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Agapito Maestre

El túnel de Hitler

¡Qué libro! Jamás había visto nada semejante.

Agapito Maestre
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¡Qué libro! Jamás había visto nada semejante. Su amplitud de horizontes es tan asombrosa como su universalidad. Escribo con admiración sobre El túnel de Hitler (Unión Editorial), extraordinario relato de corte metaliterario, de Jorge Casesmeiro. Tomando pie en la famosa novela de Kellermann, El túnel, adaptada cuatro veces al cine entre 1915 y 1935, Casesmeiro construye un compendio de alta literatura para una época de escasa inteligencia literaria. He aquí un gran libro sobre el poder educativo de la literatura para el siglo XXI. Sintetiza en 86 páginas el mayor drama del siglo veinte y el actual: el arte y la literatura han sufrido más gravemente que otros ámbitos el ascenso de las ideologías totalitarias. Muestra con solvencia intelectual y belleza literaria el escollo principal de la crítica sectaria de nuestra época: eliminar la ambigüedad hasta reducirla a mero cliché.

La crítica sectaria ha conseguido que la obra literaria deje de emitir una compleja pluralidad de significados y sentidos para convertirse en una máquina propagandística con un único mensaje o simpleza: los buenos somos nosotros y los malos son ellos. El ideólogo del arte y la literatura es un criminal de guante blanco dispuesto siempre a llevarse la mano a la cintura para disparar, es decir, para transformar la indeterminación literaria en algo tan concreto como abyecto. Es ya un canon del totalitarismo de lo políticamente correcto la manipulación de la anfibología de toda gran obra de arte hasta hacerla depender de la transparencia otorgada por el realismo socialista, la lista del arte degenerado o los recetarios elaborados por los partidarios de la literatura comprometida.

Exactamente todo ese complejo armazón de engaños y mentiras, de lecturas propagandísticas cegadas por la fe en una determinada ideología, es puesto entre paréntesis por el arte narrativo de Casesmeiro. Porque es consciente de todo lo que aquí se juega, el autor le da puerta a todo ese entramado confuso de ideología y literatura y construye un limpio relato de la estancia muniquesa de Hitler desde la primavera de 1913 al verano de 1914, seguramente la etapa más apacible de su vida. Fue entonces cuando Hitler, lector compulsivo desde la adolescencia y ávido consumidor de prensa, leyó día y noche la obra de Kellermann, que relata los avatares de una prodigiosa construcción de un túnel transatlántico entre Europa y América. Lo curioso, o mejor, lo fascinante de este libro es su verosimilitud. Nada de lo narrado es utópico.

El túnel de Kellermann, que en octubre de 1913 ya había tirado cien mil ejemplares, impresionó a Hitler, según contó en numerosas ocasiones a su ministro de armamento, Albert Speer. Sin lugar a dudas, según se desprende del relato de Casesmeiro, esa obra le hizo cambiar a Hitler de profesión y destino. Transformó sus aptitudes artísticas en políticas. Hitler, que odiaba cualquier tipo de vanguardia en el arte, por influjo del siempre verosímil y realista Kellermann trajo otra forma de hacer política. Perversa, sí, pero tan vanguardista como la de sus coetáneos Lenin y Stalin. Cambió sus habilidades artísticas y literarias, sin entrar ahora en evaluar su bondad o maldad, por las políticas. Fue, por desgracia, uno de los principales vanguardistas de la política del siglo XX. Estuvo siempre a la última. Es el hacedor clave de una vanguardia de vanguardia política. Todos sabemos lo que ella trajo al mundo. Sobra extenderse sobre el nombre al horror.

Si el lector quiere saber cómo llega a Hitler a esa vanguardia, sumérjase en el extraordinario relato, a veces magistral metarrelato, de Casesmeiro, que logra adentrarse con finura psicológica en el alma del joven Hitler en la etapa menos agitada de su vida. Esa que señala el paso del arte a la política.

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