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Tintín nonagenario

Su andadura por la historia del cómic trastornó los mecanismos del género, instalándolo en un olimpo de calidad artística difícilmente superable.

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90 años con Tintín

Escribo estas líneas el día de los Reyes Magos de 2019, unas horas después de haber recogido de la chimenea un paquetito que, una vez desenvuelto, resultó albergar sendas figuras de Tintín y Milú, sentados y en actitud meditativa, con destino a mi modesta colección de tintinópata impenitente. Si añadimos a ese detalle otros como el reloj de esfera tintiniana que llevo —Tintín poniéndose la gabardina con visible prisa, seguido del leal Milú, en El cangrejo de las pinzas de oro—, o las corbatas de Tintín que tantas veces llevo, resulta fácil imaginar lo que puede llegar a divertirme reflejar una vez más sobre un papel el cariño y la militancia estética que me inspira el personaje más célebre de Hergé.

Un personaje que no ha dejado nunca de estar de actualidad, pero que ahora lo está, si cabe, mucho más, porque sucede que nació en las páginas de Le Petit Vingtième, suplemento infantil semanal del diario belga Le Vingtième Siècle, un 10 de enero de 1929, hace noventa años justos. Un jovencísimo nonagenario cuya andadura por la historia del cómic trastornó los mecanismos habituales del género, instalándolo en un olimpo de calidad artística difícilmente superable.

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Primera publicación de Tintín en 1929.

Lo normal es que la tintinofilia proceda de la infancia. No ha sido ese mi caso. Yo, de niño, miraba con cierta desconfianza ibérica aquellos álbumes tan caros y atildados de Editorial Juventud en que se narraban las hazañas del rubio muchacho belga y de su fox terrier blanco, y prefería sumergirme en aquellos tebeos apaisados de Valenciana o de Bruguera, tan genuinamente hispánicos, que costaban peseta y media y nos contaban las aventuras de héroes tan "nuestros" como el Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, el Capitán Trueno o el Jabato. De hecho solo tuve —y todavía tengo, que para eso uno ejerce de conservador— una primera edición española de los álbumes de Tintín, la de El tesoro de Rackham el Rojo (Barcelona, Juventud, febrero de 1960), y luego no he buscado rarezas bibliográficas tintinianas, sino que he limitado mi búsqueda a los memorabilia, de por sí un campo inmenso de trabajo para el coleccionista.

Hará casi cuarenta años —no antes, en todo caso, de 1980— empecé a darme cuenta de la enorme importancia de la Línea Clara en el cómic y me afilié a su secta de fans con el entusiasmo y la entrega propios de las vocaciones tardías. En mi conversión tuvo un protagonismo determinante Juan Manuel Bonet, quien en una terraza que había entonces en Neptuno me reveló el decisivo papel jugado por la historieta franco-belga y su jefe de filas, Georges Remi, llamado Hergé (R. G.), en la historia del arte contemporáneo. En verano de 1997 dirigí un curso sobre el cómic en El Escorial que contó con la presencia ni más ni menos que de Will Eisner, el creador de Spirit y de Contrato con Dios. Fue Juan Manuel Bonet quien clausuró ese curso, con un recorrido magistral por el universo de Tintín que luego se publicó en la revista Arte y Parte, que dirigía Miguel Fernández-Cid.

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Tintín en 'Los cigarros del faraón'

A quien sí había leído con devota admiración cuando los dinosaurios habitaban la tierra es a Alain Saint-Ogan, el maestro de Hergé (junto a Jean-Pierre Pichon, el inventor de la inolvidable Bécassine), pues teníamos en casa una colección completa de Kikirikí, el suplemento infantil de la revista El Hogar y la Moda (últimos años 20 y primeros 30 del siglo pasado), que incluía las aventuras de Zig y Zag (los Zig et Puce franceses) entre sus páginas. De modo que me hallaba dispuesto a contraer la tintinopatía sin especiales traumas, pues la estética de Saint-Ogan me había preparado ya para asumir la de Hergé con todas sus consecuencias.

En las primeras aventuras de Tintín (Tintín en el país de los Soviets, Tintín en el Congo) el estilo de Hergé está aún muy próximo al del dibujante de Zig y Zag, pero muy pronto la genialidad de Remi comienza a desarrollar lo que se ha dado en llamar Línea Clara, o sea, una estética dibujística de trazos precisos, ausencia de sombreado y cuidado extremo por los detalles de la decoración, dando gran importancia al diseño de los fondos. Realizadas en blanco y negro y coloreadas —de forma notabilísima— a partir de 1944, las historias de Tintín fueron continua y obsesivamente revisadas y corregidas por Hergé y por su grupo de ayudantes y de discípulos, entre los que figuran algunos nombres tan importantes para la historia del tebeo como Edgar Pierre Jacobs (Blake y Mortimer) o Jacques Martin (Alix).

La tintinopatía, una enfermedad muy común

Se me ocurre contarles todas estas cosas porque celebramos el nonagésimo aniversario de Tintín, y no conozco mejor celebración que la que surge de nuestras más íntimas entretelas, o sea, de la historia de nuestras relaciones, personales e intransferibles, con el objeto a celebrar. Por lo demás, la tintinopatía es una enfermedad muy común en España —entre mis íntimos amigos, podría citar, además de a Bonet, a una legión de personas infectadas por ese morbo, como la ex ministra de exteriores Ana Palacio, Fernando Castillo, Gabriel Elorriaga, Javier Fernández-Lasquetty, Juan Manuel de Prada o Fernando R. Lafuente, entre muchos otros—, y estoy seguro de que los tintinófilos podrían contar experiencias muy parecidas al respecto.

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Georges Remi, Herge, dibujando en 1975 | Cordon Press

Hace un cuarto de siglo, en 1996, apareció en librerías la versión española (Editorial Destino) de una biografía canónica de Georges Remi, llamado Hergé, a cargo de Pierre Assouline, biógrafo asimismo de Simenon, Kahnweiler y Gaston Gallimard. Leyendo el libro de Assouline —quien, por cierto, no cita los trabajos tintinianos de nuestro Juan Eugenio d’Ors, entre ellos su monografía Tintín, Hergé... y los demás, aparecida en 1988—, asistimos a una reconstrucción pormenorizada de la vida de Hergé, que comenzó en Etterbeek, Bruselas, el 22 de mayo de 1907 y concluyó en la clínica Saint-Luc de la misma ciudad el 3 de marzo de 1983. Para ello, Assouline ha estudiado a fondo los archivos privados del genial dibujante y ha utilizado infinidad de testimonios de quienes conocieron y trataron a Remi.

Sumergidos como estamos en un mundo de locos en el que juzgamos a los demás por el periódico que leen, sus opiniones políticas o sus preferencias sexuales, no es de extrañar que muchos lectores de la biografía de Assouline se fijen solo en las estrechas relaciones de Hergé con el líder rexista belga Léon Degrelle, que fue quien lo inició en el cómic norteamericano, prestándole diarios mexicanos con daily strips y sundays de George McManus (Bringing Up Father), George Herriman (Krazy Cat) y Rudolph Dirks (los célebres Katzenjammer Kids). Anima siempre mucho a los mediocres tener siempre un reproche ideológico que hacer a los artistas geniales. "Céline podrá ser un gigante de la literatura, pero era un facha redomado", dirá el imbécil de turno, engolando la voz y sintiéndose superior tras haber emitido su veredicto de culpabilidad. De Hergé dirá lo mismo otro tarado, añadiendo, eso sí, la coletilla antirreligiosa de rigor: "Mucho Tintín y mucha Línea Clara, pero ese Hergé era un meapilas. Se dejó comer el tarro por un abate ultra, un tal Norbert Wallez, que era un mussoliniano furibundo. Siguió viviendo y trabajando en la Bruselas ocupada por los nazis como si nada. Y, para colmo, no lo fusilaron al terminar la guerra". Peor para quien piense o diga eso. Ese gnomo mental nunca entenderá que el arte nada tiene que ver con la moral, y que a los creadores no hay que juzgarlos por su ideología, sino por la calidad de sus obras.

Quedó dicho que Hergé comenzó a dibujar las aventuras de Tintín en Le Petit Vingtième hace noventa años. Desde entonces hasta su muerte se publicaron hasta veintitrés álbumes protagonizados por el mismo personaje, uno de los más entrañables y mejor diseñados de la historia del cómic. Una cronología precisa puede encontrarse en las páginas del citado libro de Assouline. Hasta 1942, las hazañas de Tintín vieron la luz en el suplemento infantil y juvenil de Le Vingtième Siècle; entre 1942 y 1944, en las páginas para niños del diario belga Le Soir (Le Soir Jeunesse), y, a partir de 1946, en el semanario Tintin, de imborrable memoria.

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Capitán Haddock y Tintín.

Dense una vuelta por Bruselas y verán como las viñetas de los álbumes de Tintín acechan en cada calle, en cada casa, en cada museo. El brioso capitán Haddock, el despistadísimo profesor Tornasol, los delirantes Hernández y Fernández (Dupond y Dupont en el original), la inefable Castafiore y el resto de personajes que campean por la saga del reportero rubio y de su perro tienen en la capital de Bélgica, donde nació su creador, su espacio propio y su más devoto santuario. Hace noventa años que Tintín nos aguarda, con su flequillo levantado y su cara de niño listo y bueno, en cada esquina de Bruselas. Con él entre nosotros —y está mucho más vivo que ustedes y yo juntos—, el futuro de Europa está asegurado.

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