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Crítica: 'Doctor Strange', con Benedict Cumberbatch

Doctor Strange es la película perfecta de verano... solo que estrenada en noviembre.

Juan Manuel González
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En un momento cualquiera de esta entretenidísima, impecable película de superhéroes, el público puede avistar la torre de los Vengadores erigiéndose como uno más entre los demás rascacielos de Nueva York. Sin destacar demasiado, pero, a la vez, como si siempre hubiera estado ahí. Se trata de un ejemplo quizá anecdótico pero para nada baladí de cómo las producciones Marvel han logrado ya arraigar en el panorama audiovisual mundial como algo innato, de cómo este estudio facturador de una gran megafranquicia de películas más o menos interconectadas funciona ya como una maquinaria perfectamente engrasada y representativa.

Doctor Strange es la decimocuarta película y, a la vez, segundo paso de la denominada Fase 3 del mismo, que comenzó esta pasada primavera con la más compleja y, también, más tramposa Capitán América: Civil War. Protagonizada por Benedict Cumberbatch, un excelente actor de moda capaz de aunar el beneplácito del público de Shakespeare con la cultura nerd contemporánea (si acaso esto supusiera alguna contradicción), la película dirigida por el hasta ahora especialista en terror Scott Derrickson (Sinister, Líbranos del mal) supone la entrada del universo Marvel en ambientes y motivos de magia y fantasía, dejando de lado la acción y la ciencia ficción que recorría la espina dorsal de las anteriores películas.

Una de las excelencias del filme es, precisamente, incorporar elementos tan temibles como la cháchara "new age", el orientalismo pop e incluso la psicología de autoayuda, y lograr con todo ello una amalgama convincente que funciona en los términos marcados por el relato Marvel. La película de Derrickson lo logra con la misma facilidad con la que suma la magia al universo superheroico y/o tecnológico del Capitán América, con una mezcla entre guiños mundanos que desdramatizan la épica (el Dr. Extraño traduciendo en Google libros de hechicería) y una portentosa visualización de unas escenas de acción que, dicho sea de paso, nunca se comen el relato. Podemos acusarla de reducir el experimento lisérgico a un filme de acción más o menos común, de infrautilizar algún que otro elemento como la presencia de la siempre útil Rachel McAdams. Pero Doctor Strange es, gracias a eso, una convencional pero fluida película de aventuras mágicas con desvíos hacia el relato de fantasmas e, incluso, una aventura de artes marciales; una obra que deja de lado las consideraciones geopolíticas del blockbuster más o menos maduro (aquí no hay conflicto entre privacidad o seguridad; entre patriotismo o ecologismo o cualquier "ismo" o ideología que se le ocurra) o fugas hacia el romanticismo trágico para entregar un grato, ligero pero nada apacible descanso en esa cartera habitual de recursos del género de superhéroes.

Al contrario, Doctor Strange es una lección incluso para algunas de las peores películas Marvel. No por que se salga de la fórmula: desgraciadamente, la sigue a pies juntillas. Pero Derrickson y el guión de Jon Spaiths presentan los hechos con una notable economía narrativa, permitiendo un show de efectos especiales que –atención– no supera en mucho los 105 minutos. Lo que no es inconveniente para que los momentos valle de la historia estén adornados con diálogos sustanciosos (el tópico discurso de autojustificación del villano, interpretado por Mads Mikkelsen, que permite identificarse hasta cierto punto con el malo: atención a las reacciones de Cumberbatch) o escenas de acción y aventura estimulantes en las que Derrickson logra, de hecho, subvertir hasta cierto punto la poética de las películas de acción actuales. Nótese, por ejemplo, aquella en el que Strange y uno de sus enemigos combaten a un nivel astral, y que es presenciado por los enfermeros del hospital como si fuera una auténtica película de fantasmas... y que aparte de ser una reproducción fiel del número seminal de Steve Ditko y Stan Lee, no deja de suponer una adecuada transposición de las aportaciones de Derrickson al género de terror.

Y es que, en efecto, en Doctor Strange hay entornos que se destruyen, edificios que se derrumban, coches que explotan... pero con una salvedad: aquí, por obra y gracia de los hechizos de los personajes, todo cobra vida como un contexto mutante, como si la imagen lograse realmente cambiar o detener el tiempo ante el espectador, convirtiendo los edificios, el asfalto, las personas, en piezas de un reloj dimensional (totalmente coherente con las ambiciones del villano, por cierto) o un alucinógeno laberinto de Escher. Aquí es donde Doctor Strange demuestra ser un tímido, pero estimulante, paso adelante en el denominado Marvel Cinematic Universe, uno perfectamente consciente de cómo el entorno "aplasta" a los individualistas... hasta que estos toman el control de su propia identidad y lo cambian. No solo lo hace utilizando sus virtudes estéticas o el puro espectáculo IMAX (uno que bebe mucho de Origen y Matrix, todo hay que decirlo) sino los de una película que se permite refinamientos muy avanzados dentro de ese tradicional esquema de relato de orígenes superheroicos que ya nos sabemos de memoria. Que, ojo, Doctor Strange sigue de pe a pa, pero a la vez que exige rascar algo en la superficie.

Y aquí hablemos un poco de su clímax, una conclusión común y estereotipada (ya saben: ataque del villano, destrucción, pelea masiva) pero en la que el que Derrickson logra retorcer con utillería cinematográfica básica los tópicos de este modelo de blockbuster. Porque sí, Doctor Strange es una película muy sencilla: ya sea mediante una sonada elipsis y un "rewind" acelerado (!¡) con el que presenciamos la destrucción –o más bien reconstrucción– de Hong Kong (que a la vez permite a un estudio propiedad de Walt Disney visualizar algún que otro momento de violencia salvaje... ¡dando marcha atrás!); o en el ingenioso bucle final con el que se resuelve el enfrentamiento de Strange y el villano, sustituyendo la gran y obligatoria pelea final apostando por el humor negro y la inteligencia. Doctor Strange logra hacer de la sencillez y un contenido descontrol su mejor arma... como la mejor película de verano que este año jamás llegó, o que más bien lo hizo en noviembre.

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