relativamente interesado por la primera de las entregas suecas de Millenium –cosas de las primeras impresiones, digo yo-, desconectó de forma absoluta en las subsiguientes secuelas, todas ellas adaptadas de la saga literaria del escritor sueco Stieg Larsson. La aportación de ese notable descubrimiento de nombre Noomi Rapace apenas maquillaba la mediocre labor de dirección y un monótono guión, heredero quizá de unas novelas cuyo encanto, a lo mejor, era recoger con cierta clase los méritos de escritores mejores que Larsson.

Pues bien, David Fincher demuestra con su adaptación del primero de los tomos de Millenium que, tal vez, las líneas del fallecido escritor fueran creadas desde el principio para que las dirigiera el autor de las enormes Seven o Zodiac.

Se puede compartir o renegar más o menos de la moralina victimista y feminista de Millenium, condenar la falta de sorpresas de un argumento que de alguna manera enlaza violaciones con nazismo, pero lo cierto es que Fincher logra, bien por él, que el asunto trascienda esta vez la supuesta originalidad de la heroína que da vida –bastante bien- la joven Rooney Mara (La Red Social).

El director camufla de oscuridad los patrones a la moda de Larsson, o mejor dicho, los tunea en un brillante artefacto cinematográfico que pasa como una apisonadora sobre los defectos de la trama ideada por el sueco –su falta de tensión, su larguísima extensión- y potencia sus atmosféricas virtudes, que haberlas las hay, gracias al mimo visual de su director, su perfeccionismo técnico–elevado a la categoría de arte- y un puñado de actuaciones verdaderamente notables (Christopher Plummer, Robin Wright y Stellan Skarsgard deberían vivir eternamente).

De esa manera, Los hombres que no amaban a las mujeres, con sus más de dos horas y media de película, se pasa en un suspiro, incluso aunque nos conozcamos más o menos al dedillo la historia de los peculiares Blomkvist y Salander, investigadores de la era digital y de banda ancha. Fincher guía al espectador en una historia de mentiras, sexo y poder en la que conceptos como el amor o la religión parecen brillar, aparentemente, por su flagrante ausencia. Todo ello, en realidad, toma nueva forma en pantalla de manera lúgubre y estimulante, sin que Fincher pierda el tiempo en concesiones amables al espectador. El realizador impone en su lugar un ritmo que avasalla por su velocidad, su tono frío y distante, perfectamente conjugado con chispazos reveladores sobre el dolor o la pasión que esconden sus personajes.

Los hombres que no amaban a las mujeres es también un filme que carece de emoción, pero la labor de su reparto y el placer estético que proporciona su ansiedad de diseño la aúpan sin problemas como una de las primeras grandes obras cinematográficas de este año que comienza.

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