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Crítica: 'Predator' (2018), de Shane Black

La nueva de 'Depredador' es una locura argumental, pero los actores están tan bien y es tan divertida que te envuelve hasta el final.

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Hace tres décadas, el éxito de la original Depredador no solo acabó de asentar la fama de su protagonista, Arnold Schwarzenegger, sino también a afirmar los recursos de un género que cimentó el cine comercial de esos años y los posteriores. Con una particularidad: la aleación única de ciencia ficción, terror y acción de aquel título, fácil y sencilla en la superficie, venía en realidad a socavar la misma línea de flotación del género en la era Reagan: los masculinos y musculosos soldados comandados por Arnold, representantes de una América optimista, confiada y sin límites, no podían sino caer brutalmente asesinados por una bestia inalcanzable en lo tecnológico, primaria en su ideología y superior en todos los sentidos.

Ahora llega su tercera secuela, concebida como "reboot" de la saga (atrás quedan, por fin, los dos spin-off donde la bestia se enfrentó a Alien) pero ojo, en absoluto un remake. El Predator que ahora dirige Shane Black no ignora los acontecimientos de la película de McTiernan, que cita un par de veces o tres a lo largo de su ajustado metraje, ni la segunda parte que dirigió Stephen Hopkins (tampoco la infravalorada odisea espacial de Nimrod Amtal, ambientada en un futuro indeterminado) sino que aporta un nuevo capítulo a la mitología de la serie, convirtiendo el filme en un innegable homenaje a tiempos más sencillos (y a la vez, adultos) en el cine de acción y espectáculo.

Vamos a decirlo claro: la nueva Predator es un sinsentido argumental que, sin embargo, se eleva triunfante sobre los mil cambios impuestos sobre la marcha por el estudio. Shane Black, autor de guiones como Arma Letal y El último Boy Scout (y responsable por tanto de la particular aleación de tiros, noir y western de los ochenta) y actor secundario en la propia Predator original además de guionista sin acreditar, no renuncia a dejar su impronta como autor en un filme caótico, pero que en su deriva hacia el absurdo jamás, jamás, deja de resultar divertido, sulfúrico e interesante.

Si el Depredador original laminaba, antes de que los requerimientos de la narrativa se impusiesen, la seguridad en sí misma de la América de los 80 con un cómic selvático militar a lo Sargento Rock, hibridando géneros con cierto orden cronológico (la odisea bélica se teñía a la mitad de pesadilla sci-fi), la nueva introduce novedades en la mitología y, también, variaciones en la forma de entregar el goteo de víctimas, que por otra parte es el más alto y sangriento de toda la saga. El cambio real opera sin embargo en el dibujo del equipo de chiflados (en la v.o. se autodenominan "looneys", y atención al momento en el que se describen a sí mismos como el camarote de los hermanos Marx) que hace el guionista y director. El de Black es, a diferencia del de McTiernan, un grupo que se enfrenta a una amenaza inesperada, pero también uno que opera por pura casualidad; una familia de extraños alienados, enfermos y rechazados en un planeta que no los quiere.

Un mundo muy distinto el que dibuja Black, pero en el que vuelca esa sensibilidad pulp común a todos sus relatos; un relato épico a su manera, pero fundamentalmente teñido de humor oscuro y una concepción de los diálogos concebidos como un intercambio rápido, un torrente de chistes de una sola línea en un relato donde el monstruo, el depredador, es a su vez solo uno de los muchos elementos imposibles de la trama, ya que él mismo sufre la persecución de un pez más grande en la forma del Predator Supremo (creado, esta vez por ingeniería digital).

Black crea, de ese modo, a un equipo de "boy scouts" rechazados por el Ejército que en absoluto son tipos oscuros o descritos a golpe de gravedad impostada. El de Arma Letal potencia la dinámica de equipo, se vale de un casting imposible pero, a su manera, ejemplar, y les deja casi toda la película para moverse y hablar con absoluta libertad. No hay tristeza en Predator (salvo la decepción del inocente boy-scout pasado de rosca que es Black) sino una sensación de anarquía que la película traslada, lamentablemente, a su propia y apresurada narrativa, repleta de flecos sin cortar y posibilidades nunca exploradas... pero que deja momentos mágicos por doquier.

Black establece un particular equilibrio entre parodia (el absolutamente hilarante episodio de Halloween) y homenaje (atención a la escuela Lawrence Gordon a la que acude Jacob Tremblay, todo un guiño al productor del filme original) en un filme a caballo entre la relectura jocosa y la obligación de concebir un nuevo y honesto capítulo de la saga. La diferencia entre Predator y otros filmes que sufren de circunstancias similares es que la de Black nunca deja de resultar divertida, es más: quizá consciente de todo, ella misma incorpora su errático devenir a su propio ADN en una historia voluntariamente irresponsable, imprevisible e incluso libertaria. Divertida y rápida, esto es un absoluto caramelo.

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