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Azaña y su republicanismo fallido

La nación estaba sin construir, pensaba Azaña, porque la Corona y la Iglesia habían conseguido que el país diera la espalda a Europa.

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Manuel Azaña | Archivo

Azaña murió en su cama porque el convenio hispano-francés de 1877 le protegió de una extradición; pero también porque los instructores de su expediente, según la ley de responsabilidades políticas de 1939, tardaron mucho en terminar la acusación. Si el catalanismo ha convertido en un mártir a Companys, que dio un golpe de Estado contra la democracia en 1934, ¿qué sería hoy Azaña, que personificaba la República, si hubiera sido fusilado también? Lo cierto es que su republicanismo murió mucho antes.

Manuel Azaña sostenía una idea de república ligada a la construcción de un nacionalismo liberal y democrático basado en los principios de igualdad legal y justicia social, proveniente tanto del radicalismo francés como de la tradición progresista española. Consideraba que la alianza de las viejas instituciones del Antiguo Régimen, como la Corona y la Iglesia, había impedido el paso de España a la modernidad desde el siglo XVI. Porque para Azaña el problema, como para su generación y la del 98, era España. ¿Qué hacer con ella? ¿Cómo ponerla al nivel de una idealizada Europa? Era preciso, creían, eliminar los obstáculos y dar protagonismo a un Estado reformista, casi omnipresente, que sacrificara si hacía falta hasta la misma libertad.

La nación estaba sin construir, pensaba Azaña, porque la Corona y la Iglesia habían conseguido que el país diera la espalda a la Europa que se había forjado sobre los principios de la Revolución Francesa, y el Estado, a diferencia de la Tercera República gala, no había tomado la educación como una fábrica de ciudadanos. Por tanto, había que destruir los viejos pilares para construir una España nueva a través de una República que Azaña concebía, en palabras de José María Marco, como una "empresa de demoliciones".

El reformismo en el que militó en su juventud, en aquel partido de Gumersindo de Azcárate y Melquíades Álvarez, con la gran sombra de Ortega y Gasset detrás, enseguida se le quedó pequeño. El republicanismo debía ser algo más: construir la ciudadanía desde la educación pública y laica, reformar la Administración para evitar la corrupción y promover la justicia social en la economía. Era un republicanismo que hablaba desde la superioridad moral del que señala todo los males y se presenta como la solución; que había convertido el patriotismo liberal forjado desde las Cortes de Cádiz en un deseo de gobierno exclusivo para cambiar el país. Por eso era un republicanismo de conspiración, asonada y barricada, que no toleraba al adversario político y que, en definitiva, no concebía una sociedad democrática y plural, sino la ingeniería social de un mal actualizado jacobinismo.

De esta manera, esa República preñada de ilusión y esperanza que amaneció un 14 de abril comenzó a desdibujarse en mayo de ese año, justo cuando Azaña toleraba, o veía con complacencia, cómo se quemaban instituciones religiosas. No había aprendido en realidad qué era la Tercera República, tal y como la pensaron Thiers, Ferry y Gambetta: democracia, libertad y orden, mucho orden. Azaña señaló, ya durante la Guerra Civil, que la República del 31 había muerto en julio de 1936, cuando el Gobierno distribuyó armas entre los sindicatos. Sin embargo, el espíritu republicano había desaparecido desde el instante en que la izquierda y él mismo no asimilaron la victoria del adversario en 1933, la CEDA, tan desleal al régimen al menos como el PSOE, su aliado, y se lanzaron al golpismo en 1934. Ahí murió definitivamente cualquier posibilidad de que triunfara el republicanismo del que hablaba Azaña durante la Monarquía.

Ya en el exilio francés, alejado de todos, incluso de los que le habían dado la espalda y llamado "traidor", como Negrín y Pasionaria, llegó a la conclusión de que la restauración de la República era imposible. Tan solo se podía esperar, escribió, la resurrección de aquel espíritu nacional de reforma del país.

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