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Juan Manuel González

'Tierra Prometida'

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A casi nadie le debe extrañar a estas alturas la habilidad de Gus Van Sant para pasar de un extremo a otro de la fábrica del cine. El realizador ha intentado mantener en todas ellas su estatus de autor personal, rebelde pero sutil, poético pero inconformista, tanto con el mundo como con la propia industria. Y lo ha hecho ya sea en producciones con el sello de homologación "Indie" como pueden ser Elephant o la reciente Restless, como en sus ocasionales excursiones al cine comercial "serio", cuya máxima representante es todavía la premiada El indomable Will Hunting (con la cual la presente comparte el protagonismo y autoría de Matt Damon), seguida de ese ensayo sobre la copia que es el remake de Psicosis, o el biopic dramático Mi nombre es Harvey Milk, de la que no hablo porque no la he visto.

Que nadie confunda lo de arriba con una declaración en contra de Gus Van Sant, realizador perfectamente dotado a la hora de dotar de personalidad a la cinematografía estadounidense, ya sea en la esfera comercial o la más a contracorriente. Tampoco a favor. Y lo mismo respecto a Tierra Prometida, un drama que bajo su apariencia de alegato ecologista (a costa del procedimiento del fracking, perfectamente explicado aquí), reflexiona más y mejor sobre la alienada identidad cultural americana, e incluso sobre la naturaleza del héroe en un mundo desdibujado moralmente, que sobre medio ambiente, terreno donde la película flaquea e interesa más bien poco.

En la película, Matt Damon interpreta con su habitual afabilidad a un vendedor de una gran empresa de gas natural, un hombre con las mejores cualidades personales pero puesto al servicio de una causa dudosa, o todavía más, de unos procedimientos bastante oscuros que, sin embargo, él parece aceptar sin mayores problemas. Steve Butler, que así se llama, llega a un pequeño pueblo asolado por la crisis económica, con un cheque en la mano y con la intención de comprar los derechos de perforación a los propietarios de las tierras, silenciando algunas de las consecuencias de las excavaciones. Damon interpreta al personaje con una facilidad pasmosa, haciendo fácil lo difícil, y consiguiendo que aceptemos al sujeto pese a saber con certeza que, según la tesis de la película, se trata de un cordero que ejerce de mensajero de un león, una empresa energética dispuesta a todo para perforar en esas tierras.

Decíamos que Tierra Prometida es mejor como reflexión sentida y melancólica sobre la identidad cultural perdida, sobre individualismo frente a colectividad, que sobre la neurosis ecologista, aspecto en el que en todo caso retrata y descubre más los miedos de la otra parte, el sector verde, que los del otro extremo, no sé si de forma voluntaria. Evidentemente también lo es sobre los trastornos del capitalismo extremo, sistema que no creo que la cinta cuestione salvo cuando éste se superpone a la tesis que subyace tras el guión de Damon y Krasinski, ambos protagonistas de la película, y que es de naturaleza más humana que ecológica: el situar al individuo y su capacidad de decidir por encima de intereses invisibles, devolviendo a éste al centro del sistema, y también cómo ciertos mecanismos de poder influyen en las decisiones colectivas.

Lo mejor de la película, lo que verdaderamente interesa más que su simplificado e infantil retrato de los intereses corporativistas, es la honestidad con la que director y guión diluyen ese sentimiento abstracto de pérdida, ese miedo que expresa el personaje de Hal Holbrook ("tengo miedo por nosotros"), con una economía de medios que resulta bienvenida. A Van Sant le vale un salto de eje para tornar una conversación inocente en maliciosa (la que mantiene Steve con una autoridad local que le pide un soborno), y maneja el desmoronamiento interno del personaje de Damon adoptando todos los convencionalismos del drama rural, pero interiorizándolos igual que el propio personaje. El problema es que, dejando atrás consideraciones políticas y pese a sus (afables) cualidades poéticas, Tierra prometida se queda corta: por un lado está un tanto lejos de la narrativa compleja pero impecablemente empaquetada de Syriana, otro filme de denuncia protagonizado por Damon, y Van Sant ni roza la profundidad de filmes políticos de directores como Sidney Lumet. Al final, Tierra Prometida sólo engancha y resulta relevante como relato camuflado de vuelta a casa, algo que tampoco extraña viniendo de la dupla Damon-Van Sant, responsables de la superior El indomable Will Hunting. Es decir, que esta vez ni chicha ni limoná.

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