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Juan Manuel González

Crítica: 'Ninja Turtles' (2014)

Ninja Turtles es mejor película cuando menos cosas cuenta y se entrega al puro y simple espectáculo atronador.

Juan Manuel González
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Ninja Turtles es mejor película cuando menos cosas cuenta y se entrega al puro y simple espectáculo atronador.
Megan Fox y sus tortugas

Michael Bay ha vuelto a abrir la caja de Pandora. Al menos la de los críticos, que han triturado su nueva versión de las Tortugas Ninja -que en esta ocasión "sólo" produce- y los fans del material original, enfurecidos por algunas modificaciones que finalmente no han sido para tanto. Pero en realidad, nada de todo esto importa. Cuando Ninja Turtles llegó a las carteleras de EEUU el pasado agosto cumplió con su principal y casi único cometido: que su público potencial la aupara a los primeros puestos de la taquilla veraniega y que el estudio la bendijera dando inmediata luz verde a su secuela, ahora en camino.

Y es que la nueva película de las Tortugas Ninja cumple, desde luego, como operación mercantil. La franquicia, que ha pervivido agazapada como serie de animación televisiva y otras formas de merchandising tras su efervescencia noventera, demuestra que puede adaptarse perfectamente a las necesidades del mercado actual. No es un dato baladí que las propias tortugas sean, en realidad, adolescentes educados en la cultura popular, como se señala desde el largometraje. La naturaleza mutante y reemplazable del pop está ya presente en el ADN de las tortugas, y también de la película, cuyo regreso queda justificado desde el propio argumento si bien de una manera tan subterránea como las alcantarillas donde viven. No hay más que sustituir a M.C. Hammer por cualquier otro rapero de nombre impronunciable, parece querer decirnos. Y en cuanto a cómo la película de Liebesman llena nuestros sentidos, lo cierto es que como producción del artífice de Transformers, los colma casi todos: es más grande, más ruidosa, más apresurada y más de todo (y por suerte, también bastante más corta). En uno de sus momentos cumbre, las protagonistas se inyectan una dosis casi letal de adrenalina y afrontan el combate aceleradas, un gag que funciona también como metáfora de lo que la propia película "es" respecto a las anteriores.

Basada en el cómic independiente de Kevin Eastman y Peter Laird, la franquicia ya tuvo varias adaptaciones al cine durante los noventa, convirtiéndose en todo un fenómeno del entretenimiento infantil y juvenil que ha perdurado hasta hoy. Naturalmente, la nueva versión auspiciada por Bay deja atrás las criaturas de la entrañable factoría de Jim Henson tanto como los videojuegos de 8 y 16 bits que protagonizaron: en esta ocasión tanto los reptiles como toda la galería de personajes que pueblan la cinta han sido realizadas mediante motion capture y una apabullante ingeniería digital. Nos juran y perjuran que Megan Fox no está incluida en ese grupo, pero no lo podemos asegurar.

Lo que no estaba antes, eso seguro, es la metáfora que habita en el fondo del filme de acción estándar que es esta Ninja Turtles: el clan del Pie creado originalmente por Eastman y Laird resuena ahora de manera mucho más concreta y ambivalente, siendo el resultado de la retroalimentación entre un villano exótico e invencible y una gran corporación científica: el primero aniquila a la población por ansias territoriales y el segundo saca el rédito económico, proporcionando tanto los medios como el remedio, las armas para matar y la vacuna para salvar. En este reflejo- purificación de los procesos post 11-S sólo puede interponerse la cultura pop representada por los cuatro dicharacheros protagonistas, en una de las deliciosas pero diabólicas ambigüedades de una ficción que, como ven, tiene poco de vacía y algo de estresante.

Dicho esto, Ninja Turtles es un entretenimiento tolerable, ni de lejos tan horrible como se ha dicho, que hereda gran parte del histerismo de mi adorado Michael Transformers Bay convenientemente descafeinado para el consumo de todos los públicos, y que comienza muy bien otorgando un punto de vista muy bien definido a la trama (el de April O'Neil, encarnada por una inexpresiva Megan Fox) pero después pierde "sense of wonder" a medida que se ve obligada a explicar lo que no necesita explicación, aquí un flashback inoperante que acaba con la razonable solidez del invento y delata su naturaleza de marca registrada. Ninja Turtles es mejor cuando, como tantas películas, no necesita "contar" nada y simplemente se entrega a la locura: esa memorable persecución en la nieve, que se prolonga durante cinco escandalosos minutos, o el desenlace en una azotea, donde la caída de las Torres se convierte en una atracción de Disneylandia. Pese a sus fallos de guión, se trata de -en definitiva- el sueño de cualquier chico de nueve a quince hecho largometraje (y de alguno de sus padres, también).

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