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Poe era Arthur Gordon Pym

Con él comparte un descenso a la locura, a la confusión entre la vigilia y el sueño, la razón y el delirio.

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Edgar Allan Poe | Cordon Press

Todo en la vida de Edgar Allan Poe fue desgraciado. Huérfano y viudo, sin reconocimiento a su obra, pobre, malhumorado, alcohólico y drogadicto, falleció en Baltimore el 7 de octubre de 1849, llamando a uno de sus personajes: Arthur Gordon Pym. Deliraba, sí, inmerso en esa zona confusa entre la ensoñación, la pesadilla y la cruda realidad. Murió con tan solo cuarenta años, pero ya había cambiado para siempre la literatura. La influencia de su obra es inabarcable. Fue Charles Baudelaire quien tradujo y trajo su obra a Europa, aunque con cierta melancolía y soberbia:

Hablad de Poe con un americano –escribió-: confesará acaso su genio, y hasta puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico, superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar

Pedro Antonio de Alarcón, con menos ínfulas, escribió en 'Diario de un madrileño', en 1858, que Poe era el "Lord Byron de la América del Norte". La comparación que escribió es apasionante:

La intemperancia con las mujeres desacredita al europeo. La intemperancia con los licores espirituosos mancha la reputación del americano. Escépticos los dos, soñadores, nómadas, aventureros, malavenidos con las leyes y costumbres de su patria respectiva, se hacen blanco de las iras de sus compatriotas, excitan su odio y su persecución, y tienen que huir más que una vez a remotos climas en busca de un amigo que les tienda la mano, de un palmo de tierra que les soporte, de un público que no les sea enemigo.

Poe era "una especie de cismático", un "poeta fantástico", decía Alarcón, que había formado una "estética" propia, y buscaba "lo bello por diferente camino". Ruben Darío, años después, lo colocó entre "Los raros"; esos que no permitían distinguir la locura del genio. Allí donde la razón vacilaba, escribió, "la imaginación padece en su desbordamiento". Por eso, para Darío, el periplo de Arthur Gordon Pym era el de Poe.

Arthur Gordon Pym

Poe publicó las dos primeras entregas de 'Narración de Arthur Gordon Pym' en el Southern Literary Messenger, en enero y febrero de 1837. Pero el texto completo lo editó Harper en julio de 1838. La obra no tuvo éxito entre la crítica, como siempre, pero sí el aplauso del público. Poe lo consideró un texto "muy tonto". Tenía la forma de un libro de viajes, uno de aquellos volúmenes que se publicaban a principios del siglo XIX en los que un aventurero describía los lugares, las gentes y las costumbres de lugares remotos. Era un género típico del romanticismo, tan evocador que permitía al lector soñar y envolverse en el exotismo y la magia de lo desconocido. Por eso, el viaje de Pym está escrito en forma de diario, con ese tipo de descripciones que dan calma en medio de un relato trepidante.

En la primera parte de la novela, Poe relata las peripecias de Pym y el drama con sus amigos August y Peters sacando todas sus artes de maestro del terror; y en la segunda cuenta el viaje fantástico a la Antártida. Ese viaje al Sur es en realidad un descenso a la locura, a la confusión entre la vigilia y el sueño, la razón y el delirio. Por eso, en lugar de encontrar el Continente helado halla una tierra cálida, tropical, habitada por una tribu de seres negros, sanguinaria y bárbara, traidora, que vive aterrada por algo ante lo que exclaman "Tekeli-li".

Poe juega entonces con el temor que causa lo que se escapa al conocimiento científico, y apunta a la existencia de una arcaica civilización única y universal, que conoció a seres poderosos a los que tomó por dioses, cuyo poder infundía terror. Por eso, al final del viaje, Pym y Poe, en ese descenso a la locura, se topan con un "gigante blanco". El relato termina antes de que se sepa quién o qué es ese ser, con un capitulo escrito por el editor del diario de Pym excusándose por la falta de conclusión. El ardid del final abrupto alimentó la imaginación de lectores y escritores.

Julio Verne comentó en su ensayo 'Edgar Poe y sus obras' (1864) que había quedado decepcionado por el brusco final, y que se preguntaba quién lo terminaría. Así nació 'La esfinge de los hielos' (1897), una de sus obras menos conocidas, en el que una expedición va en busca de Pym, hasta que encuentran su cadáver en una isla montañosa con forma de esfinge. Dos años después, el escritor norteamericano Charles Romyn Dake publicó 'Un extraño descubrimiento', concluía la obra de Poe recogiendo el testimonio de Peters, quien contaba cómo Pym había llegado al centro del Polo Sur, a la ciudad de Hili-li, una ínsula habitada por antiguos romanos.

Sin embargo, fue H. P. Lovecraft, en su adoración por Poe, quien publicó la mejor continuación a las aventuras de Pym: "En las montañas de la locura" (1931). El escritor de Providence recogió las referencias a una civilización primera, los Antiguos, creadores de la vida en la Tierra, que se enfrentó a la "prole prehumana de Cthulhu", proveniente del espacio exterior. El libro de Howard Philips está escrito también a modo de testimonio, en el que el superviviente, que escuchó el "Tekeli-li", explica el viaje de la expedición hasta que encuentra la ciudad de los Antiguos. El descubrimiento de lo más profundo provocó la locura de uno de los dos expedicionarios, lo que era una clara referencia a la personalidad de Poe.

Las aventuras de Pym también influyeron en 'Mr. Blettsworthy en la isla Rampole', de H. G. Wells, publicada en 1928, en la que la estructura y el desarrollo son casi idénticos. Jorge Luis Borges, en 1948, escribió que la obra de Poe era una "pesadilla de color blanco", que prefiguró 'Moby-Dick' (1851), de Herman Melville.

Poe fue muy pronto un éxito en España. Las 'Historias extraordinarias' se publicaron en 1858, y fueron serializadas en la prensa. La primera versión al español del libro se puso a la venta el 13 de mayo de 1868, en la Biblioteca Económica de Instrucción y Recreo –la misma que publicaba las obras de Julio Verne-, con el extraño título de 'Los anglo-americanos en el Polo Sur: aventuras de Arturo Gordon-Pym'. Y en agosto se ponía a la venta la segunda edición; todo un éxito del libro del viaje de Poe-Pym al centro de la locura. Por eso, un redactor del madrileño El Globo ilustrado afirmaba sobre el escritor norteamericano, en el lejano ya julio de 1866, palabras que todavía hoy son ciertas:

Edgar Poe era un autor extravagante, el hombre de las alucinaciones alcohólicas, el poeta que se ocupaba de traducir bajo una forma casi racional sus sueños; que se ocupaba en hacer que fuesen lógicas las fantasmagorías de su imaginación.

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