
Empezamos hoy en Libertad Digital una serie de capítulos con la que pretendemos ofrecer una visión real y confrontable del pasado y presente futbolístico del Real Zaragoza, exponiendo informaciones contrastadas y fundamentadas en datos, entrevistas, ruedas de prensa, cifras, hechos y documentos públicos obtenidos de fuentes abiertas como periódicos, Boletines Oficiales del Registro Mercantil o la propia página oficial del Real Zaragoza SAD en internet.
Para comprender cuáles son los objetivos deportivos y económicos de los actuales accionistas mayoritarios del Real Zaragoza —Joseph Oughourlian, Pablo Jiménez de Parga, Juan Forcén y Jorge Mas, entre otros—, se hace imprescindible y necesario ir al origen de la decadencia deportiva y económica de la sociedad anónima deportiva. La semilla del desastre, el punto de no retorno, tiene fecha y nombre: 26 de mayo de 2006, Agapito Iglesias.
Aquel día, el constructor zaragozano adquirió el 85 % de las acciones de un Real Zaragoza exhausto a Alfonso Solans Solans, empresario de éxito, dueño de la empresa Pikolin, que heredó el club de su padre —Alfonso Solans Serrano—. Solans hijo llevaba años sosteniendo al club con más paciencia que resultados y no vendió por ambición, sino más bien por hartazgo. El Zaragoza se había convertido en un foco permanente de problemas económicos, tensiones políticas y muchísimo desgaste personal. Lo que nadie imaginó entonces es que aquella salida, vista por muchos como un mal menor, marcaría el inicio del declive más escalofriante en la centenaria historia del club.
Porque el Real Zaragoza que compra Agapito ya estaba endeudado, sí, pero al menos seguía vivo. De hecho, solo unos pocos meses antes (febrero de 2006) le había metido seis goles —cuatro con la firma de Diego Milito— al Real Madrid de los galácticos en la Copa del Rey. Competía en Primera División, tenía prestigio, masa social y una marca reconocible. Cinco años después, la entidad estaba en concurso de acreedores, en quiebra técnica y sin un euro en caja.
Huida hacia delante sin frenos
El primer movimiento del nuevo propietario fue revelador. El 6 de julio de 2006, en su primer consejo de administración, Agapito Iglesias nombró presidente ejecutivo a Eduardo Bandrés, socialista y entonces consejero de Economía del Gobierno de Aragón, presidido por Marcelino Iglesias. El maridaje entre fútbol, construcción y política volvía a escena. Quedaba clarísima la relación entre Agapito y la cúpula socialista que durante 12 años —entre agosto de 1999 y julio de 2011— gobernó Aragón con Marcelino Iglesias al frente.
Pero duró poco porque Bandrés dimitió por desavenencias claras con los métodos de Agapito. Pero el mensaje ya estaba lanzado: el Real Zaragoza no iba a ser gestionado como una entidad deportiva, sino como un instrumento más dentro de un ecosistema de poder donde el balón era lo de menos.
Los años siguientes fueron una huida hacia delante. Fichajes sin control, pagarés, deuda creciente y una gestión opaca que terminó estallando en junio de 2011, cuando Agapito se vio obligado a solicitar concurso voluntario de acreedores. El detonante fue casi grotesco: el impago de un pagaré al Getafe por el traspaso de Uche. El club no podía afrontar el compromiso porque estaba arruinado.
En apenas cinco años, el Zaragoza pasó de competir en Europa a mendigar oxígeno judicial.
El concurso se resolvió de manera exprés. Se pactó una quita del 40 % que redujo la deuda de 146 millones de euros a 92 millones. El club se ahorró 54 millones. Pero la alegría fue efímera. Porque el problema no era la deuda heredada, sino el gestor. Y Agapito, lejos de enmendarse, volvió a disparar el pasivo hasta los 106 millones en 2014, meses después de consumarse el descenso a Segunda División.
Llegada de César Alierta
Ese fue el punto final. La Fundación Zaragoza 2032, liderada por César Alierta, compró el club en julio de 2014 para evitar su desaparición. En concreto, pagó un euro para hacerse con el 90,62 por ciento de las acciones de Agapito Iglesias. La adquisición no fue para volver a hacer grande a la entidad mañana, sino para evitar que muriera. Así de grave y triste era la situación.
En paralelo, el nombre de Agapito se paseaba por los juzgados. El caso Plaza destapó una trama de supuestas irregularidades en la plataforma logística de Zaragoza, joya política del socialismo aragonés. La Fiscalía llegó a pedir hasta ocho años de prisión por delitos de falsedad, fraude y manipulación de pruebas. Sin embargo, fue absuelto por falta de pruebas concluyentes, en un juicio presidido por Juan Alberto Belloch, exministro y exalcalde socialista. Casualidades de la vida, como recuerda a Libertad Digital el investigador deportivo Luis Serrano.
Pero no siempre se fue de rositas porque el caso Peter Luccin sí terminó en condena, en el primer trimestre de 2020. Seis meses de cárcel por defraudar 895.000 euros a Hacienda en la liquidación del contrato del jugador francés, cifra que con intereses superó los 1,2 millones. El Real Zaragoza pagó también su parte: 100.000 euros de multa y la pérdida temporal de beneficios fiscales y subvenciones públicas. Otro clavo más en el ataúd.
El club sigue pagando el precio
Hoy, casi veinte años después de la venta del Real Zaragoza a Agapito Iglesias, el club sigue pagando el precio de aquel pecado original. Ni Amber Capital, ni Alliance Global Partners, ni ARES, ni Joseph Oughourlian han conseguido reanimar a un Zaragoza que compraron herido de muerte. Con Jorge Mas como presidente ausente, la deuda ha pasado de 53 millones de euros en 2022 a cerca de los 40 millones en 2025.
La Fundación Zaragoza 2032 redujo 46 millones en ocho años. Los nuevos propietarios, con reiteradas ampliaciones de capital, aún no han explicado con claridad a dónde ha ido el dinero ni por qué el club sigue estancado deportiva y socialmente. Tampoco cuáles son las diferencias sustanciales que existen en el esfuerzo realizado por la anterior propiedadm Fundación Zaragoza 2032, y el actual conglomerado entre Alliance Global Patners, ARES y Oughourlian.
Si algo queda claro es que el Real Zaragoza no cayó por mala suerte, sino porque fue entregado a quien nunca debió tenerlo. Todo lo demás —descensos, frustraciones, promesas incumplidas…— es consecuencia directa de aquel 26 de mayo de 2006 en el que Alfonso Solans Solans cerró una etapa… y Agapito Iglesias abrió el abismo.






