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Juan Manuel González

Crítica: 'Capitán América. El Soldado de Invierno', de Marvel

Calificar una película como Capitán América 2 como un triunfo puede sonar exagerado, pero algo de eso tiene la nueva aventura Marvel.

Juan Manuel González
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Calificar una película como Capitán América. El Soldado de Invierno como un triunfo cinematográfico puede sonar exagerado. Pero algo de eso tiene la nueva aventura del personaje Marvel, que continúa la historia del héroe de la Segunda Guerra Mundial tras los eventos narrados en Los Vengadores al tiempo que prepara el terreno para la denominada Fase 2 del estudio, ahora en curso. Sobre todo tras la relativa decepción de Thor. El Mundo Oscuro, la secuela de Capitán América resulta incluso sorprendente en su concepción realista de la acción (pese al despiporre final de FX) y sí, desarrollo de personajes, adentrándose incluso en cierto territorio moral que, en realidad, no le es nada ajeno al recto capitán Steve Rogers.

El Soldado de Invierno se basa en gran parte en el ciclo abordado hace relativamente poco por el guionista Ed Brubaker, considerado con bastante unanimidad una de las mejores etapas del personaje. Pese al evidente filtrado en forma y contenido para asimilarse con el resto de films del estudio (el cómic abundaba en saltos temporales y resultaba más introspectivo), estamos ante una de las películas Marvel que más y mejor posan sus pies en la realidad de todos los facturados hasta ahora. El Soldado de Invierno hunde las garras en el thriller de los setenta, y en su ADN se mezclan tanto a aventura Bond como la conspiranoia de la saga Bourne, todo ello pasado por el colador del cine de superhéroes capaz de complacer nuestros más bajos instintos de cine de verano.

Pero si ello ocurre, además de por un guión que sabe jugar a varias bandas, es gracias a la sorprendente y eficaz dirección de Anthony y Joe Russo. Curtidos en la escuela de la comedia televisiva, nada o muy poco hacía presagiar que los hermanos fueran capaces de gestionar con tanta fuerza las secuencias de acción (abundantes, largas y perfectamente organizadas) con el desarrollo de personajes, la fluidez de un filme de aventuras básico con las necesidades y obligaciones del cine franquiciado. Al contrario, Capitán América. El Soldado de Invierno solventa con seguridad todos sus extremos e incertidumbres, presentándose como una película autónoma y total, un blockbuster de superhéroes resuelto con tal convicción y buenas maneras que ese trasfondo televisivo de los autores, al contrario de lo que pasó con el firmante de la secuela de Thor, no ha derivado en falta de autoría.

Gracias al buen trabajo de los Russo, que por cierto se harán cargo de la siguiente secuela del Capi, estamos ante una segunda parte sin un ápice de desgaste y que se atreve a dejar atrás gran parte de la carga de humor autorreferencial de Whedon, responsable del punto máximo de la marca Marvel, al tiempo que se conserva gran parte de su lenguaje. El Soldado de Invierno no obvia el humor, pero se trata del filme más violento de la compañía, el que incide con mayor contundencia en las peleas y su brutalidad (mediante el uso de barridos y panorámicas en lugar de adornos digitales o la cámara lenta) al tiempo que desliza sombrías reflexiones sobre guerra antigua, guerra nueva y ese enemigo invisible aplicado a inocular miedo con el mejor y más americano de los rostros. Lo mejor de la película es, por eso, la caracterización definitiva del Capitán América, el retrato de su carisma al margen de la postal nostálgica de la olvidada primera parte: un héroe cuyo verdadero poder es la rectitud moral y la sinceridad, virtudes que pueden llevarle de perseguidor a perseguido por las mismas autoridades a las que ha jurado servir. Gran película.

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