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Juan Manuel González

Crítica: 'Rush', la sorpresa de la temporada

Ron Howard retrata la Fórmula 1 en una película intensa y sorprendentemente buena.

Juan Manuel González
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Quién le iba a decir a Ron Howard que el dramaturgo Peter Morgan, especialista en guiones históricos, le iba a regalar las dos mejores películas de su carrera. El director, que hace unos años saboreó casi por primera vez las mieles del prestigio crítico con El desafío: Frost vs Nixon (porque su Oscar por Una mente maravillosa logró más bien lo contrario, azuzar el odio de los colectivos cinéfilos) repite aquí con el escritor británico en una cinta ambientada en el mundo de la F1 y la rivalidad casi mística entre los pilotos James Hunt y Niki Lauda en el campeonato del 76. Y el resultado es Rush, una película de una magnitud que no esperábamos, tan extraordinaria que sorprende viniendo de quien viene, y que mezcla de manera magistral tanto el drama deportivo y de personajes con el thriller de acción.

Sí que es cierto es que el de Rush es el mejor y más ambicioso guión de todos los que han caído en las manos de Howard, un realizador que hasta el mencionado Oscar como director -y pese a las bondades de Apolo 13- permanecía anclado a comedias ligeras y fantasías de efectos visuales. Pero pese al equilibrio del libreto, que delata la experiencia de Morgan en el género deportivo (por cierto: no se pierdan The Damned United) sería injusto no reconocer los abundantes méritos de la puesta en escena de Howard, que al fin y al cabo es lo que finalmente impulsa a Rush por encima de la media de largometrajes. El director narra con todos los recursos a su disposición una historia perfectamente medida, que combina magistralmente el retrato de personajes con el espectáculo, así como el drama y hasta el humor, pero lo hace con un entusiasmo que se olvida tanto de envaramientos clasicistas como de excesos modernos y, sobre todo, con un ritmo que no decae nunca.

Porque Rush es, verdaderamente y más allá de su historia, una verdadera delicia para el espectador cinematográfico, aquel que no espera a ver las películas en la pantalla de un ordenador. En ella el director de fotografía Anthony Dod Mantle, habitual de Lars Von Trier y Danny Boyle, y la música del ubicuo Hans Zimmer (demostrando por enésima vez por qué él es el sonido de las películas de estas dos últimas décadas) se coordinan con un montaje perfecto y un extraordinario diseño de producción (la reproducción de época y del mundo de las carreras es, en una palabra, fascinante) para dar vida a un espectáculo inesperadamente emotivo, dramático y espectacular.

En Rush, Howard retrata la pasión de dos individuos radicalmente opuestos, tanto en los circuitos como en la vida, que pese a su ética opuesta finalmente coinciden en lo esencial. Resumiendo: uno es un inconsciente deportista que arriesga todo para ganar y el otro es un portentoso ingeniero y piloto calculador. De su rivalidad profesional y enemistad personal, perfectamente captada por dos actores que nunca han estado mejor (atención a la escena final dentro de un hangar, así como al acento e interpretación de un extraordinario Daniel Brühl), surge tanto el drama como la emoción de una película sobre la búsqueda de sentido de la existencia, que está llena hasta las cejas de matices íntimos y heroicos. Y que, repito, además es un placer para los sentidos. Sin duda, una de las sorpresas de la temporada e incluso una de las películas verdaderamente buenas del año en curso.

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