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Juan Manuel González

Crítica: 'El gran Hotel Budapest', de Wes Anderson

Wes Anderson, con su estilo habitual, se mete de lleno en una historia menos romántica y más alocada.

Juan Manuel González
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Wes Anderson, con su estilo habitual, se mete de lleno en una historia menos romántica y más alocada.

A veces recalcitrantes, a veces fascinantes, confieso empatizar sólo en ocasiones con esa generación de cineastas geek con pretensiones que encabeza Wes Anderson. Un grupo de autores que, sin embargo y este mismo año, nos ha dejado películas notables como Her o -menos- The Bling Ring, y que por tanto, me obliga a tragar mis propias palabras demasiado a menudo. Sofia Coppola, Spike Jonze, Michel Gondry o el propio Anderson, todos conforman un grupo de directores a caballo entre lo independiente y lo moderno, entre la autoría y la pura travesura (que tampoco es inconpatible, digo yo) capaz de descolgarse con joyas como Lost in Translation y patadas en la ojos como Maria Antonieta, ambas de la Coppola, casi en solución de continuidad.

El Gran Hotel Budapest no ofrece nada nuevo a los fans de Wes Anderson -nada de nada, de hecho- pero todo en ella da la impresión de resultar más depurado, fluido y natural que nunca. No es moco de pavo, dado que Anderson me parece ahora mismo el más implacable y directo de todos los nombrados arriba, además del más abiertamente vitalista en sus ritmos, todo ello pese a moverse dentro de unas coordenadas si cabe más definidas que sus coetáneos. Imposible discernir cuál es mejor, si la reciente Moonrise Kingdom o la presente, que a tenor de las fechas Anderson ha debido acometer casi en solución de continuidad. Pero la que protagoniza un inesperado Ralph Fiennes junto a una decena de secundarios de lujo resulta, para quien esto escribe, una experiencia especial y -como dicen los entendidos- casi sensorial.

Si en Moonrise Kingdom el romance entre dos boy-scouts servía de excéntrico homenaje al cine francés, El Gran Hotel Budapest puede contemplarse como la particular película de acción de Wes Anderson, una buddy-movie a base de planos simétricos repleta de escenarios, problemas, tiroteos y persecuciones, y hasta un puñado de muertes sanguinolentas. Anderson incluso tiene tiempo para el elogio del compadreo masculino propio del género, si bien dentro de sus propias modulaciones. La película adopta sin embargo la forma de una fábula que, a partir del dibujo de una entrañable relación maestro-discípulo, opta después por rendirse al disparate y a un afinado y cada vez más abundante humor negro, testimonio de que Anderson navega ahora más libre que nunca. Sus cambios de formato cinematográfico (con brillantes resultados), la marca de agua de su director en el diseño de todos sus planos (que lejos de cansar, seduce) y todas sus referencias y colección de guiños habituales, resultan sin embargo en una película cohesionada. En El Gran Hotel Budapest, Anderson juega a lo mismo de siempre, pero la película se ve igual de bien que se veían las mejores de Woody Allen, otro capaz de que los géneros se plieguen a su autoría, y no al revés.

El Gran Hotel Budapest es una elegante comedia de aventuras y de época que, de una extraña manera, satisface al público en busca de ese sello de autor tanto como el que devora entertainment de multisalas. Pese a la exquisita confección visual de la película, el cuidado en cada uno de los elementos visuales, lo que anima esta joya es, sin embargo, la energía de un guión convencional pero hilarante, que parece apoyado tanto en la Nouvelle Vague como, esta vez y más que nunca, en la situación de tebeo. El eco de las odiseas bélicas y el cine de aventuras de los sesenta, incluso con fugas carcelarias de por medio, resuena esta vez de una manera mucho más evidente que las fantasías románticas y los dramas familiares habituales de su director. Anderson, sin embargo, extrae toda la poesía posible y se reserva dos balas o tres en la recámara, entregando un final sobrecogedor que eleva El Gran Hotel Budapest al Olimpo de sus mejores películas.

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