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El "Índice de Angustia" en EEUU registra su peor dato desde la crisis de los 70

La economía de EEUU permanece en una situación de plena angustia, según un índice alternativo al PIB elaborado por la Foundation for Economic Education. En la actual recesión este indicador ha alcanzado su valor máximo (61,7 puntos) desde 1975, cuando EEUU se enfrentó a la estanflación.

Cuantificar en un indicador fiable y riguroso el estado de la economía es extremadamente complicado. En los años 40, el economista Simon Kuznets, padre de la contabilidad nacional, lidió con estos problemas, y buena parte de los indicadores macroeconómicos que tenemos en la actualidad tienen los orígenes en esa época.

La mayoría de la profesión y analistas aceptan el PIB como el mejor indicador para trazar el comportamiento de una economía. Aunque como siempre, hay excepciones. Una de las más sonadas es la del Premio Nobel Joseph Stiglitz, quien lo califica de “pasado de moda y engañoso”. Otros economistas de renombre del siglo XX como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek también eran muy críticos con este tipo de indicadores.

Pero hay quienes no se quedan en una simple crítica de estos indicadores y proponen originales alternativas. Éste es el caso de la Foundation for Economic Education (FEE), histórico centro de difusión y enseñanza de ideas económicas desde la óptica de la defensa de la libertad individual y la propiedad privada.

Una de las consecuencias más palpables de la actual crisis económica es el aumento de la incertidumbre, el miedo, la desconfianza, la preocupación y el sufrimiento entre la gente. La excesiva despreocupación y alegría financieras del periodo anterior se ha dado la vuelta para la mayoría de la gente.

Ahora, el temor a la pérdida del empleo en algunos casos, la preocupación por no encontrar uno, la estimación de tener que pagar impuestos más altos en el futuro o la posibilidad de que suban pronto los tipos de interés son cuestiones desafortunadamente reales, y cercanas.

Con el objetivo de captar estos sentimientos a nivel social, de la manera más simple, es para lo que el FEE ha diseñado un índice alternativo del estado de la economía estadounidense, llamado el Índice de la Angustia (Distress Index).

Este indicador junta en un solo índice varios indicadores ampliamente aceptados y oficialmente medidos, que son: el desempleo, el Índice de Precios al Consumo (IPC), el Producto Interior Bruto (PIB), la Utilización de la Capacidad Total de la economía (que es una medida del nivel de uso de los bienes de capital disponibles), y las obligaciones financieras de las familias como porcentaje de su renta disponible.

Para los especialistas del FEE los dos puntos fuertes de este índice son, en primer lugar, que “nos ofrecen una herramienta para interpretar lo que los medios de comunicación y el Gobierno nos cuenta sobre la economía”, y segundo, que esperan dé voz al contribuyente y a las duras condiciones por las que está pasando en estos tiempos.

No obstante, reconocen acertadamente la notable limitación de este tipo de estadísticas: “Ninguna estadística contendrá por completo lo que está sucediendo en la economía real [...] formada por individuos que viven, respiran, planifican y actúan. Las estadísticas son simplemente una abstracción, y como tal, imperfectas”.

El siguiente cuadro ofrece una perspectiva histórica desde 1967 hasta la actualidad del índice, cuyo mínimo fue alcanzado en el año 1973 (29,5 puntos), mientras que su máximo tuvo lugar tan sólo dos años más tarde (63,9) -los tramos en amarillo indican recesiones-:
 

Los niveles vistos en la actual recesión -con un máximo en 61,7- son los más altos desde 1975, lo que refleja la situación de estanflación que sufrió EEUU en la dura década de los años 70.

Estos analistas también incluyen la media del índice por cada presidente durante estos 40 años. Bill Clinton tiene el honor de presentar la media más baja (38), mientras que a Obama le pasa justo lo contrario (60,3 puntos).

A pesar de la noticia del aumento del PIB anunciada en los últimos días, los analistas del FEE advierten de que “la economía todavía permanece en una profunda angustia”. Y es que, buena parte de este dato está inflado por el gasto público.

Además, el desempleo sigue subiendo, escalando al 10,2% en su medida oficial. Sin embargo, otros indicadores que toman en consideración a los trabajadores que se han cansado de buscar un empleo están muy por encima: en el 17,5% considerando a los trabajadores desanimados en el corto plazo -en el último año-, y en el 22,1% incluyendo a los de largo plazo. Y por si esto fuera poco, el último viernes los reguladores del Fondo de Cobertura de Depósitos de EEUU (FDIC) cerraron otros cinco bancos, haciendo escalar el número de quiebras bancarias a 120 en lo que va de año.

La incertidumbre, como en la Gran Depresión

Por otro lado, el economista e investigador Robert Higgs, quien acuñó el concepto de “incertidumbre de régimen” -la incapacidad para predecir con cierta seguridad cómo el gobierno tratará en el futuro los derechos de propiedad privada- para explicar la excesiva prolongación de la Gran Depresión, ofrecía más evidencia de que en la actualidad también podemos estar pasando por el mismo tipo de incertidumbre.

Ésta se refería a que ha aumentado considerablemente el dinero en efectivo que las empresas atesoran y los activos corrientes (a muy corto plazo) que poseen en balance, alcanzando niveles que no se veían en los últimos 40 años, según The Wall Street Journal.

Aunque puede haber otras causas, Higgs afirmaba que esto “puede reflejar la incertidumbre de régimen imperante en la actualidad”, y hace el paralelismo con la situación entre 1935-1940.

En ese periodo las políticas del presidente Roosevelt generaron una incertidumbre tal en los hombres de negocios que reaccionaron rechazando hacer inversiones a largo plazo y convirtiendo sus activos en proyectos de mayor corto plazo. Y el mantenerse líquido es la “inversión de más corto plazo”.

En el periodo actual, el largo plazo “permanece nublado por las incertidumbres asociadas con las iniciativas pendientes del Gobierno en materia de energía, política medioambiental, sanidad, regulación financiera, fiscalidad, las guerras, política monetaria, y otras áreas clave”, apunta este especialista.

En caso de que políticas de este tipo jugaran en contra de las empresas, éstas se verían más dañadas si mantienen inversiones ilíquidas de muy largo plazo, y sucedería lo contrario si mantienen grandes cantidades de liquidez, lo que les da una mayor flexibilidad para realizar sus operaciones.

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