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La carrera del director David Gordon Green empieza a resultar un tanto chocante. Alabado al principio gracias a su debut en el cine indie, no tardó demasiado en pasarse a la comedia cafre estadounidense –Superfumados- y más tarde al delirio rock de capa y espada –Caballeros, princesas y otras bestias-. Antes de su inminente remake de Suspiria, el legendario giallo de Dario Argento que está a punto de rodar, Gordon Green reincide en el género cómico con El Canguro, una salvaje relectura del mito de Mary Poppins pasada por el tamiz del guiño ochentero al estilo John Hughes –acuérdense de la olvidada Aventuras en la gran ciudad- y, sobre todo, la moderna comedia soez norteamericana abanderada por el omnipresente Judd Apatow, siempre centrada en la clásica figura del insensato obligado a madurar.

El protagonismo de Jonah Hill, también productor del evento, resulta sumamente ilustrativa al respecto. El muy joven protagonista de Supersalidos, nominado al Oscar por su excelente interpretación en Moneyball, encuentra aquí campo abonado para destacar en solitario como uno de los mejores cómicos del celuloide norteamericano. Es su presencia, y la química que despliega con los tres niños a su cuidado, el gran motivo de ser de El Canguro, un filme altamente irregular, en ocasiones demasiado directo y descuidado a la hora de enlazar situaciones, pero en cuyos ochenta y pocos escuetos minutos se las arregla para ir como un verdadero disparo a la hora de enlazar gags sorprendentemente oscuros, casi todos ellos a costa de cuestiones raciales o las frívolas obsesiones del cuarteto protagonista, formado también por tres críos nada indefensos.

Aunque el guión es en esta ocasión tremendamente vago, existe en El canguro un cierto sentido del absurdo que se empieza a convertir en marca de fábrica de su director, y para muestra, varios botones: la cinta comienza nada menos que con un cunnilingus y continúa con la visita del canguro de marras a un gimnasio de los bajos fondos... repleto de musculosos haciendo experimentos con cocaína. Estos arrebatos de inesperado spy-fi se complementan con otras dos buenas interpretaciones en el grupo infantil de la mano de Max Records, visto en Donde viven los monstruos, y la pequeña Landry Bender, ambos fenomenales. Gordon Green desvela su buen talante en la escena en la que el canguro congenia con el muchacho haciéndole reconocer su homosexualidad, una de las sensibles bondades de esta entretenida -pero poco ajustada- comedia negra.

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