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El embajador desertor

Ramón Pérez de Ayala, de visceral antimonarquismo, tras la experiencia republicana, ofreció su "adhesión sincera" a Franco.

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Retrato de Ramón Pérez de Ayala | Archivo

El tercer "padre" de la República, junto con Ortega y Marañón, fue el eminente novelista y ensayista Ramón Pérez de Ayala, nacido en Oviedo en 1880.

De juventud volteriana y melenuda, en los primeros años del nuevo siglo, bajo el embrujo de Rubén Darío, fue camarada de letras de Benavente, Juan Ramón Jiménez, Azorín y Valle Inclán así como uno de los fundadores de la revista modernista Helios. En el muy literario año de 1927 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura y al año siguiente consiguió un sillón en la Real Academia.

De visceral antimonarquismo, en los últimos meses del reinado de Alfonso XIII dedicó estas crueles líneas a una familia real española a la que consideró genéticamente incapacitada para un progreso político al ritmo de los tiempos:

Los Borbones, como se sabe, son una familia francesa. Los propios franceses, después de larga experiencia a su costa, han definido esta familia diciendo que los Borbones nunca aprenden ni nunca olvidan. Llevan una fatalidad en la sangre. Parafraseando la definición francesa, pudiéramos decir que los Borbones son incorregibles (improgresivos) y resentidos (vengativos). Puestas en juego estas cualidades dentro del curso histórico, resultará que una monarquía borbónica será siempre incompatible y se opondrá por todos los medios a cualquier movimiento de progreso político y a la evolución liberal de los tiempos (…) Las dos únicas monarquías donde no se pudo llegar a la democratización sincera han sido Austria y España. La dinastía española lleva en las venas una mezcla de sangre borbónica y austriaca, sin contar las aportaciones irregulares, clandestinas o fraudulentas, perfectamente comprobadas, pues los Borbones, y sobre todo las Borbonas, raras veces han sido dechado de honestidad y continencia. Isabel II, abuela materna de nuestro monarca actual, casó (o la casaron) con un eunuco. Esto no obstante, se realizó el milagro (los Borbones suelen ser también bastante milagreros) de que obtuviese copiosa prole.

En febrero de 1931, pocos meses después de escribir estas líneas, Pérez de Ayala sería el tercer firmante del manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República.

Además de diputado desde 1931 hasta 1933, fue nombrado director del Museo del Prado, cargo al que se acumuló el de embajador en Londres. Paulatinamente desengañado de la República y apartado del debate político, dimitió de su embajada londinense tras la victoria fraudulenta del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

Su sucesor, llegado a Londres un mes antes del 18 de julio, sería Julio López Oliván, de breve ejercicio debido a que dedicó todos sus esfuerzos a apoyar a los alzados saboteando los contactos entre el gobierno madrileño y el londinense y enviando a Franco los fondos del Banco de España en Londres. Tras su destitución en septiembre, llegaría el nuevo embajador, Pablo de Azcárate, que comenzaría su labor soportando el bochorno de que Winston Churchill se negara a darle la mano exclamando "Blood, blood, blood!".

Al estallar la guerra, Pérez de Ayala sobrevivió calladamente en Madrid hasta que en septiembre consiguió huir de España en un buque británico, "como Simónides del naufragio, de milagro y con sólo lo que pude llevar bajo la piel".

Ya instalado en París como muchos otros republicanos fugados de la República, no perdió ocasión de defender la causa rebelde y de atacar a la España republicana, a la que calificó de "infierno". Sus dos hijos abandonaron la seguridad parisina para alistarse voluntarios en el ejército nacional. El 29 de junio de 1937, de visita en Londres, escribió la siguiente carta a Franco ofreciéndole sus servicios:

Mi querido general: (…) Desde hace cerca de un año he venido buscando manera de hacer llegar a usted directamente, lo primero, mi adhesión sincera, y después, el ofrecimiento de mis humildes servicios. En cuanto a lo primero, todos mis conatos me parece como si hubieran sido frustrados, hasta este momento, en que Arias Paz me hace el favor de conducir, en persona, estas líneas hasta usted. En cuanto a lo segundo, espontáneamente y por mi cuenta y riesgo, no he cesado un instante de estar sirviendo a usted, hasta donde pude y se me alcanzó; y si bien la propia alabanza envilece, imagino, sin incurrir en ese feo vicio, que algunas de mis actividades no han sido del todo inútiles, superfluas o excusadas. Su leal; Ayala.

Un año más tarde, en junio de 1938, publicó un artículo en The Times explicando al público británico su postura frente a la guerra española:

El respeto y el amor por la verdad moral me empujan a confesar que la República Española ha constituido un fracaso trágico. Sus hijos son reos de matricidio. No es menos cierto que ya no hay republicanos en uno u otro lado. Desde el comienzo del movimiento nacionalista, he asentido a él explícitamente y he profesado al general Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible. Me enorgullece y honra tener mis dos únicos hijos sirviendo como simples soldados en la primera línea del ejército nacional. Por su fe, sentido del deber y espíritu de sacrificio, la juventud nacionalista está haciendo España y el mundo vivideros para el porvenir.

El 17 de marzo de 1939, a pocos días del fin de la guerra, un feliz Pérez de Ayala escribió una carta a su viejo amigo Gregorio Marañón para reiterarle su disgusto por la República y los republicanos, especialmente por Manuel Azaña:

Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Inspecciono mi ficha histórica y, en puridad, no hallo ocasión para el remordimiento de haber creído jamás en ellos. Siempre los tuve por tontos de babero y brutos estructurales. Por ejemplo, nunca admití que Prieto tuviese inteligencia; sí, sólo pillería cazurra, que es su mimetismo. Prieto es brutísimo. Pero en un principio yo presumía, o me hacía la ilusión, de que percibían una vaga vislumbre de su bobería innata y su brutalidad incorregible, por donde se mostrarían dóciles, relativamente, al buen parecer de los demás entendidos. No tardé en desengañarme. Lo que nunca pude concebir es que hubiesen sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza. Hago una excepción. Me figuré un tiempo que Azaña era de diferente textura y tejido más noble. No podía contar yo con que la ausencia de la hormona testicular estragase hasta tal punto una buena inteligencia natural. En octubre del 34 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo luego sus memorias del barco de guerra –tan ruines y afeminadas– me confirmé. Cuando le vi y le hablé siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental, en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España con aquella gente.

En junio, tras la victoria de Franco, escribió sobre él a Marañón:

De Franco siempre he tenido la mejor opinión, lo cual vale bien poco, pues la opinión es sobremanera falible, singularmente la mía. Pero he tenido fe en él; y esto vale mucho más. Opinión o no opinión, fe o no fe, parece archievidente que España –Franco y España– esto es, libre, son una cosa misma.

En 1940 regresó a Madrid, donde fue recibido con consideración por las personalidades políticas a las que visitó. Pero también recibió malas palabras de quienes no se olvidaban de su distinguida participación en el nacimiento de la República. Descorazonado por el tibio recibimiento a pesar de su enérgico apoyo al bando franquista, Ayala decidió instalarse en Buenos Aires, donde trabajó de agregado honorario de la embajada española.

Tras algunas idas y venidas, en 1954 regresaría definitivamente a Madrid, donde fallecería en 1962. El antaño revolucionario republicano se ganó la vida en sus últimos años escribiendo en el conservador y monárquico ABC.

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