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Ricardo Artola

El derrumbe del Muro de Berlín

El final del dominio soviético sobre el Este de Europa fue producto de acciones humanas, de grandes sacrificios, no del desgaste natural de las cosas.

Ricardo Artola
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El final del dominio soviético sobre el Este de Europa fue producto de acciones humanas, de grandes sacrificios, no del desgaste natural de las cosas.
magen que ilustra la reunificación alemana. | Cordon Press

La primera vez que visité Berlín era una ciudad dividida. Fue muy a principios de los 80 y me decepcionó profundamente. La gran capital centroeuropea, la Babilonia del periodo de entreguerras, la imponente sede del poder nazi y la ciudad destruida sistemáticamente al final de la Segunda Guerra Mundial se había convertido en dos ciudades antagónicas divididas por una frontera artificial. El Oeste se parecía al mundo que conocía: tiendas, restaurantes, luces nocturnas…vida. El Este era un espacio sin alma, triste, gris, apagado y paranoico. Y eso que a los comunistas les había "tocado" gran parte del Berlín monumental: Unter den Linden, flanqueado por sus hermosos palacios, la isla de los Museos, Alexanderplatz, Friedrichstrasse, etc.

El paso, a través del inevitable Checkpoint Charlie (cruce entre el Berlín estadounidense y el soviético) no me parecía una alegre atracción turística, que es en lo que se ha convertido, sino el siniestro recordatorio del secuestro de la mitad de los europeos más allá del telón de acero. Allí había que someterse a la deliberada humillación de los mediocres: la espera interminable, la inspección intrusiva, el trato denigrante, la hostilidad permanente. Todo eso, y más, era el Berlín oriental, todo el bloque soviético.

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Checkpoint Charlie, el puesto de control en una de las puertas del Muro. | C.Jordá

Antes de saber por qué cayó hay que explicar qué suponía y nada más gráfico que aproximar el fenómeno a nuestro mundo más cercano. Como madrileño siempre he pensado qué hubiera representado que mi ciudad se hubiera visto sometida a un trauma como el de la partición durante tres largas décadas. Me imaginaba que, en nuestro caso, el muro pasaría por la Castellana, privando a los habitantes de Chamartín o Salamanca de los placeres de la Gran Vía, el Madrid de los Austrias o los paseos por la Casa de Campo, mientras que los habitantes del oeste tendrían vetado el acceso al Retiro o a las joyas del Museo del Prado. Eso fue, en otro espacio, lo que representó el Muro de Berlín.

¿Por qué cayó el Muro, que es lo que hoy celebramos?

Con la llegada de Mijaíl Gorbachov a la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1985 se inició un proceso de apertura del bloque soviético, producto de la estricta necesidad ante el estancamiento global de ese conjunto de países. Gorbachov tuvo que fajarse con sus colegas rumanos, búlgaros o alemanes del este que, tras décadas de sumisión perruna a los dictados de Moscú, se habían vuelto más ortodoxos que "la madre patria". Durante casi cinco años Gorbachov trató de inocular el espíritu de las reformas a sus colegas, sin comprender que, a partir del momento en que quería reformar el bloque soviético se había convertido en enemigo de sus intereses más que en compañero de ideología.

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Los europeos del este, que habían intentado zafarse del abrazo del oso soviético de manera reiterada (los alemanes en 1953, los húngaros en 1956, los checos en 1968, los polacos casi siempre) no necesitaban de grandes señales para oler la "debilidad" soviética y comenzaron a forzar los límites de sus respectivos regímenes. Como en un juego infantil, un tímido empujón que no recibe una respuesta contundente anima a una acción más osada, hasta averiguar el grado de debilidad del que tenemos enfrente.

La pérdida de una directriz clara y contundente, procedente de Moscú (precisamente lo que no había faltado desde 1945), empezó a desconcertar a los satélites soviéticos.

La RDA se desmoronó en cuestión de semanas

Las últimas semanas de la otrora impenetrable República Democrática Alemana fueron tan patéticas como el propio régimen: falta de determinación, indecisión, miedo a aplicar las duras recetas que tan bien habían funcionado en el pasado. El Estado que todo lo veía y todo lo grababa, la cuna de la Stasi, se desmoronó en cuestión de semanas, demostrando que el único terreno (junto al deporte) en que había demostrado cierto grado de excelencia era otro espejismo. En la hora decisiva haber espiado de manera sistemática y miserable a sus conciudadanos no les sirvió para evitar el desastre y, en la noche del 9 de noviembre de 1989 comenzó el derrumbe del símbolo más feo y sucio de la guerra fría. Fue uno de los momentos bellos de la historia, cuando lo inimaginable se hace realidad y podemos leer el periódico con gusto.

Y, por supuesto, el Muro también cayó porque lo empujaron desde el otro lado. La tríada compuesta por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II contribuyeron a exacerbar las contradicciones del comunismo soviético terminal y, por tanto, de su dominio sobre el Este de Europa.

Derrumbe, no caída

Para terminar, quiero plantear que rebauticemos el hecho histórico que aquí se trata: en lugar de "la caída" creo que es más adecuado hablar de "el derrumbe", porque el primero hace mención a un hecho "natural", producto del paso del tiempo, mientras que el segundo remite a la acción del hombre. Indudablemente el final del dominio soviético sobre el Este de Europa fue producto de acciones humanas, de grandes sacrificios personales, no del desgaste natural de las cosas.

Al hablar de aniversarios de la Segunda Guerra Mundial, en muchas ocasiones me preguntan por sus consecuencias y límites temporales. Pues bien, el derrumbe del muro del Berlín se puede considerar como el hecho simbólico que termina con la mayor consecuencia de esa guerra en Europa: la división del continente en dos bloques antagónicos enfrentados a la amenaza de la destrucción mutua asegurada. Frente a la derrota de la división el triunfo de la unidad, de la esperanza.

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