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Kafka en Praga

El escritor pertenecía a una doble minoría, la de los hablantes en alemán en un país cuya mayoría hablaba checo y la de los judíos entre cristianos.

Santiago Navajas
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Franz Kafka, escritor. | Archivo

A primera vista, Praga es una perfecta postal turística hecha ciudad. Desde el puente Carlos se ofrece el Castillo sobre una colina de para que el turista accidental agote su Canon EOS en panorámicas resplandencientes. El reloj astronómico convoca a montones de aficionados al suceso anecdótico de la procesión de las puntuales Apóstoles. Y la cerveza Pilsen es tan barata y ligera que se hace infinita.

Sin embargo, Praga tiene un reverso tenebroso. Los chispazos de los tranvías en noches densas de niebla, la mala follá de los camareros (herencia, me dicen, de su pasado comunista en el que el empleo estaba asegurado por decreto y no por eficiencia, mucho menos por simpatía), las amontonadas y desordenadas tumbas del viejo Cementerio judío (Kafka está enterrado en el nuevo, en Praha-Strasnice) nos hablan de que aquí vivió un escritor que oscurecía con su presencia los días más luminosos ya que era capaz de ver en la más fuerte de las negruras. Kafka pertenecía a una doble minoría, la de los hablantes en alemán en un país cuya mayoría hablaba checo y la de los judíos entre cristianos. Además, tenía una sensibilidad rayana en lo macabro y una delicadeza lindante con lo neurótico.

Cruzando el puente Carlos, entrando en el barrio de Malá Strana, a mano derecha, se baja hacia el museo dedicado a Kafka. Un poco antes de llegar nos encontramos con el edificio donde vivió recluido el gran poeta Vladimir Holan en un exilio interior provocado por la dictadura comunista que lo consideraba un formalista decadente y burgués (lo que era, por cierto, pero sólo a un comunista o un nazi se le ocurre castigar a los poetas por hacer versos). Hay una placa junto a la pequeña puerta de entrada, más propia de hobbits que de humanos, pero los turistas prefieren hacerse un selfie unos metros más allá, en la que se publicita como la calle más estrecha del mundo, tanto que hay un semáforo regulando el paso de los peatones.

Escribió el poeta praguense: "¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí/al estruendo terrible de trompetas y clarines?/Perdona, Dios, pero me consuelo/pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,/lo anunciará el simple canto de un gallo.../Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento.../La primera en levantarse/será mamá... La oiremos/encender silenciosamente el fuego,/poner silenciosamente el agua/sobre el fogón/y coger con sigilo del armario el molinillo de café./Estaremos de nuevo en casa".

Kafka da la impresión de que no estuvo jamás "en casa". Varias veces se mudó su padre de casa y trasladó frecuentemente su negocio. Él mismo cuando comenzó a trabajar en una oficina de seguros, un desempeño burocrático en el que con bellísima caligrafía solicitaba de vez en cuando una baja por enfermedad sin dejar por ello de ir ascendiendo en la compañía, parecía un nómada a través de la ciudad, de cubículo en cuartucho hasta la tuberculosis final. El museo de Franz Kafka refleja a la perfección el mundo de contenida pesadilla de sus obras, de la Metamorfosis (o Transformación, como se suele traducir ahora siendo más fiel al espíritu del título original, obra de la que se cumplen ahora cien años), al siniestro El Proceso (de la que realizó Orson Welles una adaptación modélica recogiendo el aire frenopático que impregnó para siempre jamás a Anthony Perkins desde que protagonizara Psicosis de Hitchcock) llegando a sus tremendos relatos cortos, como El artista del hambre, o sus aforismos como relámpagos.

"Nosotros fuimos expulsados del Paraíso, pero el Paraíso no fue destruido. La expulsión del Paraíso fue una suerte, en un sentido, porque si no hubiésemos sido expulsados, habría tenido que ser destruido el Paraíso".

Kafka nunca destruyó Praga aunque la ciudad actuó sobre él como la jaula que salió a buscar un pájaro. Trabajador de ese infierno burocrático en el que se sentía prisionero transmutó la capital checa de diferentes maneras: cómo no acordarse de la catedral de San Vito en El Proceso, donde también aparece hacia el final la Ciudad Vieja cuando pasan por el puente de Carlos. O en La Condena podemos imaginar cómo veía Kafka el muelle, el río y la orilla opuesta al Moldava desde Niklasstrasse.

Hoy hay que hacer un gigantesco esfuerzo de la imaginación para convertir la aseada y cosmopolita Praga, llena de centros comerciales a la americana y conciertos cada tarde en cada iglesia, en lo que Kafka describía: "En nosotros siguen vivos los oscuros rincones, los pasajes misteriosos, las ventanas cegadas, los patios sucios, las ruidosas tabernas y las posadas cerradas con llave (...) La ciudad judía vieja e insalubre que hay en nosotros es mucho más real que la ciudad nueva e higiénica que nos rodea".

Ese gueto judío decadente, pestilente pero al tiempo rutilante, lleno de astrólogos y astrónomos, es hoy todavía más que en tiempos de Kafka una constelación de tiendas de lujo. Pero si se mira con atención los nombres de los asesinados en los campos de concentración que recubren las paredes de una de las sinagogas se descubren los nombres de las hermanas de Kafka que allí perecieron. Y en la Sinagoga Española se puede leer un letrero de la época nazi en la que se pretende justificar el exterminio de los judíos por ser "bolcheviques y capitalistas".

Pregunto a la encargada de los tickets para visitar el Museo Kafka cuánto se tarda en recorrerlo. Me dice que un estudiante italiano, unos cinco minutos. Quizás lo que más le pueda interesar al típico estudiante multitasking, superficial e idiota por obra y gracia de Google, son dos estatuas de David Cerny que han colocado justo a la entrada de dos tipos tamaño natural "orinándose" encima de lo que parece el mapa de la República Checa mientras mueven las caderas dibujando algo con su chorro. Si Kafka levantase la cabeza no se extrañaría de semejante vulgaridad plantada en su portal de entrada. Había calado bien a sus compatriotas checos: "Esto no es una ciudad. Es el suelo escabroso de un océano del tiempo, cubierto de los guijarros de sueños pasiones extinguidas, entre los que nos paseamos como embutidos en una campana de buzo".

La joya escondida de la capital checa es la Villa Müller, la obra maestra que construyó Adolf Loos para el magnate Müller y su esposa en un barrio residencial de las afueras. Como si fuese una Alhambra burguesa, la Villa Müller es "idiota" por fuera y muy inteligente por dentro. Con la belleza al servicio de la funcionalidad -¡vade retro, ornamento!- Loos diseñó el hogar perfecto. En esto llegaron los comunistas, nacidos para ser kafkianos, y expropiaron la casa a Müller, que sólo pudo conservar el dormitorio, para convertirla en una vivienda social con familias alojadas en el salón, el comedor de verano, el cuarto de los juegos, etc. Rápidamente lo que era un prodigio de ética y estética se convirtió por obra y (des)gracia de la política bolchevique en un destartalado bloque de viviendas cochambrosas. Müller murió al inhalar los gases de la caldera que trataba infructuosamente de encender pero, claro, lo de tener servicio había pasado a mejor vida (como él mismo).

Es hora de descansar. En cualquier caso, entre cinco y diez minutos del puente de Carlos se encuentran tres cafeterías imprescindibles en tres estilos completamente diversos. En el Café Slavia, enfrente del Teatro Nacional - hay un viejo con bigote que toca el piano, una tradición checa la de los pianistas viejos con bigote en las cafeterías-, se puede tomar un buen gulash acompañado de la omnipresente cerveza Pilsen. Mi cafetería favorita es Kafe Damu, en la calle Karlova, moderna y con wifi a todo trapo, es la sede también de un teatro vanguardista por lo que es frecuentada por gente joven y bohemia. Ya bien entrados en la Ciudad Vieja, hay que subir al Gran Café Orient, en el primer piso: lujo decimonónico, y sí, el inevitable y hasta alturas imprescindible pianista, que ameniza una terraza con vistas y con mantas para proteger del frío en una ciudad que dijo en la pluma de Kafka: "Lo mejor de mi construcción es el silencio".

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