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La guerra, ese absurdo: Memorias del capellán William Corby

El clérigo, irlandés y católico, dejó escritas sus experiencias durante la Guerra de Secesión estadounidense en Memorias de guerra de un capellán.

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La guerra, ese absurdo: Memorias del capellán William Corby
El capellán William Corby, abajo a la derecha, durante la Guerra de Secesión | Cordon Press

No hay nada heroico en la guerra, lo que no quiere decir que de ella no puedan surgir héroes. En cualquier lucha a muerte sólo existe eso: la muerte. Y muerte, en este caso, significa asesinato. No hay nada heroico en querer asesinar a otra persona, privarla de su única posesión certera. Y ni siquiera el fin supremo perseguido por cada uno de los bandos puede equilibrar la balanza, cuando del otro lado se encuentra la cruel condena que sufren todas las víctimas sacrificadas durante una contienda. Una guerra, en el fondo, se reduce a un diálogo de la aniquilación. Y por eso despierta el espíritu profundo de los hombres, les coloca frente a su posible inexistencia y les obliga a tomar partido: Pelear o morir. Morir por algo. Entregar la vida a una causa digna. Ser recordado, tal vez. Quizás, alcanzar el paraíso. Esa ambigüedad ante el final, la eterna duda, es la tragedia mayor que comparten todos los que en algún momento de la historia se han reunido en un campo de batalla para gastar sus energías en sobrevivir, aniquilando cualquier amenaza que les surja en el camino. Y esa duda eterna, o la convicción segura y reconfortante de la existencia de un infinito más allá, es la que aporta su verdadero sentido a la labor de un clérigo durante una campaña.

William Corby fue un sacerdote católico que estuvo destinado en el Ochenta y ocho regimiento de Nueva York, una de las unidades de la Brigada Irlandesa que combatió contra los Confederados durante la fratricida Guerra de Secesión estadounidense. Él estuvo en el frente y vivió las batallas, confesando a los condenados y ofreciendo misas; apaciguando las almas próximas al desastre. Pero él también era una de esas almas. Convivía con la muerte y con la sangre día a día, y reflexionaba sobre ello en su diario: "¿Y ahora qué puede verse? A dos grandes ejércitos apostados cada uno en una orilla del río —descendientes de la civilizada población europea, hijos de los cristianos—, preparándose, con los más destructivos ingenios de guerra para masacrarse mutuamente. ¡Preparándose para derramar sangre, la sangre de sus hermanos, para hacer que fluyese a borbotones! ¡Son tremebundos los errores de la pobre naturaleza humana!", escribió en una de sus entradas. Tiempo después, en la conmemoración del 25 aniversario de la batalla de Gettysburg, decidió recopilar aquellas impresiones y publicar las Memorias de guerra de un capellán, editadas hace unos meses en España por El buey mudo.

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El libro puede resultar interesante por varias razones. Por un lado, es un retrato fidedigno de un acontecimiento histórico señalado. En sus páginas aparece perfectamente narrado el día a día de un soldado cualquiera de la Unión, con sus penurias, sus marchas agotadoras y eternas y sus miedos antes de la batalla; pero, a decir verdad, tal vez esa sea la faceta más floja del relato. La sucesión paulatina de acontecimientos irrelevantes, contados además sin demasiado afán, puede llegar a hacerse pesada. Lo verdaderamente interesante llega por otras vías. Al mirar esas memorias desde la perspectiva del presente, uno no deja de sorprenderse al comprobar cómo algunas cosas no cambian nunca, pese a que los métodos para asesinarnos hayan evolucionado tanto.

Simplemente, el libro muestra de una manera cristalina la irrealidad que envuelve a la guerra: Ese dedicar todos los esfuerzos del día —cargando pesadas armas, petates y tiendas en jornadas interminables; buscando a tientas a un enemigo muchas veces invisible; exponiéndose a la desnutrición, al agotamiento y a las enfermedades— con el único objetivo de medir las fuerzas con otras personas —los motivos finales que mueven a ambos ejércitos, en la cotidianidad del soldado, pueden llegar a difuminarse—, para borrarlas de la existencia para siempre; y el saber que, por las mismas reglas del juego, lo más probable es que uno termine corriendo la misma suerte… Hace recordar a lo mejor aquellas trifulcas de patio de colegio, semejantes a batallas campales, en las que los alumnos se enzarzan a veces. Sólo que con la entrada en la edad adulta la apuesta parece subir obligatoriamente del ojo morado a la muerte irremisible.

Precisamente por eso, leer detalladamente todo lo que se hace en las horas que preceden a la masacre, con su pesada liviandad, no puede sino oprimir a la inteligencia debido a su inconsistencia. La guerra es un estado extremo de conflicto entre dos o más grupos humanos que han comprobado imposible su convivencia. Nadie niega que los bandos en disputa puedan llegar a esgrimir argumentos poderosos para justificar el exterminio del rival —sin ir más lejos, todos se sienten profundamente amenazados por el otro—, pero definitivamente, que miles de personas terminen quedando a una hora determinada en un lugar concreto para matarse no deja de ser una tragedia absurda. No importa toda la pompa civilizada con la que se quiera recubrir ese crimen absoluto.

Del relato de William Corby pueden sacarse otras lecturas: es el testimonio de un clérigo católico durante un conflicto en una nación eminentemente protestante; de un soldado irlandés en una tierra que, en gran medida, le repudiaba a él y a sus compatriotas. Es la crónica de un acercamiento paulatino entre personas enfrentadas por diferencias que, ahora sí, la mayoría consideramos irrelevantes. La victoria paulatina de una manera de pensar que buscaba, pese a los lastres de la época, una cierta forma de consenso y convivencia, asentada sobre unas bases de igualdad en la dignidad de todos los hombres. También es el relato histórico de "la última guerra antigua, y la primera contemporánea", según palabras de David Cerdá, traductor de la obra al español. Es la visión de la vida y de la muerte de una persona de fe, dispuesta a sacrificarse con tal de acercar a otros la paz. Pero sobre todo es una nueva advertencia demoledora, que se suma a las innumerables que circularon antes y después —a día de hoy, siguen siendo necesarias— entre las páginas de la historia de la humanidad. Releyendo lo que dejó escrito el propio Corby: "¡Oh, vosotros que pertenecéis a una generación más joven, pensad en cuánto les costó a vuestros antepasados conservar la gloriosa herencia de la unión y la libertad! Si dejáis que se os escurra entre las manos, mereceréis que se os tache de ingratos cobardes e irresponsables hijos. ¡Pero no! No despreciaréis este regalo, lo que se os ha confiado es demasiado sagrado, hubo de adquirirse a un precio demasiado alto".

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