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Juan Manuel González

Robert Zemeckis, el regreso de un grande

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No sé qué opinarán ustedes, pero lo cierto es que películas como la trilogía Regreso al Futuro, Tras el corazón verde y ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, pese al relativo ninguneo de la crítica seria, forman parte de la educación audiovisual y sentimental del sujeto que esto escribe.

Todas ellas tienen algo en común, aparte de su indiscutible éxito comercial: la presencia detrás de las cámaras de un mago como Robert Zemeckis, realizador que en los ochenta fue considerado el alumno aventajado de Steven Spielberg, productor de sus primeros filmes, y que pese a los éxitos y galardones cosechados por posteriores películas como Forrest Gump o Náufrago, nunca ha llegado a desembarazarse de aquel apodo. Espoleado por los comentarios de algunos de los lectores de este blog, decido recuperar su figura, y lo cierto es que un vistazo a la trayectoria de Zemeckis resulta altamente satisfactoria.

El responsable de Náufrago no es un realizador extremadamente prolífico, y como saben, en los últimos años se embarcó en impulsar la compleja técnica de animación digital denominada motion-capture, en la que se combinaba la captura de movimientos de actores de carne y hueso con todo tipo de alteraciones digitales, con resultados desiguales.

Pese a tratarse de una tecnología que ha impulsado la realización de trucajes en todo tipo de películas, y del que se puede sacar un extraordinario provecho visual, su trabajo cristalizó en producciones un tanto irregulares: pese a las espléndidas Monster House y Beowulf, y las poco valoradas (con cierta injusticia) The Polar Express y Cuento de Navidad, Zemeckis quedó relegado a un segundo lugar en la lista de nombres relevantes de la industria. El estrepitoso fracaso de Marte necesita madres, película que en España ni siquiera se estrenó en salas comerciales, y el posterior cierre de Imagemovers Digital, el estudio creado por el director en 1997 para abordar estos largometrajes, ayudaron a finiquitar esta etapa en la carrera de Zemeckis... y precipitar su esperado regreso al largometraje de acción real.

Un campo de acción en el que ha demostrado su dominio de la puesta en escena, el espectáculo y la técnica, y que pese a no resultar estrictamente personal, sí arroja más claves de autor de lo que parece. La eficacia a la hora de mezclar romance y acción en Tras el corazón verde; el guión de hierro de la primera entrega de Regreso al Futuro, que debería ser objeto de estudio en las facultades (y de hecho, lo es); la brillantez de la segunda entrega de esa saga, todo un ensayo sobre la naturaleza de una secuela y tour de force de la serie consigo misma, en la que los protagonistas, al fin y al cabo, "presencian" y reescriben los hechos narrados en la primera película; e incluso la inigualable Roger Rabbit, que mezcla de manera atrevida serie negra y dibujos animados (¡!) con el mismo dominio que la animación y la imagen real (técnicamente la cinta sigue sin ser superada en este aspecto), son algunas de las principales cartas de presentación de Zemeckis, que pronto trató de jugar en ligas mayores y se ganó por el camino la animadversión tanto de críticos progres como conservadores.

Me refiero, naturalmente, a la infravalorada Contact y las citadas Forrest Gump y Náufrago, triplete de películas de ambición y complejidad creciente de las que el realizador salió más que airoso, pese al desafío al público que, inicialmente, todas ellas proponían. Después de algún inverosímil ensayo con las atmósferas del suspense y el terror sobrenatural (Lo que la verdad esconde), tachada de excesivamente referencial, el juego técnico y narrativo de Zemeckis, siempre dentro de los márgenes de experimentación que permitía la industria, adquirío texturas enteramente digitales con The Polar Express, filme familiar en el que el director encontró el campo abonado para experimentar todavía más con la cámara... y así hasta ahora.

El vuelo, nominada a dos Óscar de Hollywood (mejor actor para Denzel Washington y mejor guión original, obra de John Gatins), es una nueva muestra de la poderosa puesta en escena de su realizador y una nueva vuelta de tuerca al que, de un tiempo a esta parte, viene convirtiéndose en el leit-motiv de las películas de Zemeckis: el estudio de las bondades y zonas oscuras del héroe americano, sometido a los designios del destino y la casualidad, todo ello sin excluir la ironía ni el espectáculo.

Zemeckis retoma en ella sin mayores problemas la línea abandonada hace ya una década, esa que colocó a un disminuido mental en todos los acontecimientos relevantes de la reciente historia americana, o que le llevó a plasmar una de las odiseas más insondables y arriesgadas del reciente cine USA, Náufrago, enfatizando su interés en el estudio de las ambigüedades del monolítico canon heroico en el relato de entretenimiento y en el estudio de un personaje. Al margen de sus desequilibrios e imperfecciones (no estamos esta vez ante una película redonda), El vuelo nos trae de vuelta a un cineasta que en realidad nunca estuvo ausente, pero al que algunos parecían estar deseando enterrar. 

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