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Hagamos memoria: hace poco menos de un año se estrenó en nuestras pantallas La mujer de negro, una elegante y lograda apuesta de la productora Hammer que se esforzaba en recuperar los modos y maneras del terror gótico y sobrenatural de fantasmas en su variedad más "british". Para todos aquellos que disfrutaron con aquella película protagonizada por Daniel Radcliffe, Mamá puede ser una pequeña bicoca cinematográfica. Una vuelta de tuerca modesta pero brillante al "kaidan eiga" o cine de fantasmas de inspiración japonesa, que hace ya más de una década cruzó el charco con éxito con el remake de The Ring, y que hibrida estos elementos ajenos con los tópicos del terror norteamericano sin tampoco tratar de abrumarnos. La eficacia y vigor de la cinta, producida por el mexicano Guillermo del Toro, ha cristalizado en unos resultados económicos brillantes en Estados Unidos, donde lleva recaudados (y sigue) unos excelentes 60 millones sobre un presupuesto exiguo de apenas 15... todo un récord para una película española.

Y en efecto, han leído bien: española. Mamá, aunque no lo parezca, es una coproducción entre España y Canadá (de la productora barcelonesa Toma 78) y además una fiel representante de esa nueva ola de cine comercial patrio, capaz de trascender fronteras e idiomas, y elaborada por una nueva generación de cineastas que han tomado el relevo en la elaboración de cine (en realidad, lo hicieron ya hace años) desde que Amenábar presentara Los otros en aquel país.

Pero volviendo a la película, lo cierto es que Mamá no elude en ningún momento que es hija de dos padres. Por un lado su director, el realizador publicitario debutante en el largo Andrés Muschietti, responsable del cortometraje homónimo en el que se apoya la película, que inyecta una considerable energía visual y narrativa a la misma. Y por otro, el productor Guillermo del Toro, uno de los adalides actuales del género fantástico y autor de El laberinto del Fauno, Hellboy y El espinazo del diablo, entre otros trabajos firmados a caballo entre su México natal, España y Estados Unidos, y cuya personalidad y gustos (la importancia de las polillas, referencias telúricas, su gusto por el drama) empapan literalmente el desarrollo de Mamá, filme que muta del terror sobrenatural al puro cuento de hadas según se aproxima su emocionante, sentimental desenlace.

Ambos coinciden, no obstante, en sus intenciones, las de crear un thriller de terror sobrenatural sin mayores pretensiones, pero con una serie de señas de identidad que infunden respeto. Mamá aparece cruzada por una sensación de amenaza constante que no se debe sólo a la presencia de un espíritu rabioso, sino por la tragedia humana que se desprende de su historia. La cinta es, tanto como un filme de fantasmas, un drama familiar filmado en clave de terror... que tampoco se avergüenza de ello. Muschietti no desaprovecha ocasión alguna para hacer saltar al espectador de la butaca y crea momentos visuales seductores que aportan complejidad a la cinta, por no mencionar un monstruo (interpretado, por cierto, por Xavier Botet, la famosa "niña Medeiros" de la saga Rec) de una eficacia y fealdad notable. La decoración de la cabaña en el bosque, ese plano a través de las gafas que permite ver "otro mundo", o el modo en el que Mamá se concreta en un lugar u otro, a través de una mancha negra en la pared, deducen un trabajo e imaginación minucioso.

En Mamá existen, sin embargo, flecos mal cortados que impiden hablar de un filme redondo. Ahí están las redundancias que se desprenden de la investigación del Dr. Dreyfuss (Daniel Kash), destinada a explicar lo obvio y que además parece desenredarse de una manera descoordinada con el núcleo emocional de la película, perjudicando en cierta manera el suspense. Por no mencionar ciertos olvidos argumentales, como la "desaparición" de la verdadera madre de Victoria y Lilly del mundo de la película, y que delata algunas de las licencias argumentales de sus creadores. Pero nada de ello es una verdadera rémora en manos de éste y Del Toro, que tienen claro en todo momento las prioridades del relato.

Una película que a medida que avanza se beneficia de la presencia sólida de Jessica Chastain, en un registro ciertamente distinto del que hasta ahora le conocíamos, y del peso que le otorgan algunos de los motivos visuales y argumentales habituales de su productor, como pueden ser la presencia constante de insectos, su habitual paleta ocre, la cámara en perpetuo pero elegante movimiento. Mamá avanza en algunos momentos de manera un tanto errática, pero lo hace hasta un fenomenal desenlace (que a quien esto escribe le recordó al de la anecdótica El buen hijo) que no necesita trascender los anclajes que le proporciona el género... pero que permanece fiel a un sentimiento, una sensación, que inspira respeto. Mamá es una película de terror esforzada, eficiente y con más lírica de la que parece.

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