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¿Se acuerdan de Cocodrilo Dundee? En una de las escenas más recordadas de la cinta –aunque asociar el recuerdo con aquella simpática pero intrascendente película quizá sea un tanto excesivo-, el intrépido aventurero interpretado por Paul Hogan, de paso por Nueva York, conseguía atrapar a un ladrón recurriendo a sus habilidades más rudimentarias de cazador australiano, es decir, lanzándole una lata a la cabeza con una precisión a toda prueba. En una escena similar de El dictador, la nueva película de Sacha Baron Cohen, el tirano de marras que interpreta el cómico británico, también de visita a Nueva York y debido a circunstancias argumentales que no vamos a ponernos a explicar, acaba –literalmente- defecando desde las alturas sobre una pobre señora, no sobre el ladrón, en lo que podríamos calificar como una versión alternativa de la misma idea, mucho más políticamente incorrecta y puñetera.

No sé por qué he iniciado el comentario de El dictador comparándola con Cocodrilo Dundee. Por mucho que sus argumentos tengan puntos en común (como también lo tiene con El Príncipe y el Mendigo, o El Príncipe de Zamunda), su sentido del humor es radicalmente distinto, como también lo es del de Charles Chaplin, otro gran dictador del cine. La película es, simplemente, una nueva ocasión para que Sacha Baron Cohen, aquí también guionista y productor, exhiba sus habilidades de camuflaje mediante un nuevo personaje de cosecha propia, el general Aladeen, un tirano asesino dedicado fundamentalmente –viene a decirnos Cohen- a todo aquello que un tirano asesino debe hacer: enriquecer uranio para matar judíos, ejecutar a cuanto súbdito se cruce en su camino, y entregarse a orgías sexuales con todo tipo de prostitutas y estrellas de Hollywood (nótese la comparación).

Cohen reincide en la sátira política con una comedia gamberra en la que, en su línea humorística, trata de llevar más allá el humor escatológico, sin rehuir un afilado comentario sobre la actualidad o el orden mundial, pero centrado sobre todo en estrangular hasta la muerte la corrección política y los prejuicios de género o raza, siempre en los límites de lo escandaloso.

Pero El dictador, a diferencia de Borat o Brüno, no está presentada como un falso documental, y con ese cambio de fórmula, y la asunción de los requerimientos de una narración más convencional, se presentan los problemas. Cohen y su director habitual Larry Charles no pueden, no saben o no les interesa narrar una historia, lo que redunda en una infantilización de gags, personajes y situaciones que no existía en las arriba citadas. La docuficción proporcionaba a director y actor la coartada perfecta para pasarse de la raya y, precisamente, cultivar el surrealismo de manera acertada, pero en una narración más convencional sus limitaciones a la hora de contar algo quedan al descubierto. La impresión que deja El dictador es de poca fluidez argumental y de escaso nivel visual, y pese a que puede resultarnos un filme más o menos divertido, como artesanía fílmica tiene escaso o nulo interés.

No obstante, quizá no estamos poniendo el foco en el lugar adecuado. Porque gracias a la excelente labor de Baron Cohen, la película proporciona ochenta y pocos minutos de diversión a todo aquel dispuesto a apreciar el particular e irreverente humor del británico. Escenas como La del discurso inicial de Aladeen a su plebe (rodada en la Plaza de España de Sevilla, "reubicada" en el desierto mediante la ingeniería digital); la del parto, un verdadero torrente de ocurrencias salvajes (y probablemente la mejor escena cómica del año); o ésa que tiene John C. Reilly como torturador (y que explota la infinita faceta cómica de ese excelente actor) dejan simplemente con la mandíbula en el suelo. Eso, por no mencionar la maniobra de Cohen de hacer simpático a un personaje simplemente deleznable redimiéndole (más o menos) mediante su enamoramiento de una "indignada" –con lo que ello supone para el personaje de Anna Faris- y, en definitiva, poner sobre el tapete cierta clase de hipocresía (la del mundo occidental y civilizado, y la de las dictaduras de Oriente) en el proceso. Pese a que la película no está a su altura, nos encontramos ante un cómico con mucha mala leche y ni un pelo de tonto.

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