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Verano del 14

Aquella tarde de domingo del 28 de junio, el conde Berchtold no estaba especialmente preocupado por el futuro de la Doble Monarquía.

Emilio Campmany
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Domingo, 28 de junio
Buchlov

Aquel domingo, el conde Leopold von Berchtold, como siempre que sus obligaciones se lo permitían, pasaba el fin de semana en Bohemia, en su finca de Buchlov. El conde era un aristócrata a la vieja usanza. Sus antepasados conservaron para él una enorme cantidad de tierras que le proporcionaban rentas suficientes para vivir con el desahogo propio de su clase. No sólo, sino que Berchtold era, en muchos sentidos, la quintaesencia del aristócrata austro-húngaro. Hablaba alemán, checo, eslovaco, húngaro y, por supuesto, francés, pero no terminaba de considerarse originario de ninguna de las trece nacionalidades que había en el imperio. Cuando un periodista le preguntó qué se sentía, contestó que vienés. Su meteórica carrera política lo situó al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores en 1912, a la increíblemente temprana edad de 48 años.

Berchtold nunca aspiró a igualar la habilidad e inteligencia de su predecesor, el conde Aehrenthal, pero, como a todos aquellos que creen que no es el talento sino la alcurnia el origen de todos los derechos, no le importaba. Su máxima aspiración no era pues brillar con ingenio y agudeza, sino atenerse a lo que le habían imbuido desde niño. Esto es, a comportarse del modo que cabía esperar de un noble. Para él, tan importante era tratar a una dama con la debida cortesía como despachar con un embajador extranjero en el tono adecuado a los intereses de su soberano.

Ser ministro de Asuntos Exteriores de cualquiera de las seis grandes potencias europeas en 1914 era un cargo de extraordinaria importancia. No obstante, en el caso de Austria-Hungría todavía lo era más. La derrota a manos de la poderosa Prusia obligó a reconvertir el imperio austro-húngaro en Doble Monarquía. El emperador Francisco José fue, desde 1867, un rey con dos reinos, Austria y Hungría. Y por serlo tenía dos primeros ministros, el austríaco y el húngaro. Pero como la política exterior no podía ser más que una, la que fijara el emperador, sólo era necesaria una persona para dirigirla. Así, el ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría era, en muchos sentidos, el cargo político más importante del doble reino.

Sin embargo, había limitaciones. En 1914 nada podía hacerse sin el consentimiento de los húngaros. Cualquier política exterior que quisiera perseguir Berchtold necesitaba el apoyo del poderoso conde Tisza, un noble magiar de aguda inteligencia, que presidía el Gobierno de Hungría. No era el conde un separatista. Estaba convencido de que a su país le interesaba formar parte de la Doble Monarquía, pero siempre y cuando la política común fuera la que a Budapest convenía. Hungría constituía pues esa parte del imperio a la que constantemente había que adular y mimar para que quisiera seguir formando parte de él, siquiera con renuencia. Así, Francisco José nunca tomaba una decisión importante sin haber escuchado antes la opinión de su primer ministro húngaro.

La situación habría sido intolerable para cualquier político francés, heredero a la vez del absolutismo borbónico y del jacobinismo revolucionario. Pero a Berchtold, de origen bohemio, le parecía muy natural que, entre sus funciones, estuviera la muy fatigosa de conformar un consenso alrededor de cualquier política exterior que la Doble Monarquía quisiera emprender para que pudiera llamarse austro-húngara y no sólo austriaca. Su lealtad no estaba consagrada a un Estado. Berchtold era leal al emperador y no creía que tuviera que serlo a nada ni a nadie más.

Aquella tarde de domingo del 28 de junio, el conde Berchtold no estaba especialmente preocupado por el futuro de la Doble Monarquía. Su relación con el emperador era buena y su política moderada parecía producir el mejor de los resultados posibles, la Doble Monarquía sobrevivía y era reconocida en el Concierto de Europa como una de sus seis grandes potencias. Mientras leía, el conde disfrutaba de la silenciosa compañía de la condesa Nandine, que se entretenía con una primorosa labor. La tranquilidad de la sobremesa se vio interrumpida por la entrada inopinada, convertida casi en irrupción, de un lacayo que, tras una leve inclinación, se acercó al ministro y le entregó un telegrama que acababa de llegar.

Berchtold, sin dejar traslucir ninguna emoción, leyó el texto con la seriedad de quien consulta el detalle de adeudos y haberes de una cuenta corriente. Cuando terminó de hacerlo, dobló cuidadosamente el telegrama, se levantó de su butaca, guardó el papel en el bolsillo exterior izquierdo del batín que vestía y se colocó delante de su esposa adoptando el gesto formal de quien tiene algo importante que comunicar. La condesa, sin levantar los ojos de la costura, preguntó:

–¿Malas noticias?

El conde se ajustó el cuello de celulosa para permitirse hablar con más comodidad y, repartiendo sus ojos entre su mujer y el retrato de una antepasada suya que le miraba con severidad por encima de la otomana donde cosía su esposa, le dijo:

–Querida: esta mañana han asesinado en Sarajevo a Su Alteza el archiduque Francisco Fernando y a la condesa Sofía.

Nandine, convulsa, soltó la tela que sostenían sus manos y se apretó el rostro con ellas para sujetar el espanto que se asomó a él. Tan sólo acertó a decir:

–¡Dios mío!

Mientras exclamaba, sus pensamientos viajaron abruptamente desde la pobre Sofía, su amiga de la infancia a la que tantos sinsabores había producido un matrimonio que en Viena era considerado inapropiadamente desigual, hasta sus tres hijos, que concitaban toda su piedad.

Los pensamientos del conde, en cambio, volaron enseguida a Belgrado y poco después a San Petersburgo. Abrió el batín y extrajo su reloj de bolsillo sujeto al chaleco por medio de una leontina de oro. Lo observó y anunció:

–Partiré en el próximo tren a Viena.

***

Karlstadt

Conrad von Hötzendorf, jefe del Estado Mayor del ejército austro-húngaro, no era probablemente un hombre que sobresaliera por su inteligencia, pero sus pocas ideas eran muy claras y las defendía con vehemencia. Una vehemencia que ya había provocado que fuera cesado en una ocasión. Sin embargo, el archiduque Francisco Fernando consiguió que el emperador lo devolviera al cargo. Hötzendorf y el archiduque compartían el diagnóstico de la enfermedad que aquejaba a la Doble Monarquía, una infección provocada por dos virus. El primero, la joven Serbia, era agresivo y violento. El otro, la también joven Italia, permanecía escondido y emboscado. El nacionalismo que las dos recientes naciones fomentaban entre los súbditos austro-húngaros de origen italiano y serbio era muy peligroso porque no sólo aspiraba a separar los territorios que habitaban unos y otros, sino porque atentaba a la misma razón de ser del imperio. Pretender que toda nación merece un Estado y que ningún Estado puede serlo de más de una nación era tanto como negar el derecho de la Doble Monarquía a existir.

Pero aunque Conrad y Francisco Fernando coincidieran en el diagnóstico, diferían en cuanto al tratamiento. Conrad creía que Italia y especialmente Serbia sólo entenderían los argumentos de las armas. Sendas derrotas militares colocarían a los dos nuevos gallitos en el sitio que les correspondía dentro del corral europeo. Francisco Fernando, en cambio, creía que la única forma de mantener unido el imperio era la de otorgar a los súbditos de distintas nacionalidades los mismos derechos políticos que disfrutaban hoy sólo alemanes y húngaros. Pensaba Francisco Fernando especialmente en los eslavos, muy numerosos, que, sin embargo, se veían obligados a ser administrados por húngaros o austriacos. Si Francisco José era rey de Austria y de Hungría, ¿por qué no podía serlo también de los eslavos del sur? Los húngaros harían lo imposible para evitar que otros pueblos compartieran con ellos los privilegios que les atribuyó el Ausgleich de 1867, pero Francisco Fernando estaba decidido a acabar con esta injusticia: si no podía hacerlo centralizando, lo haría centrifugando. No deja de constituir una dolorosa ironía que sus asesinos fueran eslavos serbo-bosnios, esto es, parte de la etnia a la que más deseaba favorecer el futuro emperador que ya nunca lo sería.

Conrad no entendía estas sutilezas. Desde luego, aborrecía a los húngaros, especialmente desde que se empeñaron en que las órdenes en el ejército se dieran en el idioma de donde fuera originario cada regimiento, con lo que pusieron fin a la secular exclusividad del alemán. Pero creía que ésta y otras tendencias disgregadoras podían ser detenidas si se le daba al ejército la oportunidad de ofrecer a la Monarquía una brillante victoria en el campo de batalla frente a los nacionalismos serbio e italiano. Con Italia podía haber dudas, pero Serbia estaba pidiendo a gritos un correctivo. Al principio, cuando ganó su independencia formal del imperio otomano tras el Congreso de Berlín de 1878, la joven Serbia fue una gran amiga de Austria-Hungría. En 1882 fue reconocida como reino y a su frente Viena logró colocar a un Obrenovich, Milan I, que siempre fue leal a los Habsburgo. Sin embargo, en 1908 un cruento golpe de Estado dio la corona a la dinastía rival. Pedro I Karageorgevich convirtió inmediatamente el diminuto reino en la pesadilla de la Doble Monarquía. El irredentismo serbio clamó desde entonces por la anexión de todos los territorios de la Doble Monarquía habitados por eslavos. Tal hostilidad se concretó en constantes campañas de propaganda financiadas por Belgrado que prendieron especialmente en Bosnia-Herzegovina, territorio que Austria-Hungría administraba desde el Congreso de Berlín, tras haber perdido los turcos su control, y que se anexionó definitivamente en 1908.

Hötzendorf a menudo propuso aprovechar la inestabilidad en los Balcanes para poner a Serbia en su sitio. Nunca le hicieron caso por temor a que una guerra provocara una revuelta interna o, lo que es peor, la intervención de Rusia con la excusa de proteger a sus hermanos eslavos. Conrad era consciente de los peligros, pero creía que, cuando la dignidad obliga a hacer algo, ha de hacerse, sean cuales sean los riesgos.

Viudo, con cuatro hijos, en 1914 llevaba siete años asediando a la bellísima, y mucho más joven, Gina von Reininghaus, que estaba casada con un noble estirio y era ya madre de seis hijos. Su amor era tal que le escribía todos los días. Sus letras de aquel 28 de junio, desde Karlstadt, fueron:

Adorada amiga:

Ayer tarde dejé Sarajevo con mis ayudantes Metzger y Kundmann. Esta tarde, a las dos, en Zagreb, llegaron hasta mí, gracias a un comandante, los rumores que corrían acerca del terrible acontecimiento. Más tarde, en Karlstadt, desde donde te escribo, recibí el telegrama oficial en el que se me dio cuenta de los detalles del horrible atentado.

En el primer ataque, Boos y Merizzi, que iban en el séquito de Su Alteza, resultaron heridos leves a consecuencia de una bomba, mientras que, en un segundo, el heredero y la archiduquesa fueron asesinados por los disparos de una pistola Browning. A los quince minutos, ambos habían fallecido. Los terroristas han sido arrestados; uno es un cajista de imprenta y el otro, un estudiante.

El atentado tiene un obvio tinte nacionalista serbio y es consecuencia de la agitación política que ha revolucionado las áreas de nuestro territorio pobladas por eslavos del sur. Aparte el aspecto puramente humano, es aquí donde se sitúa el profundo significado político de este repugnante crimen. Si en 1909 hubiéramos adoptado una posición más firme, nada de esto habría ocurrido (así se castigan la indecisión y la negligencia).

He preguntado inmediatamente a Su Majestad si debía continuar mi viaje o si, por el contrario, debía volver a Viena; he recibido un telegrama ordenándoseme esto último. De forma que partiré esta noche y estaré en la ciudad mañana a las nueve de la mañana.

No hay forma de prever cuáles serán las consecuencias del atentado. Es pronto para saber si se trata de una acción aislada o si forma parte de un plan de mayores dimensiones.

Desgraciadamente, tengo la impresión de que nada bueno puede esperarse de este acontecimiento para el futuro de la Monarquía, incluido el más inmediato. Serbia y Rumanía quieren poner los clavos a nuestro ataúd. Rusia les apoyará con ahínco. Será una lucha sin esperanza. Sin embargo, habrá que llevarla a cabo, ya que una vieja monarquía y su glorioso ejército no deben perecer sin gloria.

Entreveo un futuro desesperado y me enfrento a un triste último recodo de mi vida. Te quiero, amada mía. Dios sabe cuánto ansío verme de nuevo junto a ti.

Conrad.

PS: Este texto está tomado de Verano del 14, la novela que acaba de publicar Emilio Campmany sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial. Pinche aquí para adquirir un ejemplar (aquí si prefiere la versión en inglés).

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