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'La chispa de la vida'

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Álex de la Iglesia aborda en La chispa de la vida una de sus habituales y originales mezclas entre cine de género, comedia negra y sátira social, una fórmula que, por otra parte, es la marca de autor del director de la reciente Balada triste de trompeta. Si en aquella abordó la transición y la lucha de las dos Españas desde una perspectiva tragicómica y cruda, esta vez el director vasco sale del circo -literalmente- pero conserva el escenario, el del retrato de una España negra, irresponsable, insolidaria e incompetente. La chispa de la vida dirige sus irregulares dardos al paro, la clase política y el sensacionalismo de unos medios de comunicación capaces de maquillar una tragedia humana en una oda al product placement.

La película protagonizada por el cómico televisivo José Mota –elección nada baladí, dada su procedencia catódica-, demuestra que De la Iglesia trata de estar al cabo de la calle. La chispa de la vida conecta con cierto estado de ánimo actual, con el retrato de una España de paro, de crisis, de podredumbre moral, y trata de demostrar que su tesis de fondo, bastante pesimista, no es sólo algo coyuntural. Para ello, De la Iglesia parece haber revestido de ironía y personajes pata negra el esqueleto de un thriller más o menos ordinario (el guión es obra de Randy Feldman, guionista americano autor de... Sin Escape, con Jean Claude Van Damme, El Negociador con Eddie Murphy, o Tango & Cash, protagonizada por Sylvester Stallone), bañado además con su tendencia al gran guiñol, el absurdo y el humor negro.

Roberto (José Mota) es un publicista en paro que, tras un largo y humillante día buscando trabajo, tiene un inesperado accidente en una propiedad de Cartagena, de una forma tan absurda que nadie se pone de acuerdo en la manera de rescatarlo. Los medios de comunicación, mientras, convierten la tragedia en su sustento. Y Roberto, por el bien de su familia, decide vender la exclusiva para solucionar los problemas económicos que le acosan.

Con esos elementos sobre la mesa, La chispa de la vida funciona durante la mayoría de su metraje como un peculiar híbrido entre La Cabina y Jungla de Cristal. De la Iglesia se mueve entre la insensata tragedia que albergaba la primera, pero presentada al espectador con una pequeña parte del dinamismo de la segunda. Y llámenme excesivo, pero la caracterización de Fernando Tejero me recordó a la de cierto yuppie interpretado por Hart Bochner en la cinta de Bruce Willis, por no hablar de la plasmación del circo mediático alrededor del inmovilizado protagonista. Todo ello mientras el vasco guiña un ojo al agridulce Billy Wilder, amante de los finales trágicos con un punto optimista, o quizá al revés. De la Iglesia rueda bien, sabe hacer la acción atractiva restringiendo los elementos a su disposición (Mota actúa literalmente inmovilizado durante media película), y ofrece un punto de vista personal con el que todos podemos comulgar, pese a su tendencia al trazo grueso.

No obstante, la historia no funciona en todas su múltiples dimensiones. La vertiente puramente emocional no acaba de conectar emocionalmente con el espectador, pese a los esfuerzos de Mota y Hayek. De la Iglesia domina el registro de lo grotesco, lo inverosímil, pero no el melodrama, que chirría en el retrato de la intimidad de sus personajes con unos diálogos no del todo bien afinados. Y a veces, llega a entorpecer seriamente la descripción de ese circo que es la sociedad patria. No obstante, la labor de un puñado de excelentes secundarios (Galiardo, Puigcorbé, Tejero, De la Torre, Segura) y la mala leche que ofrece, y que podía haber estado mejor destilada, sitúan la irregular propuesta en el terreno de la aceptable sátira.

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