
Mbappé, Olise, Dembélé, Barcola, Doué… durante días nos han recitado esos nombres como si bastara para que Francia derrotara a España sobre el césped del AT&T Stadium de Arlington en la primera semifinal del Mundial. Una constelación de estrellas, un escaparate de cientos de millones de euros, la mejor colección de talento individual del planeta. Francia era, según el relato dominante, un equipo temible porque reunía más figuras que nadie en la convocatoria de Didier Deschamps.
Y entonces apareció España para recordar la esencia de este deporte: en el fútbol no ganan las colecciones de cromos, sino que ganan los equipos.
No ganó Mbappé. No ganó Dembélé. No ganó el talento descomunal de Olise. Ni el descaro de Doué. Tampoco el desborde de Barcola. Ganó un grupo de futbolistas que entiende este juego como un ejercicio permanente de solidaridad, de compromiso, de esfuerzo y de generosidad. Y ahí es donde hay que poner en valor a la figura de Luis de la Fuente. El técnico de Haro ha conseguido algo que parece sencillo, pero que en el fútbol de las redes sociales, los egos y los Balones de Oro resulta casi un milagro: tener enchufados a todos los internacionales, jueguen noventa minutos o ninguno.
En este vestuario ha calado una idea innegociable —quizá evocando De la Fuente a Manolo García y Miguel Ríos en Insurrección—: nadie es mejor que nadie. Da igual que te llames Lamine Yamal, Pedri, Rodri o Fabián Ruiz. El escudo está por encima del nombre y el equipo, por encima de cualquier individualidad. Esa es, probablemente, la mayor victoria del seleccionador y de esta selección, que está a 90 minutos (o quizá más) de emular a los Iniesta, Xavi Hernández, Sergio Ramos, Iker Casillas y compañía, conquistando su segunda estrella el próximo 19 de julio en Nueva York. Ojalá.
Lamine Yamal lo dijo en la víspera con una frase que algunos confundieron con arrogancia. "¿Miedo? Ninguno. Somos los campeones de Europa". No era una chulería. Era autoestima. Era la seguridad de quien sabe quién es y de lo que ha demostrado durante los últimos años. ¿Por qué iba a tener miedo España? ¿Porque enfrente estuviera Mbappé? ¿Porque Francia acumule futbolistas con un valor de mercado que supera los 100 millones de euros? ¿Porque durante años se haya instalado la idea de que los franceses son una selección prácticamente invencible?
El miedo aparece cuando uno duda de sí mismo. Y esta España hace tiempo que dejó de hacerlo.
Hay equipos que viven de que aparezca su estrella. España, en cambio, vive de que todos hagan mejor al compañero. Del extremo que ayuda al lateral. Del delantero que inicia la presión tras la pérdida en campo contrario. Del centrocampista que corre decenas de metros hacia atrás para cortar una contra. Del suplente que celebra un gol como si lo hubiera marcado él. Del titular que entiende que mañana puede ser otro quien ocupe su sitio sin que eso suponga un drama.
Por supuesto que España tiene talento. Muchísimo. Ahí están el propio Lamine, Pedri, Nico Williams, Rodri —ganador, por cierto, del Balón de Oro en 2024—, Fabián o Mikel Merino. Pero lo que convierte a esta selección en la mejor del mundo no es la calidad individual de sus futbolistas, sino la capacidad para ponerla al servicio del colectivo. Esa diferencia, que parece tan sencilla sobre el papel, es la que separa a los campeones de los aspirantes.
Durante años venimos escuchando que Francia será el gran dominador del fútbol mundial gracias al talento y al físico de sus jugadores, que Argentina era el carácter y que Alemania representaba la fiabilidad. Pero este Mundial de Estados Unidos, México y Canadá está demostrando otra cosa: la referencia es España. No porque tenga al delantero más mediático ni al jugador más caro, sino porque ha conseguido construir algo mucho más difícil: un equipo de verdad. El équipe. Una palabra que suena muy bien en español pero casi mejor en francés. Música para nuestros oídos.
Quizá por eso el título de esta columna no podía ser otro. Porque mientras muchos seguían contando estrellas en la camiseta francesa, España se ha encargado de recordar al mundo que el fútbol sigue siendo un deporte colectivo.
Y, por una deliciosa ironía del destino, ha tenido que ser precisamente la selección española la que haya dado la mejor lección de lo que significa équipe.


