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Jordi Sánchez: "Estudié Enfermería por miedo a no poder ganarme la vida como actor"

El popular actor y dramaturgo publica Nadie es normal, un libro de relatos con reflexiones vitales y anécdotas sobre su profesión.

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El popular actor y dramaturgo publica Nadie es normal, un libro de relatos con reflexiones vitales y anécdotas sobre su profesión.
Jordi Sánchez, actor y dramaturgo | Cordon Press

El dramaturgo y actor Jordi Sánchez (Barcelona, 1964) publica su segundo libro, Nadie es normal (Planeta), unos cuarenta relatos en los que reflexiona con humor e ironía sobre la vida, los miedos, las aspiraciones o la vejez y desvela anécdotas sobre su profesión.

Lleva años instalado en las casas españolas con su papel de Antonio Recio en La que se avecina y media vida escribiendo obras teatrales como Krámpack (Premio MAX 2003), Mareig, Fum fum fum, Soy fea, Excusas, Hoy no cenamos, Asesinos todos, Mitad y mitad o El eunuco, algunas estrenadas, además de en Barcelona y Madrid, en Londres, Montevideo, Caracas, Portugal, Suecia, Dinamarca, Noruega y Nueva York.

Acaba de salir del hospital, tras contagiarse de COVID y fuera le esperaba la promoción de este libro en el que desfilan curiosos personajes, como limpiadoras, taxistas, mafiosos o representantes pelotas.

P. Has salido hace tan solo unas semanas del hospital, ¿cómo te encuentras?

R. Bien. He tenido mucha suerte. Estuve veinticuatro días en coma inducido y cuando salí no podía andar ni escribir ni nada. El tercer día, empecé a escribir normal y el quinto, a andar. Me dijeron que, en cuanto comiese, se pondría todo en su sitio Y así fue. Voy al gimnasio porque me he quedado muy delgado, pero estoy bien.

P. Publicas un libro que se titula Nadie es normal, pero la mayoría de protagonistas de los relatos pueden ser un compañero, un vecino o un amigo, personas bastante normales.

R. Hace referencia a esta obsesión que tenemos las personas por encontrar la aceptación del entorno y del prójimo. Son personas totalmente normales, pero, por ejemplo, en mi barrio todo el mundo quería ser médico o mecánico y, quisieras lo que quisieras, tratabas de parecerte al resto. Yo quería ser actor, era raro. Pero eso te lo quitas de encima con los años.

P. ¿Y por qué estudiaste Enfermería si querías ser actor?

R. Pues por miedo a no poder ganarme la vida como actor. En mi casa me decían que nadie es feliz trabajando, que trabajas para tener una familia y disfrutar de ellos. Mi padre decía que debía encontrar un trabajo donde trabajase menos horas que él y ganase más. Te deprimes cuando te dicen eso con doce años. Al terminar Enfermería, pensé que era el momento de arriesgarme y trabajar por algo que me apasionase, como es el caso.

P. Con este título, ¿buscas una reflexión o provocar?

R. Busco que reflexionen sobre que el mundo diverso es el mejor, que cada uno es como es y que juzgar a los demás porque no son como nosotros es un error.

P. ¿Cuánta verdad hay en estos relatos?

R. El prologuista, que es amigo mío, dice que estoy en todos. Hay mucha verdad. Siempre escribo sobre cosas que conozco de cerca, que me han pasado a mí o a gente cercana. Desde lo primero que escribí, siempre intento hablar de temas que me preocupan, me importan o me han pasado. Hay cosas muy personales, que me tocan de cerca.

P. Hay humor, hay ironía, pero hay un trasfondo trágico en algunos de ellos.

R. Siempre me he movido en lo que llamaban antes comedia dramática. No me interesa la comedia por la comedia. La uso para contar cosas que me importan, así que tiene debe tener un punto trágico. Como son cuarenta y pico historias, hay algunas más serias que otras, pero en teatro, que es donde principalmente me he movido desde hace veinticinco años, siempre me ido por ese camino.

P. En los relatos se habla de vejez, de paternidad, de enfermedad, de miedo al fracaso... ¿Puede hallar el lector un hilo conductor?

R. Son relatos independientes. Me encanta inventarme personajes, incluso más que contar historias con presentación, nudo y desenlace. Hablo de muchas cosas. Hablo de la vocación, del miedo de los padres por que los hijos salgan adelante, del miedo de los hijos a fracasar, de sexo, de miedo a envejecer. Hablo de estos saldos que te encuentras en la vida, gente que se levanta por la mañana para hundirte el día, gente que necesita del malestar del resto para estar en paz y de la necesidad de quitárselos de encima cuanto antes.

P. También hay anécdotas que te han ocurrido por salir en la televisión.

R. Había un taxista que estaba obsesionado con llevarme de putas una noche. Hay gente que lleva viéndote años y considera que eres de su círculo de amigos. No es recíproco. A mí me encanta que le guste la serie a la gente, pero para mí son desconocidos. Otra vez iba con mi madre en un taxi y el taxista se giraba todo el tiempo para hablar porque yo le hacía mucha gracia. Chocamos y mi madre se rompió un brazo. Otra vez, un montón de chavales saltaron la valla de mi casa.

P. ¿Y cómo gestionas esa popularidad?

R. Hay gente que te para por la calle y te dice que le gusta tu trabajo y otros que van mucho más allá. Ahora, con el coronavirus, he recibido mensajes preciosos de ánimo de desconocidos. Es emocionante. Es el poder de la tele.

P. ¿Y en redes sociales?

R. Solo las uso a nivel profesional, no suelo poner fotos personales porque no me gusta. Al estar la gente oculta, te puede insultar.

P. Hay un relato que titulas "La democracia del pueblo" y que dice: "Si quiero seguir trabajando en lo que más me apetece, lo mejor es que me calle". ¿Lo piensas?

R. Es que la gente se enfada muchísimo. Los fans consideran que tú piensas como ellos y ellos como tú. En el momento que tomas partido sobre algo, sobre los toros, por ejemplo, que no me gustan, hay muchísima gente que se coge unos enfados tremendos. Te dicen que se les ha caído el mito. Yo tengo opinión sobre muchas cosas, pero como no me gusta que me insulten, pues dejas de opinar. Lo haces solo en tu círculo más cercano.

P. Has escrito una decena de obras de teatro y Nadie es normal es tu segundo libro. ¿Tu faceta televisiva opaca todo lo demás?

R. Claro. He estrenado en Barcelona, Madrid y fuera, pero es que los actores son más conocidos. No me supone un drama. Siempre he alternado las dos cosas. Cuando paso mucho tiempo en un plató necesito escribir y cuando estoy en casa escribiendo dos o tres meses, tengo ganas de volver al plató.

P. ¿De dónde viene esa necesidad de escribir?

R. Para mí escribir es muy liberador. Siempre que alguien me cuenta un problema le digo: ‘escríbelo y verás cómo la mitad se queda en el papel’. A mí me encanta, me produce mucha satisfacción. Es un acto que haces en soledad. Me gusta mucho escuchar y, a partir de ahí, inventarme cosas.

P. Como actor, participas en una serie muy popular que suele recibir las mismas críticas que el teatro comercial o los escritores bestseller. ¿Crees que un producto que gusta a muchos deja de ser un buen producto?

R. No, para nada. Cuando he hecho teatro, he tenido compañía privada y tienes que generar dinero, no solo puedes hacer teatro subvencionado. Hacemos nueve o diez capítulos al año de La que se avecina, tardamos dos semanas en cada uno. Lo que pasa es que como cada capítulo lo han puesto cuatro mil y pico veces, parece que los hacemos como churros. Para nada. Creo que es un buen producto, con personajes muy elaborados y originales. El trabajo de los guionistas es excepcional.

P. Y el hecho de que seas una cara conocida de la televisión, ¿es positivo para vender Nadie es normal?

R. Seguramente. De todas formas, yo he escrito toda la vida. Creo que hay sitio para todo el mundo.

Jordi Sánchez. Nadie es normal. Planeta, 2021. 138 páginas. 17 euros.

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