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'Los diamantes de la corona', una joya que dignifica el género

Se repone el montaje de José Carlos Plaza que ya cosechara el éxito en 2010. La propuesta es de lo mejor que se puede ver en Madrid estas Navidades.

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Escena de \\\\\\\'Los diamantes de la corona\\\\\\\'.

En la zarzuela Mis dos mujeres, de Francisco Asenjo Barbieri (1821-1894), el protagonista era un ángel gordinflón que, inicialmente destinado a ejercer su papel de Cupido en una ópera, acababa relegado por su torpeza a una simple zarzuela. No pretendía con esto Barbieri desmerecer el género del que fuera cofundador y gran defensor. Todo lo contrario: su intención era ironizar sobre todas aquellas voces que por entonces tachaban a la zarzuela de género menor, una versión ínfima de la ópera. Voces que aún resuenan. Los diamantes de la corona, del mismo compositor, demuestra que los complejos han de desaparecer de una vez por todas.

Esta obra supone el segundo título de la temporada del Teatro de la Zarzuela, tras la interesante aunque algo indigesta Carmen. Como otras veces, se trata de un montaje reciclado, no sabemos si por la buena acogida que tuvo en 2010 –y en 1854, fecha de su estreno, dicho sea de paso- o por razones presupuestarias; en cualquier caso, luce flamante en todos los sentidos.

Con libreto de Francisco Camprodón, y basada en una ópera cómica francesa de similar argumento, sigue las andanzas de una peculiar aristócrata del Portugal del siglo XVII que capitanea una banda de forajidos dedicados a la falsificación de oro. Un marqués atrevido, un matrimonio de conveniencia, un ladino ministro y una corte de chismosos son los elementos principales del pícaro argumento que, como todos sabemos, suele ser lo de menos en este género.

La trama se sigue con agrado, realzada por la brillante dirección escénica de José Carlos Plaza, que persigue con atención el detalle cómico –uno desea tener cien ojos para no perderse ningún gesto del numeroso reparto- y que sabe devolver un sabor clásico a la obra: los decorados se componen de telones superpuestos, pintados artesanalmente, así como el vestuario. El gozo visual es solo la mitad de la provechosa experiencia: el resto lo aportan el fabuloso conjunto de cantantes, escogidos con acierto. Uno de los personajes afirma que Sonia de Munck, que encarna a la protagonista, "canta como una sirena" –y seduce como una, añadimos nosotros-; no se halla falta de verdad la afirmación. Aunque en ocasiones ahogada por la orquesta, su tersa voz maravilla tanto en la romanza "De qué me sirve, oh bello cielo" como en el famoso bolero "Niñas que a vender flores".

Del Marqués de Sandoval se encarga Carlos Cosías, sensacional como actor y como tenor: recuerda más de una vez al legendario Gerardo Monreal. Fernando Latorre interpreta al líder de los bandoleros, una gallarda mezcla de Curro Jiménez y Jack Sparrow, un auténtico robaescenas que hace que nos preguntemos por qué Catalina prefiere al marqués, y no a él. Estupendo también Ricardo Muñiz con su personaje del Conde de Campoamor, un político de opereta que no pierde ocasión de lanzar guiños al respetable sobre los tiempos que vivimos.

Los diamantes de la corona, como obra y como montaje, es formidable, un espectáculo redondo. La única pena, el único mal sabor de boca que queda en el espectador, es comprobar una vez más cómo la mayoría de la audiencia se compone de gente de muy avanzada edad. No es este solo un tipo de público con frecuencia poco amable –nada silencioso y con tendencia a abandonar la butaca antes de que el telón caiga-, sino que también hace pensar que la zarzuela sigue sin encontrar ese relevo generacional que tanto necesita.

Si desean disfrutar de una auténtica joya teatral, merecedora del más intenso de los aplausos, no lo duden: escapen de las epilépticas luces navideñas y de la marea consumista y acudan al coliseo de la calle Jovellanos. Háganse ese regalo.

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