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Antes de que se pudra

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¿A qué hemos venido al mundo, niños del mundo? Hemos venido al mundo a tener ideas fijas y practicar actos gratuitos. La mayoría no lo recuerda. Fue una inocencia feroz en la que la sangre y el amor eran lo mismo. La nobleza se conservaba con las uñas negras de arrancar vísceras. Las manos destripaban y daban. La mayoría lo ha olvidado: la gente muda de convicciones, calcula el beneficio de sus actos. Pero muy de vez en cuando, alguien pasa por el lado de la vida que está a la intemperie. Lo ves pasar, desvalido y salvaje, dulce y monstruoso, obedeciendo a la sangre, a lo que la sangre puede ver. Se comporta de un modo suicida y noble. Resulta cómico y triste. Va por las calles reconcentrado en su visión, en eso que solo él sabe, su secreto. Parece ausente y, al mismo tiempo, está alerta como un gato ante lo invisible.

He conocido a alguien así en estos últimos dos días. Se llama Hazel Motes y es el protagonista de Sangre sabia, de Flannery O'Connor (1925-1964). El asunto de esta novela cómica y grave, picaresca y religiosa (en el sentido radical, etimológico, de volver a unirlo todo) es el misterio de la salvación. No hay caída lo bastante honda en el pecado, no hay corrupción tan inmunda, no hay alma tan basurienta, que no conserve unas gotas de "sangre sabia", las suficientes para salvarse, entregándolas. La libertad humana no suprime esa idea fija inscrita en el torrente sanguíneo ni puede evitar los actos gratuitos, los actos por amor, a los que da lugar. Es un misterio, pero la libertad acaba imitando al sacrificio.

Hazel Motes funda y predica la Iglesia sin Cristo en una provinciana ciudad del primitivo y evangélico Sur de los Estados Unidos. Su doctrina es que el pecado no existe y, por lo tanto, Jesús es un impostor cuya sangre no lavó nada. El lector contempla destellos de las pesadillas de Hazel y entrevé una infancia asolada por el trogloditismo bíblico de un hogar presidido por un abuelo predicador que lleva a Jesús "escondido en la mente como un aguijón" y anuncia un Juicio terrible para una raza de víboras humanas arrastrándose por las calles enlodadas de Sodoma y Gomorra. Aterrorizado por esa imagen de Jesús, el pequeño Hazel Motes llega a la conclusión de que la única forma de no caer en sus manos es evitar caer en el pecado. La Iglesia sin Cristo es su intento de liberarse de las pesadillas, su idea fija de una salvación sin pecado y sin Jesús.

Puede interpretarse, si se tiene en cuenta que Flannery O'Connor era católica, como una caricatura de la atomización sectaria del cristianismo protestante, particularmente acusada en el sur de los Estados Unidos. Pero la mirada de la autora a su criatura es de respeto y compasión. Además, la novela no va sobre el ambiente religioso del sur de los Estados Unidos. Reducirla a eso, como da a entender el texto de la solapa de esta edición, es haberla leído con los pies, en mi humilde opinión de lector aficionado. O como si un editor de el Quijote lo presentase al lector del siglo XXI como una parodia de las novelas de caballerías.

Flannery O'Connor adopta un registro humorístico bizarro y viperino, que se sirve de materiales como la violencia y la humillación contra sus personajes. Reciben pedradas, son estafados, caen en zanjas, la gente se ríe de ellos, los sablean pícaros, prostitutas, una patrona de pensión codiciosa,... El mundo les acosa y se burla con la crueldad de una jauría de hienas. Su diferencia, su chifladura, esa idea fija dictada por la sangre, los condena a la soledad y los hace desvalidos. Lo mejor de la mirada de Flannery O'Connor es cómo consigue representar la dignidad con este material de derribo. El fracaso de Hazel Motes acaba salvando a quienes le rodean. Su incapacidad de difundir una Iglesia sin Cristo, o sea, el fracaso de una salvación sin amor, se convierte en el sacrificio gratuito que acaba curando a los otros.

Como señala Flannery O'Connor en la nota introductoria a la edición de 1962, incluida en ésta de 2011 en español, la integridad de Hazel Motes no radica en su intento de deshacerse de la figura de Jesús, sino en su incapacidad de conseguirlo. Sugiere que la libertad humana es el misterio de las fuerzas contradictorias en nuestra mente y que la "sangre sabia" decanta nuestra voluntad hacia los actos gratuitos del amor.

Estoy ante El arcángel Rafael y Tobías, de Claudio de Lorena (1600-1682), una de las dos imágenes dedicadas a este tema en la exposición sobre el Paisaje en el siglo XVII, en el Museo del Prado. El episodio está lleno de actos gratuitos. El perro que sigue a Tobías y al arcángel Rafael, en su viaje a Ragués, por ejemplo. "Partió el muchacho en compañía del ángel, y el perro los seguía" (VI, 2). ¿Qué perro? ¿Por qué los sigue? Claudio de Lorena lo representa escuálido, esquinado, olfateando la tierra, mientras Tobías destripa al enorme pez que ha intentado devorar sus pies al bañarse en la orilla del Tigris. Otro acto gratuito: el arcángel le ordena que extraiga el corazón, el hígado y la hiel del pez y los conserve. De Lorena lo pinta en plena faena. Con el corazón y el higado debidamente ahumados en las brasas del perfume en la alcoba de su amada Sara, logrará deshacerse del demonio que la ha hecho viuda siete veces sin llegar a consumar ninguno de sus matrimonios. Con la hiel del pez untada en los ojos de su padre, Tobit, conseguirá curarle y que vuelva a ver.

Me maravilla la aceptación de Tobías, el modo en que obedece al ángel y practica estos actos gratuitos. No hemos venido a otra cosa que practicar el misterio y compartirlo. Como dijo un personaje de Carson McCullers (otra escritora sureña que adoro): antes de que el secreto se nos pudra dentro. 

 

Les dejo con un fragmento de Sangre sabia, de Flannery O'Connor, en versión de la señorita Celia Filipetto.

Se trata de una escena en la que Sabath Hawkes intenta seducir a Hazel Motes. Sabath es la hija adolescente de Asa Hawkes, el pícaro predicador evangelista que finge haber quedado ciego durante una actuación litúrgica, al que Hazel Motes persigue, sin éxito, para convertirlo a su Iglesia sin Cristo.

He escogido esta escena porque expresa la soledad y la marginalidad de los dos personajes. Al mismo tiempo, me parece valiosa por el talento de Flannery O'Connor para sugerir dulzura, compasión y sentido del humor en una situación dura, en la que vemos a dos personajes desvalidos y maltratados, cuyo acercamiento se realiza a través de pequeños choques físicos (una rodilla contra la espalda, un manotazo al sombrero...) Es un buen ejemplo de cómo sugerir emociones con materiales que parecen fuera de lugar.

-¿Me vas a pegar o no me vas a pegar? - preguntó-. Si me vas a pegar, vamos, pégame ahora mismo porque no me voy a ir. No tengo a donde ir.

Haze no tenía aspecto de querer pegarle a nadie; tenía aspecto de querer estarse allí sentado hasta morirse.

-Escúchame - dijo ella, cambiando rápidamente de tono-, desde el momento que te eché el ojo me dije, ¡fíjate en esos ojos color pacana, son para volverse loca! Esa carita inocente no esconde nada, es pura basura hasta la misma médula, como yo. La única diferencia es que a mí me gusta ser así y a él no. ¡Sí, señor! - exclamó- A mí me gusta ser así, y te puedo enseñar a que le tomes el gusto. ¿No quieres aprender a tomarle el gusto?

Haze volvió la cabeza ligeramente por encima del hombro y vio una carita fea y chupada, unos brillantes ojos verdes y una sonrisa burlona.

-Sí - contestó sin alterar la petrea expresión-, quiero aprender.

Se levantó, se quitó la chaqueta, los pantalones y los calzoncillos y los dejó encima de la silla. Después apagó la luz, volvió a sentarse en el catre y se quitó los calcetines. Los pies grandes y blancos estaban húmedos al contacto con el suelo; se quedó así sentado, mirando las dos siluetas que formaban.

-¡Venga! Date prisa - dijo ella, golpeándolo en la espalda con la rodilla.

Él se desabrochó la camisa, se la quitó, se enjugó la cara con ella y la tiró al suelo Metió las piernas debajo de las mantas, al lado de ella, y se quedó sentado como si esperara recordar algo más.  Ella respiraba agitadamente.

-Quítate el sombrero, rey de las fieras - le dijo, brusca, y de un manotazo le arrancó el sombrero y lo hizo volar en la oscuridad hasta el otro extremo del cuarto.

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