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Ciento once años de mentiras

Desvelo todo lo que de verdad ocurrió y se ha ocultado, dejando al aire los mimbres de la política.

Francisco Pérez Abellán
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En la Calle Mayor de Madrid, en el número 84, la finca en la que se encuentra el restaurante Casa Ciriaco, al mirar hacia arriba pueden ver en el balcón correcto del cuarto piso el ramo de flores que recuerda a las víctimas del asesino de masas Mateo Morral en el 111º aniversario de la matanza. Durante décadas ha estado erróneamente en el que hace esquina. Es una pequeña victoria personal y deben darse prisa si quieren verlo, porque la vivienda se ha vendido y se ignora si en el futuro los nuevos dueños seguirán con este homenaje a los 23 muertos en el acto y los 108 heridos que el criminal causó con su torpeza. Los hasta ahora propietarios eran los únicos que puntualmente recordaban el evento.

Como saben, el 31 de mayo de 1906, a mediodía, cuando el desfile de carrozas de la boda de Alfonso XIII doblaba hacia el Palacio Real, un turbio sujeto, al que hasta ahora se ha vendido como anarquista mítico, arrojó el único ramo de flores asesino de la a sobre el coche de la Corona, justo cuando pasaba frente a ese edificio. Pese a que el encargo criminal que había recibido era hasta cierto punto fácil, dejar caer a plomo la bomba desde el balcón según pasaban los reyes, falló y no logró su objetivo, aunque causó gran matanza entre el pueblo de Madrid. Matanza olvidada este pasado mayo, como todos los anteriores, en una ciudad que cada vez tiene menos memoria.

Morral era un señorito de Sabadell que viajaba con equipaje lujoso de cuero y un neceser lleno de adminículos para el cuidado personal. Entre sus camisas bordadas con sus iniciales y otra ropa de lujo, destacan las tenacillas para hacerse el bigote y la ayuda para la botonadura del calzado, además de los sombreros Frégoli. En su cartera acumulaba una gran cantidad de billetes de banco y bajo la bragueta ocultaba el suspensorio para la orquitis, o inflamación de testículos, que sufría debido a la blenorragia que había contraído en un burdel diez días antes, y probablemente el origen de la incomodidad que le impidió atinar en el atentado con aquel dolor entre las ingles.

Este tipo atildado, que se disfrazó con un traje de obrero, pero que fue asesinado por los suyos, es decir por los que le habían mandado, ha sido hasta hace muy poco figura emblemática y de inspiración para escritorzuelos, periodistillas e historiadores de relumbrón que han repetido las mentiras fraguadas en el momento del asesinato sin molestarse siquiera en leer los documentos oficiales o preguntarse sobre los misterios de un acto que cambió la historia. Ferviente defensor de que solo el conocimiento de la realidad puede permitir un paso adelante, mi libro Morral, el reo asesinado. El falso suicidio del hombre que atentó contra Alfonso XIII, recién publicado por Poe Books, desvela todo lo que de verdad ocurrió y se ha ocultado, dejando al aire los mimbres de la política.

Morral era un instrumento, miembro de una banda de criminales, el primer lobo solitario falso de la historia, cuyos cómplices pueden encontrarse en el sumario judicial, aunque nunca fueron perseguidos. Hasta cinco componentes de la banda le acompañaron, los que le dieron el pasaporte para taparle la boca en un sitio confuso, nunca hasta ahora detallado, pero que era nada menos que el Soto de Aldovea, la finca de San Fernando de Henares del hermano menor del conde de Romanones, a la sazón ministro de la Gobernación, que le haría duque de Tovar aquel mismo año, pese a su estrepitoso fracaso en la guardia y custodia del rey y sus poderosos invitados, los herederos de las monarquías de todo el mundo que estuvieron a punto de morir en la iglesia de San Jerónimo, pero que también se libraron por la torpeza de los asesinos. Romanones por su parte, pese a aquel fracaso temprano en su carrera, fue lanzado a la gloria política: fue nombrado diecisiete veces ministro, dos alcalde de Madrid, presidente del Congreso y del Senado y tres veces presidente del Gobierno. Además cultivó un sólido prestigio de escritor e intelectual, pese a que el que fuera ministro de Cultura Pedro Sáinz Rodríguez, en sus memorias, dice una y otra vez que le escribían los libros. También todo el mundo sabe que Romanones era inmensamente rico, aunque le confesó al periodista López Pinillos, Parmeno, que vivía de la herencia y que apenas se dedicaba a los negocios, volcándose en la política. ¿De qué era tan rico Romanones, hijo del marqués de Villamejor, que tuvo cinco hijos dentro del matrimonio y al menos otros dos naturales, con los que tuvo que repartir por orden de los tribunales?

¿Qué significa en realidad ser "un Romanones", al que Valle Inclán pone en Luces de bohemia de ejemplo de plutócrata? Claro que don Ramón también dice en su poema "Rosa de llamas" que Morral era un "mendigo escotero", cuando estaba forrado de las botas al bigote.

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