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El amargo viaje de la reina Victoria Eugenia: la historia del chófer que la sacó de España

El conductor de Victoria Eugenia recuerda su rechazo a la velocidad y el triste adiós de la bisabuela de Felipe VI al iniciarse la II República.

El conductor de Victoria Eugenia recuerda su rechazo a la velocidad y el triste adiós de la bisabuela de Felipe VI al iniciarse la II República.
Cordon Press

La reciente emisión de la serie Ena ha sido bien acogida, contribuyendo a que la figura de la reina Victoria Eugenia de Battenberg, bisabuela de Felipe VI, sea mejor conocida. Las nuevas generaciones la ignoran, es comprensible. Las anteriores, quizás la hayan olvidado. Fue la esposa del rey Alfonso XIII. Tuvo una existencia más bien triste, acuciada por el desafecto del monarca hacia ella, a la que repudió.

Estalló la II República y desapareció la Monarquía. El 14 de abril de 1931 él abandonó el trono, camino primero de Cartagena, donde se embarcó con destino a París, tras una escala en Marsella. Al día siguiente era la reina quien dejaba la Corte acompañada de sus hijos, iniciando su exilio. La comitiva regia se detuvo antes de llegar a San Lorenzo de El Escorial. El coche en el que viajaba Ena, como familiarmente se llamaba a la reina Victoria Eugenia, era conducido por su chófer desde que se instaló en España, Ramón Bandé.

Se sentó en una gran piedra

En multitud de libros y miles de periódicos, además de imágenes que se han divulgado una vez más en la serie televisiva antes mencionada, se cuenta el trayecto desde el Palacio de Oriente hasta que subió a un tren en la localidad escurialense con destino a París. Tuve oportunidad de conocer al chófer de la reina y escuchar su relato acerca de aquel amargo viaje.

El citado Ramón Bandé estuvo desde 1910 al servicio de la Soberana, hasta la madrugada en que acompañó al séquito real hacia su doloroso exilio. Me dijo que doña Victoria Eugenia usaba cuatro automóviles a lo largo de su reinado: un "Dembler" inglés, un "Packard", el Hispano-Suiza más conocido, y un "Berlier". Uno de esos vehículos sería el que ocupó "Ena" en ese postrer destino.

"A ella no le gustaba la velocidad –me refería Bandé, ya octogenario–, todo lo contrario que al rey, quien pedía siempre a Sambeat, su chófer, que le dejara el volante para ir más deprisa".

En la madrugada del 15 al 16 de abril de aquel 1931 los coches de Palacio estaban preparados. En cualquier momento iba a producirse la salida de la reina. Cuando lo hizo, como me comentaba un testigo como Ramón Bandé, el capitán de la guardia que iba a rendirle honores por última vez, rompió su sable, exclamando: "¡Con esta arma ya nadie más lo hará!".

Habían transcurrido ya varias decenas de kilómetros en tanto empezaba a clarear el día. Ramón Bandé recordaba perfectamente cuando a petición de la reina, detuvo el coche y ella bajó al llegar a lo alto del pueblo madrileño de Galapagar: "Se sentó en una gran piedra (que alguien años después quitó como si fuera pieza de colección y otro desconocido repuso otro día en el mismo sitio). Allí se despidió de quienes la habíamos acompañado. En ese momento, el general Sanjurjo advirtió que iban a pasar unos camiones. Comprobó que se trataba de republicanos cargados con banderas tricolores. Les dijo: "Señores, ¿no podrían aguardar unos instantes hasta que la reina continúe el viaje?". Así lo hicieron, escondiéndose para no ser vistos, manteniéndose en silencio. En San Lorenzo de El Escorial se hallaba detenido un tren regio que esperaba a la reina y su séquito hasta la frontera francesa. En el andén, solo, se quedó el conde de Romanones, siguiendo con la vista cómo el tren iba circulando hasta donde podía contemplarse en el horizonte. Los coches de la reina volvieron al palacio de Oriente. Creo que uno de ellos, el "Berlier", fue vendido unos años después en el Rastro".

El regreso para el bautismo de Felipe

Transcurrieron treinta y siete años de nostalgia y dolor hasta que doña Victoria Eugenia volvió a España para asistir como madrina del bautizo del hijo varón de los entonces Príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, al que entre otros nombres inscribieron primero con el de Felipe, que en los medios de comunicación sería denominado con el don por delante. Una multitud recibió a "Ena" en el aeropuerto de Barajas. Quedó hospedada en el palacio de Liria, por ofrecimiento de la duquesa de Alba, tan cercana a la Monarquía española. Y en los pocos días que permaneció por última vez en Madrid, fue objeto del cariño del pueblo español. Entre quienes se acercaron a cumplimentarla se hallaba la duquesa de Santo Mauro, una de las damas reales, a quien tuve el honor de entrevistar en su residencia madrileña del palacio de Santa Cruz.

¿En qué consistía ser dama de la reina? "Cada día nos correspondía a cada una de las damas un turno de guardia. Por las noches se cenaba con los reyes. Íbamos luego al teatro, o a la ópera, a la inauguración de algunas salas, a algún acto benéfico… Viviendo la reina madre doña María Cristina esas guardias eran de dos días, uno destinado a ella y otro a la reina Victoria Eugenia".

Desde 1912 la duquesa de Santo Mauro prestó sus servicios a la reina, año en que le concedió ese título de dama, con ocasión del matrimonio de la aristócrata, pues los reyes fueron sus padrinos de boda.

La última vez que la duquesa estuvo de guardia como dama en palacio fue en la Semana Santa de 1931, pocos días antes de la proclamación de la II República. Me recordaba jornadas felices junto a los reyes en época veraniega, cuando éstos se instalaban en el palacio de la Magdalena, en Santander: "La reina era muy amante de la vida familiar – continuaba la duquesa de Santo Mauro confiándome –. Solía jugar bastante al tenis. Le gustaba la vida marinera también. Casi a diario embarcaba en algún balandro. Y mantenía un ritual, como inglesa, la hora del té, aunque más que nada también le gustaba el café. Todos los días mandaba cambiar la mantelería, de un color distinto".

¿Qué recuerda del día en el que la reina tuvo que exiliarse, duquesa? "Me regaló su perro favorito, llamado "Ping". "Toma, cuídalo". Vivió el perro cinco años y a pesar de los mimos que yo le daba noté que echaba de menos a su dueña, mostrándose triste".

La de Santo Mauro mantuvo frecuente correspondencia con doña Victoria Eugenia desde que ésta se exilió. Siempre la trató con el nombre de Casilda, tuteándola. "La letra de la reina era muy elegante, picuda, de trazos algo inclinados hacia el lado izquierdo. La última misiva que recibí fue pocos días después de su última visita a Madrid, ya de nuevo en "Vieille Fontaine", su residencia en Suiza. En esa carta, se despedía de mí con esta frase: "Después de haber vuelto a España para ya nunca más, creo que no me importa morir".

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