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Bonjour Tristesse

¿Se puede realmente morir de tristeza? Yo creo que sí. Lo contó Françoise Sagan en su primera y celebrada novela Bonjour Tristesse.

¿Se puede realmente morir de tristeza? Yo creo que sí. Lo contó Françoise Sagan en su primera y celebrada novela Bonjour Tristesse.
Marjane Satrapi, cuando recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024. | Xuan Cueto / Europa Press

Leí con interés y con el aprovechamiento habitual —no esperaba menos— el artículo publicado aquí mismo por Santiago Navajas sobre la recientemente fallecida Marjane Satrapi. La autora de la novela gráfica Persépolis. La iraní de la diáspora por excelencia. Falleció hace pocos días. De tristeza, según su familia. Una larga tristeza, quizás congénita, desbocada por la muerte de su marido. "Y también un poco por darse cuenta de que tantos jóvenes compatriotas suyos están muriendo en Irán para nada", añade con un punto de mala hostia mi amiga Asunta, española que vive en Irán y que cree que Donald Trump ya tarda en acabar lo que empezó en Ayatollahlandia.

Yo a Asunta siempre le recomiendo paciencia, que las cosas de palacio van despacio y las de la libertad más. La gente tiende a olvidarse de que entre la muerte de Franco y las primeras elecciones más o menos democráticas en España transcurrieron dos años enteros. Y que llevó un año entero más aprobar la Constitución. La impaciencia se entiende, pero no es buena consejera. Lo mejor para los iraníes sería una transición a la española, que los blandos del régimen —vamos a llamarles así— se acaben imponiendo a los duros desde dentro. Cualquier otro método de reforma tendría efectos colaterales dantescos. Ojo a la paciencia quirúrgica de Israel, que son los que saben y no se hacen ilusiones. Ojo.

Pero volviendo a Marjane Satrapi y a su tristeza. Yo compré Persépolis en una librería de París hace más de veinte años. Cuando éramos todos por aquí, en general, mucho más libres. Y valientes. Las hordas woke todavía no habían cancelado, silenciado o simplemente amedrentado a tanta gente que, dándose cuenta de todo lo que va mal, no osa significarse más a favor de que vaya bien. No sea que.

¿Se puede realmente morir de tristeza? Yo creo que sí. Lo contó Françoise Sagan en su primera y celebrada novela Bonjour Tristesse, que en su día lo petó por su ligereza irreverente, entre existencialista y cínica. Una joven de 18 años, esa edad por definición tan egoísta, veranea en la Riviera francesa con su padre, un viudo mujeriego y seductor, y la amante de turno de este, casi tan joven como ella misma. Aparece de repente una amiga de la familia, una espléndida mujer madura, con la que el padre de nuestra protagonista decide dejar atrás su peterpanismo para tratar de construir un amor serio. Tan serio que la hija empieza a notar ciertos cambios: un nuevo nivel de exigencia y de severidad, algo de disciplina en los estudios. Rabiosa, celosa de sus privilegios, manipula al padre y a la antigua amante de este para ser sorprendidos en una infidelidad tan flagrante como estúpida. Sin recorrido, para entendernos. La novia del padre no lo soporta y se estampa con el coche en una curva de la carretera. ¿Accidente? ¿Suicidio? Ahí descubren padre e hija por primera vez los remordimientos. La nostalgia del futuro perdido. Y la tristeza. Sobre todo, descubren el pozo sin fondo de la tristeza.

¿Qué tienen que ver Bonjour Tristesse y Persépolis? Sagan, en su obra primeriza, ya presagiaba la decadencia, también sentimental, de Occidente. La falta de coraje mental y emocional. El miedo a lo grande. El preferir juguetear con la inane, lo no comprometido, lo relativo. Entender la libertad como pura y dura ausencia de grandeza. Hasta que algo sale mal y el vacío de valores se manifiesta con toda su crudeza. Y el corazón y el mundo devienen un páramo. Invivible. ¿De verdad nada pudimos hacer mejor para que Marjane Satrapi no tuviera que morir de tristeza?

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