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Juan Manuel González

'La noche más oscura (Zero Dark Thirty)'

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Mucho se ha hablado de La noche más oscura antes de su estreno. La última película de la oscarizada Kathryn Bigelow, premiada hace sólo tres años por En tierra hostil, se las ha arreglado para poner en jaque al partido republicano, que acusa al largometraje de revelar secretos de Estado, al demócrata en el Gobierno, por haber permitido el acceso a información clasificada a mayor gloria del presidente Obama, y todos aquellos que la acusan de promocionar la tortura como método de investigación o incluso vanagloriarse de la ejecución del terrorista responsable del 11-S. En estas circunstancias, el propio equipo artístico de la película ha tenido que defender su credibilidad (y a la vez, la naturaleza de obra de ficción de la película, parece mentira) a capa y espada ante los medios.... una película que, una vez vista, resulta calculadamente apolítica, poco oportunista, y que, fenómenos mediáticos aparte y términos generales, trata la captura del terrorista como un trabajo conjunto entre los dos gobiernos.

De lo que se ha hablado algo menos, pese a la multitud de premios recogidos hasta la fecha, es del potencial renovador de la cinta de Bigelow, cineasta dedicada en cuerpo y alma al género del thriller en sus distintas variantes, desde el policiaco de Le llaman Bodhi, al de ciencia ficción (Días extraños) y, al igual que la presente, el bélico (En tierra hostil), y que parece pedir a gritos el respeto y la autoría que, aún con el Oscar bajo el brazo, algunos se resisten a otorgarle.

La noche más oscura, como ésta última con guión del periodista Mark Boal, sigue la investigación para atrapar a Bin Laden a lo largo de casi una década, ya sea en una cárcel secreta de la CIA en algún lugar de Afganistán a mediados de la pasada década, hasta las pistas finales en las calles de Abbotabad, muy cerca de la residencia blindada en la que se le dio captura. Ahora bien ¿por qué querer ver en el cine algo que, al fin y al cabo, ya han relatado en su mayor parte las agencias periodísticas e informadores políticos?

Lo cierto es que, tomando este oficio (o su teoría) como referencia, Bigelow aborda el proceso como si de una crónica periodística se tratase, evitando comentarios personales, sentimentales e incluso morales, por mucho que las imágenes de tortura que abren el largometraje resulten lógicamente desagradables. La precisión y veracidad del relato de Bigelow es máxima, narrando con igual pulcritud tanto los momentos más aciagos de la investigación como los más trepidantes. La realizadora, si bien de la mano de un guión milimétrico, sigue los pasos de su protagonista eludiendo cualquier referencia personal o sentimental, lo que no es óbice, naturalmente, a que ciertas chispas de compasión distribuidas aquí y allá nos sugieran otras posibles aproximaciones.

Bigelow utiliza esta aproximación realista para elaborar un nuevo punto de vista sobre el género bélico, que si bien no resulta totalmente novedoso (mucho se ha hablado de sus paralelismos con la serie Homeland, por la presencia de una investigadora obsesionada) sí resulta lógico e importante: La noche más oscura relata la lucha contra el terrorismo y la guerra de Irak y Afganistán casi como una contienda librada en los pasillos de la agencia, con víctimas y violencia real (visualizada con contundencia en determinadas ocasiones) pero casi como un trabajo, y como tal repleto de decisiones cotidianas, instintivas, fallos humanos y hasta de casualidades.

Es precisamente esa ambigüedad, la que se deja entrever del retrato de sus personajes (ni Maya es una santa, ni sus superiores incompetentes, e incluso los terroristas son capaces de expresar angustia o miedo), y sobre todo de la compleja sucesión de acontecimientos, menos lineal de lo que parece y repleta de pistas falsas y callejones sin salida, la que convierte La hora más oscura en un thriller bélico de actualidad cuyo estilo documental y a la vez cinematográfico ayuda a cuestionar las fronteras entre realidad y ficción, y que por ello resulta artísticamente útil al margen de polémicas.

No obstante, y casi lo mejor de todo, es que este estilo detallado no se contradice con la necesidad de espectáculo. Los últimos cincuenta minutos de la cinta, pese a esa severa forma de crónica que le otorga la cineasta, sí conceden al espectador esa sensación de "payback" final, al menos a un nivel estrictamente cinematográfico: una vez Maya cerca a su presa, comienza la batalla por convencer a las autoridades del ataque (motivando la aparición de Mark Strong y James Gandolfini en el relato) y la propia secuencia del mismo, que se sucede a lo largo de media hora de película de acción sigilosa y nocturna simplemente arrolladora. Esta voluntad por volver a unir espectáculo e inteligencia convierte a La hora más oscura en una gran película.

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