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Paloma Sánchez-Garnica: "La Stasi era siniestra, usó métodos vergonzantes y perversos"

La escritora publica La sospecha de Sofía (Planeta), un intenso viaje por la RDA y la España tardofranquista, con la Stasi y la KGB de por medio.

El 18 de septiembre del 1989, la escritora Paloma Sánchez-Garnica (1962, Madrid) cruzó el control policial que separaba el Berlín occidental de la República Democrática de Alemania (RDA) bajo la vigilancia soviética, una frontera que limitaba dos mundos, un muro que separaba una ciudad cosmopolita y luminosa de "una ciudad detenida en el tiempo, gris, sin gente por las calles, con escaparates medio vacíos y mucho polvo". Era –recuerda– las dos caras de una misma moneda. Desde entonces, esa imagen se le quedó grabada en el recuerdo hasta que le ha dado forma para su última novela, La sospecha de Sofía (Planeta).

Tras la II Guerra Mundial y la entrada del ejército soviético en Alemania, "dejaron de estallar bombas, pero continuó la muerte, una muerte silenciosa y mucho más cruel porque alargaba la agonía envolviéndola en el hambre, los escombros, la intemperie, el frío y la miseria humana", narra uno de los personajes de la novela. El mundo contempló inmóvil el cierre de la frontera en pos de protección ante el fascismo enemigo. "La Guerra Fría tenía el lema de 'no nos hagamos daño, no me molestas a mí yo no te molesta ti'. El levantamiento del muro supuso una tranquilidad para los aliados. Kennedy se fue a pescar y a Inglaterra le dio exactamente lo mismo", explica la autora a Libertad Digital.

"El lado soviético creó una economía de productividad en la que no existía el emprendimiento privado y en el que todos ganaban lo mismo. Un ingeniero preparado y un albañil sin formación tenían las mismas posibilidades. La ambición propia humana se deshacía", explica. La RDA tenía una peculiaridad que la distinguía de otros países comunistas: "Ninguno de sus habitantes podía salir del país sin la previa autorización del Estado y todos eran susceptibles de ser vigilados por la temida Stasi. Eso creó un estado de desconfianza y una pesadilla kafkiana de dimensiones impresionantes durante 28 años".

Un órgano para controlar y vigilar el pensamiento

La Stasi se creó para "controlar y vigilar el pensamiento" de los habitantes de la RDA. Tejió una red de 90.000 funcionarios –en un país de 16 millones de habitantes– e instauró la figura de los informantes: "Los había voluntarios, adeptos al régimen y convencidos de sus bondades, que no tenían ningún inconveniente en delatar a sus vecinos y a sus allegados a cambio de prebendas. Luego estaban los informantes obligados que debían purgar sus penas con el régimen. Para conseguir ese compromiso obligado, utilizaron métodos vergonzantes, miserables, chantajes emocionales propios de un sistema siniestro y perverso, un sistema orwelliano".

Las tácticas de la Stasi configuran parte de la trama de La sospecha de Sofía, una intriga con destellos de novela de espías que conducirá al lector a la RDA hasta la caída del muro, con los servicios de contraespionaje en la España tardofranquista de por medio, y con tres personajes en busca de su identidad. Todo comienza cuando Daniel recibe una carta anónima en la que se le dice que Sagrario no es su verdadera madre y que si quiere conocer la verdad de su origen debe ir a París esa misma noche. Sofía, su mujer, que abandonó sus sueños por convertirse en la esposa que dictaba el régimen, protagonizará "una espera incondicional", un guiño a Berta Isla, de Javier Marías.

Como contrapunto a Madrid y Berlín, aparece París y las revueltas del 68. "Francia era un país democrático, pero el rol de la mujer era prácticamente el mismo que en España, de madre y esposa. La diferencia es que, a partir de ahí, todo cambia de una forma más fluida. En España hubo que esperar para que llegasen los cambios legales y, sobre todo, para que cambiase la mentalidad".

La novela retrata de forma magistral esa Alemania dividida y esa Alemania que intenta reunificarse, ejemplo de cicatrización. "No solo tuvo la RDA y el muro, sino que tuvo que asumir el nazismo. El monumento a las víctimas del Holocausto que hay cerca de la puerta de Brandeburgo es estremecedor. Ha sido una forma de asimilar esa parte de la historia. Ahora, Alemania se está volcando en el tema de la RDA, algo que se quiso olvidar. El palacio de las lágrimas –el paso fronterizo– estuvo abandonado y prácticamente derruido hasta hace pocos años, que se ha rehabilitado como muestra de lo que fue aquello. Tienen capacidad de aprendizaje".

No ocurrió así, sostiene Sánchez-Garnica, en España: "Hubo una Guerra Civil seguida de una dictadura demasiado larga, en la que los vencedores homenajeaban a los suyos. En la Transición teníamos demasiada prisa por recuperar el tiempo perdido y se hizo como se pudo, no salió mal. Luego, los que primero habían sido los buenos pasaban a ser malos, muy malos. Hay que encontrar el equilibrio para que podamos mirar a nuestro pasado desde un punto de vista más objetivo. Los educadores y los historiadores deben subsanar los desequilibrios que hubo y ese maniqueísmo".

Paloma Sánchez-Garnica es autora de La sonata del silencio, de la que se hizo una adaptación para una serie en TVE; y de Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido, Premio de Novela Fernando Lara 2016.

Paloma Sánchez-Garnica. La sospecha de Sofía. Planeta, 2019. 656 páginas. 20 euros.

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