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Crítica: 'Lobezno Inmortal'

Hugh Jackman es el protagonista de las aventuras de Lobezno en Japón. Un filme quizá demasiado serio pero que reivindica al personaje como merece.

Juan Manuel González
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Resulta de agradecer que un filme de superhéroes decida no abrumar al espectador y adoptar, en su lugar, cierta textura de historieta noir. Es el caso de Lobezno Inmortal, la segunda de las películas dedicadas a las aventuras en solitario del miembro de la Patrulla X interpretado por Hugh Jackman, y en la que su director James Mangold muestra una sorprendente y agradable voluntad de crear espectáculo utilizando una narrativa clásica, oscura -sin pasarse- e incluso recurriendo a (¡oh, sorpresa!) cierto sentido del suspense que se impone, durante los dos primeros tercios, sobre la imprescindible ración de acción y fantasía. Quién hubiera dicho que la marcha de un realizador "con personalidad" como Darren Aronofsky, que prefirió irse a dirigir Noah, su visión del Arca de Noé protagonizada por Russell Crowe, y el relevo de un artesano de esos considerados "sin personalidad" como James Mangold (autor de Copland, cuya huella se nota bastante aquí...pero también de Noche y día) sentaría en general bien a un filme de superhéroes que, a estas alturas de la película, podría calificarse como algo común y corriente en el menú cinematográfico.

Pero es que así es: Mangold ha tomado como referencia una de las historias más celebradas del personaje, el cómic titulado Honor obra de dos ases como Chris Claremont y Frank Miller para, alterando notablemente su línea argumental (la acción se ubica también en Japón, pero pronto se diversifica), presentar un correcto blockbuster veraniego, que ahonda en la naturaleza torturada del personaje con toda la oscuridad disponible, pero lo hace ateniéndose a razones, mediante una estructura de thriller de suspense con un fuerte componente introspectivo cuya seriedad se contrarresta gracias a ese formidable desengrasante de nombre Hugh Jackman. El australiano es, hay que decirlo claro, la verdadera razón de ser de la película, todo un torrente de carisma física y potencia actoral capaz de acompañar al personaje con sinceridad allí donde se le plante a los guionistas y de paso ejercer, a base de frases cortantes y entrecejos frucidos, de adecuado contrapeso para que el tema tampoco desvaríe hasta esa temible seriedad tan en boga en el cine palomitas contemporáneo.

Eso último no impide, de todas formas, aplaudir las bondades de ese tono intrigante del que hace gala la película. Tras una primera mitad sorprendentemente sombría y negra, afectada -eso sí- por un déficit de energía esporádico, Lobezno Inmortal evoluciona hacia el despliegue de ciencia ficción y peleas exóticas que todos esperamos de un largometraje Marvel. Mangold, de todas formas, parece sentirse más a gusto con la primera película, la de suspense, que con la segunda, de ciencia ficción, y pese a que se esfuerza en conservar el toque, cuando llega el tercer acto de la historia la película ya ha dejado de ser suya. Pero hasta entonces, y pese a que Lobezno Inmortal no sorprende en su faceta de actioner, está rodada con eficacia, y además acierta en algo fundamental: presentar al personaje en toda su dimensión y significado, respetando su tragedia pero también celebrando su violencia sin arrepentirse demasiado (esa escena en la que arroja a un villano por una azotea...).

Pese a la ausencia de desmelene, a la escasa sofisticación del elemento fantástico y cierta caída de ritmo a mitad de metraje, Lobezno Inmortal es la digna película que necesitaba el personaje, sobre todo en contraste con el petardo que fue la primera entrega: el mutante aparece por primera vez retratado hasta las últimas consecuencias como un soldado maldito, condenado a no poder morir con honor y sobrevivir a sus seres queridos debido, precisamente, a su propio don. Secuencias como el prólogo en Hiroshima, increíblemente bien dirigido y planteado, hacen gala de aquello de lo que carecía incluso una aproximación psicológica como El Hombre de Acero, es decir, de una seriedad y nobleza bien entendida que respeta tanto la dignidad del cómic (que muchos aún se resisten a otorgarle, digan lo que digan) como la necesidad de diversión del público de multisalas.

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