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Loquillo: "Una Biblia nos salvó"

El cantante atiende a LD a propósito de la publicación de su cuarta novela, Chanel, cocaína y Dom Pérignon (Ediciones B, 2019).

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Loquillo: "Una Biblia nos salvó"
Portada de la novela | Ediciones B

José María Sanz Beltrán/Loquillo/El Loco (Barcelona, 1960) ha presentado este martes, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, su cuarta novela de no ficción, Chanel, cocaína y Dom Pérignon (Ediciones B, 2019), junto al escritor Carlos Zanón. La obra transcurre en la Barcelona de los años 85, 86 y 87, una urbe efervescente, que, digamos, sustituye, desde el punto de vista cultural, a una Madrid cuya Movida ha degenerado en una cosa folclórica. En la Ciudad Condal se exalta lo moderno con urgencia, con un barniz como de final de época, con frialdad: "Todo el mundo –escribe el Loco– se mira sin hablar. Uno tiene la sensación de estar en un frigorífico sin nada que llevarse a la boca, porque la cocaína ya es la señora de la noche". En este ecosistema, el cantante, junto a su cuadrilla de jóvenes listos y barriales –entre ellos, por supuesto, Sabino Méndez–, peregrina por el sendero que conduce al éxito con mayúsculas. A la contra, sin nostalgias y cambiando la chupa por el esmoquin, el Loco pasa de ser un tipo "que se dedicaba a vivir" a uno que ya es consciente de su personaje.

El artista ha respondido a las siguientes preguntas de LD:

P: ¿Cómo es que le dio por leer el Apocalipsis?

R: ¡Ah, es buena esta! Bueno, las horas de furgoneta en el año 84-85 eran verdaderamente terribles. Las furgonetas no eran lo que son ahora. Pasaba que un amigo de un amigo alquilaba una furgoneta. Eran una DKW, y cosas así. Recuerdo ir a San Pedro del Pinatar, a tocar a un festival, con toda la línea delantera inexistente. Supongo que el efecto de la marihuana era importante en aquel momento (Risas). El Apocalipsis… Estaba con el tema de Dylan, que se había vuelto católico, entonces yo quería ver si me había perdido algo. Entonces, creo que esa Biblia nos salvó, y lo digo sin coñas: si de repente te pasas el cruce de Bailén, que, por entonces era de varias carreteras nacionales, te golpean por detrás, das vueltas de campana, todo el mundo se cae encima tuyo, las maletas, etcétera, y sales vivo de eso, y terminas encontrando la Biblia por la página del Apocalipsis, pues ¡gracias Señor! (Risas) Algo tendrás que decir, ¿no? Fue un hecho muy importante en mi vida.

P: Cuenta que Barcelona, en los años 85-87, vive una especie de risorgimento, "pero todo el mundo se mira sin hablar". ¿Por qué ese risorgimento fue tan frío?

R: Porque en Barcelona hubo muy pocos momentos en los que la cultura canalla, barrial, bohemia, se reunía con la burguesía. Eso duró muy poco. Generalmente, cuando se producía un movimiento popular, musical o cinematográfico, que envuelve todo, es necesario que las dos partes se entrecrucen en algún momento. En ese sentido, Barcelona ha sido muy sectaria: unos estaban aquí y otros estaban allí. A mí, lo que más me gustaba de Madrid, de La Movida, era que tú, viniendo de Barcelona, siendo el hijo de un estibador, estabas hablando con Carlos Berlanga. Y no había ningún tipo de diferencia. Eso, en Barcelona, no existía. Barcelona se dividía, y se sigue dividiendo, entre Diagonal p’arriba y Diagonal p’abajo. Nosotros éramos Diagonal p’abajo. Entonces, nada era mejor para un chaval de barrio que ir al barrio de los ricos, levantarse una novia con dinero y pasarle chocolate mezclado con Avecrem a su novio. Eso era un hecho fabuloso. Creo que, en ese momento, hubo un pequeño risorgimento, pero no duró mucho. Había un peso muy claro de la anterior cultura, la que representaba la canción de autor catalana, el rock layetano, que diferenciaba a los músicos que habían ido al conservatorio de los que no… Eran dos mundos totalmente distintos. Nosotros éramos urbanos, cosmopolitas, y, por otro lado, había una Cataluña tradicionalista, conservadora. Y claro, el punk, exceptuando lo que había ocurrido en Barcelona, llegó con mucha distorsión al resto de Cataluña. Siempre he dicho que la mejor banda de punk que he visto en mi vida es Último Resorte. Y esto no sólo te lo digo yo: también te lo dirá Alaska. Alaska les invitó en un concierto que ella dio en el año 80 en el Palacio de los Deportes de Barcelona a subirse al escenario. Ya te digo: había una diferencia muy grande, algo que no existía en Madrid. Y las bandas que triunfamos, al principio de todo, tomamos billete a Madrid. En Barcelona habían desaparecido las compañías de discos, todas se habían trasladado a Madrid. No había opciones. Y sólo a partir de lo que pasó en el 85-86, el triunfo de Los Rebeldes, de Loquillo, en ese momento, las bandas barcelonesas fueron referenciales. Pero no iba acompañado, como lo que existía en Madrid, con un… (Piensa) Unos compañeros de viaje se dedicaban al cine, al teatro…, nosotros sólo íbamos acompañados por los diseñadores. En aquel momento fue el gran boom del diseño barcelonés. Pero no se hizo un cine que representara esa explosión de Barcelona, o un teatro. En cambio, aquí sí. La explosión musical vino con la explosión de un cine diferente, de un teatro diferente, de una manera de hacer prensa diferente. Lo más moderno era ver a Alan Vega, que había estado en Madrid en el año 81, 82 u 83.

P: Le traslado una pregunta que se hace a usted mismo en el libro, tras comentar un encuentro con Sabina: "¿Por qué narices los cantautores madrileños no hacen ascos al rock y aquí en Cataluña les parece la máxima expresión del imperio yanqui?".

R: Es que es cierto. O sea, tú hablabas con Aute, con Sabina… Sabina era muy fan de Phil Ochs, y se había enterado de que yo era muy fan y de que había dedicado mi primer disco, Los tiempos están cambiando, a Phil Ochs. ¡Yo estoy en el museo de Phil Ochs con ese disco colgao! Entonces, era antagonista de Dylan. Y Sabina me vino hablando de eso, y de su etapa en Londres. Me encontré con un tipo que no tenía nada que ver con los cantautores catalanes. Yo toqué en las fiestas del PSUC, en el año 79, creo que fue, y nos echaron tirándonos butifarras, tortillas y todo lo que te puedas imaginar. Se hacían en las Cocheras de Sants, yo hacía lo que podía, mis cosas. Había una banda que se llamaba Rock 60, nos colocamos ahí a hacer dos o tres canciones, nos vieron con nuestras pintas de teddy boys, y el cantante me dejó cantar "Johnny B. Goode". Cuando nos vieron con las chupas de cuero, ¡nos tiraron butifarras, te lo juro! Hasta ese punto estaba eso. El rock&roll era el máximo representante de la decadencia occidental, representada por el imperio americano. Era un mantra que nos perseguía. Entonces, te venía un cantautor de Madrid y te decía que le encantaba el rock&roll. ¿Qué estaba pasando? Precisamente, Sabina, a lo largo de su trayectoria, ha demostrado ser el más listo de la clase. Mucho después, algunos cantautores han utilizado guitarras eléctricas, han empezado con una banda de rock que suena a Dire Straits…, ¿entiendes lo que te quiero decir? Hasta que conocimos a Quico Pi de la Serra, no vimos una puerta que abrir. Con la colaboración de Quico, ciertas cosas empezaron a moverse en ese aspecto; antes, nosotros éramos el demonio.

P: Sobre Mis problemas con las mujeres, escribe que es el disco en el que "resulta más Loquillo que Trogloditas".

R: Ahí empieza a crearse el personaje. Ahí empiezo a cuadrar. Hasta La mafia del baile, yo era un tipo que se dedicaba a vivir y no era consciente del personaje que estaba creando. Cuando firmamos por Hispavox, cuando ya Pito se convierte en el hombre importante de la música española, en nuestro mánager, el de Gabinete y Alaska, es cuando me doy cuenta de que el personaje que crea Olvido es una referencia. Entonces, empiezo a sacarle partido. No era mi voz, pero sí la furia, la altura, la pinta. Fui creando, poco a poco, un personaje que estuviera envuelto por una serie de canciones que pasara de lo barrial a lo cosmopolita. Entonces, es el primer disco que tiene eso. Empieza con una banda de swing, que era algo que nadie hacía, reivindicando a artistas como Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis, Rat Pack, Chet Baker, una serie de mitos… Incluso en ese disco se reivindica a Johnny Cash. Cada uno de esos personajes ha sido importante a lo largo de mi trayectoria; en aquel momento, nadie hablaba de ellos. Entonces, para mí eran referentes. Después, he ido desarrollando todo eso a lo largo de mi carrera, pero ese es un disco muy iniciático en ese aspecto, donde se crea el personaje del Loco, la banda y el compositor. Eso es una marca de fábrica que ha mejorado con el tiempo, pero es donde empieza conceptualmente. Hasta entonces, eso no había quedado claro.

P: Finalmente, el libro concluye informando, a modo de fogonazo, del atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona en junio de 1987. Recoge el hecho, pero no lo comenta. ¿Por qué?

R: Porque trabajo los storyboards. Es un storyboard todo. Todo podrías dibujarlo, meterlo en viñetas y convertirlo en un guion de cine. Entonces, me imaginaba a la banda, en una comida antes de ir al bolo, y al mismo tiempo que están comiendo, celebrando su primer éxito masivo, la noticia del bombazo, a unas cuadras de nuestra casa. Joder, era del barrio. Lo imaginaba en una pantalla, imaginaba el shock, y la voz en off contando lo que podía pasar a partir de ahí. Quería acabar así. Porque mi primer libro, El chico de la bomba, termina con el atentado a Carrero Blanco; el segundo, Barcelona ciudad, con el 23-F; Las calles de Madrid termina con Alcalá 20, y esto termina con el atentado de ETA. Son hechos que han marcado la historia de España. Y, de alguna manera, esos hechos han marcado un antes y un después. Me parecía que la coincidencia del éxito masivo con el atentado, con la proclamación de Barcelona como ciudad olímpica, era el momento justo. Más porque no me apetecía, no quería contar "pues empezamos a romper hoteles", "a ligar con tías", "la droga"… Eso es barato.

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