La elección de Aznar como nuevo presidente de la Internacional Demócrata de Centro, las declaraciones del portavoz del mulá Omar y el anuncio de la Comisión Europea de rebajar las previsiones de crecimiento económico en España y en la UE son algunas de las principales noticias que la prensa del día aborda en sus portadas y editoriales.
Diarios como El Mundo, ABC o La Razón destacan el indudable éxito personal de Aznar y el respaldo al papel de España en la escena internacional que supone la designación por unanimidad del presidente de Gobierno español como nuevo líder de la IDC. La cuestión de fondo, la ideológica, y el cambio de nombre, que no de siglas, de la organización -que deja de calificarse de “cristiana” para pasar a ser “de Centro”– está poco y mal analizada. El Mundo se limita a decir, en esta cuestión, que Aznar “ha tratado de exportar a esta internacional la misma estrategia renovadora con la que él transformó el PP en una formación amplia en la que tienen cabida distintas familias ideológicas”. ABC admite que “se percibe a veces en el centro una mezcla de oportunismo, derecha acomplejada y vergonzante, cuando no tibieza o falta de convicciones”. Este diario, sin embargo, rechaza esa apreciación y respalda el concepto de centro con la argumentación tan vacua, manida y políticamente correcta que lo equipara con el consenso, la moderación, el equilibrio y “el más suculento botín electoral”. La Razón, por su parte, asegura que el cambio de denominación “no tiene la vocación de ser una operación de maquillaje, sino una apuesta estratégica y una renovación en las ideas y en los programas”. Sin embargo, tampoco este diario las especifica.
Aunque no será un diario liberal el que critique la erradicación del término democristiano, su sustitución por el concepto de centro no sólo revitaliza la absurda, antihistórica y distorsionadora clasificación geográfica de las ideas políticas inherentes al esquema derecha-izquierda, sino que, tal como se describe, muestra meramente -en el mejor de los casos- un talante democrático que no tiene porque ser exclusivo de ninguna formación política y que nada tiene que ver con un ideario político propio y diferenciado. Si la modernización de la derecha pasa por hacer de la libertad individual su bandera, abogar por la propiedad privada, la reducción de impuestos, la sociedad civil, la reducción del Estado, la fiscalización del poder o el libre comercio, habrá que decir que estos valores ideológicos nunca han sido equidistantes entre las “propuestas maximalistas a derecha e izquierda” de las que nos habla ABC. Las diferencias entre sí de esos supuestos antagónicos son tan irrelevantes como la de los galgos y los podencos. Por el contrario, las ideas verdaderamente reformistas deberían suponer un antagonismo al colectivismo que ambos “maximalismos” comparten. Situarse ante ambos, no entre ambos. Si el cambio de denominación obedece al deseo de incluir a “formaciones con adscripción ideológica liberal”, como sostiene El Mundo, habrá que decir que el liberalismo es un factor que debería alejar a esa organización más de la socialdemocracia que de donde la sitúa la democracia cristiana.
Con todo, la distorsión que pudiera provocar el concepto de “centro” (como le ocurre al de “derecha” e “izquierda”) podría haber quedado neutralizado si -cosa que, por ahora, aún no se ha hecho- se le hubiera dotado de contenido con ideas claras y definidas, que mostrara una alternativa diferenciable de la que propugna la internacional socialista. La elasticidad nada tiene que ver con la ocultación de los principios. Si, tras la caída del muro, hay quienes están por encubrir sus ideas, no deberían ser precisamente los máximos antagonistas de quienes lo erigieron. Más si, todavía, quedan arrogantes que quieren levantar nuevas tapias a las mercancías, a los hombres y a las ideas.
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