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2019: el año del auge y caída de Albert Rivera

Comenzó postulándose como alternativa al PP y terminó poniendo punto final a su carrera política tras el batacazo de Ciudadanos el 10-N.

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Comenzó postulándose como alternativa al PP y terminó poniendo punto final a su carrera política tras el batacazo de Ciudadanos el 10-N.
El ex presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. | EFE

Cuando se cumplen 40 y se sabe que uno será padre por segunda vez no puede decirse que haya sido, en cualquier biografía, un año cualquiera. Esos dos acontecimientos marcan el 2019 a nivel personal para Albert Rivera, aunque ambos quedan eclipsados por su final político, algo que difícilmente se podía vaticinar al inicio de un año en el que el ya ex presidente de Ciudadanos, y expolítico, llegó al momento de mayor gloria de su carrera.

En las elecciones generales del 28 de abril lograba pasar de 32 a 57 escaños, acariciando el sorpasso al PP con el que indisimuladamente coqueteaba aquella noche triunfal. "Nosotros sí tenemos futuro" decía entre vítores de los suyos en un escenario ubicado junto a la sede del partido en la calle Alcalá, enfrente de la Plaza de las Ventas. A pocos metros, le escuchaba con una sonrisa Ángel Garrido, quien apenas unos días antes daba una de las grandes campanadas de la campaña electoral al abandonar estrepitosamente el PP, y nada menos que la presidencia de la Comunidad de Madrid, para fichar por Ciudadanos como integrante de su lista para las elecciones autonómicas, un movimiento que a la postre le depararía la consejería de Transportes que ahora ocupa en el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, cuyo vicepresidente es el naranja Ignacio Aguado.

El de Garrido era el más sonado ("se ofreció él" presumía en privado Rivera) pero no el único de los dirigentes del viejo bipartidismo que se pasaban con entusiasmo a las filas naranjas. La exportavoz del PSOE en el Congreso, Soraya Rodríguez, lo hacía para recalar en la candidatura de Ciudadanos a las elecciones europeas, donde también se integraba el ex presidente de Baleares José Ramón Bauzá, quien abandonaba la disciplina del PP. Un ex ministro socialista como Celestino Corbacho se incorporaba también al proyecto naranja, dentro de la candidatura de Manuel Valls al Ayuntamiento de Barcelona.

Las cosas marchan bien, pero se distancia de Garicano

Eran días de vino y de rosas para Rivera, que no mucho tiempo atrás había estado en la "UCI política" según propia definición, y había tenido que atravesar una larga y dura travesía del desierto en Cataluña, hasta que un partido levantado contra viento y marea haciendo oposición frontal al catalanismo pasó de una presencia testimonial en el Parlament a arrebatar al PSC la hegemonía del espacio no nacionalista.

Posiblemente era el momento en el que, como todo mortal, más debió tener cerca a alguien que le dijese, como a los antiguos generales romanos cuando salían victoriosos: "Recuerda que eres un hombre". Fue entonces cuando su relación con una persona con hasta entonces indudable ascendente sobre su figura, el economista Luis Garicano, hoy jefe de la delegación europea del partido, se deterioró grave y, según varios testimonios, irreversiblemente. Garicano, que hoy respalda a Inés Arrimadas como sucesora, se convirtió en el jefe de un sector crítico que tuvo dos hitos destacados.

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Albert Rivera y Luis Garicano. | EFE

El primero, a principios de año, la victoria contra pronóstico de Francisco Igea sobre Silvia Clemente (otro de los flamantes fichajes procedentes del PP, en este caso frustrado) en las primarias de Castilla y León. Garicano, viejo amigo de Igea desde los tiempos universitarios, le respaldó en todo momento, en abierto desafío a un aparato riverista que había urdido en la sombra el fichaje de Clemente, despertando la indignación de buena parte del partido. El segundo hito se produjo ya en junio, cuando el bloqueo político empezaba a evidenciarse, y fue la sonada dimisión del hasta entonces portavoz económico, el discípulo de Garicano Toni Roldán, quien reprochó a Rivera que no aprovechase la mayoría de 180 diputados que se sumaba con el PSOE para llegar a un pacto de gobierno "moderado" y haber llegado a acuerdos indirectos con Vox, el partido entonces emergente que fue fundamental para implementar los gobiernos de PP y Ciudadanos en Andalucía, Madrid y Murcia, además de en la capital de España.

Los críticos, entre los que se empezaron a sumar en términos cada vez más duros algunos de los fundadores del partido, como Francesc de Carreras y Arcadi Espada, reprochaban también a Rivera su política de alianzas en el Ayuntamiento de Barcelona. El líder naranja decidió que no había diferencias entre el candidato de ERC, Ernest Maragall, y la alcaldesa Ada Colau. Valls, con el que ya para entonces las relaciones estaban totalmente rotas, decidió revalidar el mandato de la líder de los comunes como "mal menor".

Los independentistas de ERC, al ser los más votados, hubieran gobernado por primera vez en su historia la primera ciudad de Cataluña de no haber habido un acuerdo en su contra, como el que fraguó con la izquierda barcelonesa el ex primer ministro francés. Una maniobra que partió en dos el grupo municipal con el que Valls había concurrido a las urnas, del que se separaron los concejales de Ciudadanos y Corbacho. De entre los padres fundadores de Ciudadanos, solo Albert Boadella se mantuvo fiel a Rivera hasta el final, como también hizo otro de los referentes del constitucionalismo, Fernando Savater, quien cerró en las elecciones repetidas de noviembre la lista naranja por Madrid.

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Rivera, con Boadella y Savater, durante la precampaña de noviembre. | EFE

No es no

Pero nada hizo mella en Rivera, convencido de su estrategia. En febrero, y para que no quedase ninguna duda, había forzado que la Ejecutiva nacional del partido avalase por unanimidad el veto al PSOE. Algo que una y otra vez se le recordó a los críticos, varios de los cuales, entre ellos Roldán, estuvieron en esa reunión. Ante los pronunciamientos públicos de la Patronal en favor de un acuerdo PSOE-Ciudadanos, Rivera retó reiteradamente a los llamados poderes fácticos a presentarse a las elecciones, si así lo estimaban conveniente.

Llegó la investidura fallida de Sánchez en julio, que evidenció como nunca antes el grado de ruptura entre el líder socialista y Pablo Iglesias, pero Rivera insistió desde la tribuna del Congreso, en el que a la postre sería uno de sus últimos discursos parlamentarios, en que Sánchez "y su banda" estaban ultimando "en la habitación del pánico" un acuerdo que nunca llegó.

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Rivera y Sánchez, en La Moncloa. | EFE

Nadie en el cuartel general naranja parecía contemplar los posibles negativos efectos de una repetición electoral que, a la vuelta del verano, era una posibilidad cada vez más plausible. Rivera, tras sus vacaciones más largas y opacas, retomó el curso político negando de nuevo que fuera a hacer cualquier movimiento con respecto a la investidura. Pero el 16 de septiembre, por sorpresa, dio un nuevo volantazo para plantear una posible abstención que, por sí misma, no hubiera bastado para salir del bloqueo.

Lo hizo planteando al PSOE, que enseguida despreció la propuesta, tres condiciones: explorar la aplicación de nuevo del 155 en Cataluña, un compromiso contra las subidas de impuestos y, lo más importante, que los socialistas deshiciesen su gobierno en Navarra con los nacionalistas, uno de los elementos de la política de Sánchez que más pertrechó de argumentos a Rivera (y también a Pablo Casado) para su particular ‘no es no’.

Ese mismo lunes pidió reunirse con Casado y el presidente del PP le citó, en un gesto nada inocente, en el despacho que el líder de la oposición tiene reservado en el Congreso de los Diputados, sin permitir que los fotógrafos captasen imágenes del encuentro entre ambos. La idea de Rivera era implicar, eventualmente, a los populares en la operación, algo por otra parte imprescindible aritméticamente, ya que si bien PSOE y Ciudadanos sumaban una holgada mayoría, la abstención de los 57 diputados naranja no hubiera sido suficiente para hacer presidente a Sánchez.

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Rivera, saliendo del despacho de Casado el 16 de septiembre. | EFE

Por aquellos días, las encuestas internas que Ciudadanos (como todos los partidos) encarga periódicamente empezaban a dibujar un escenario difícil, muy difícil. Y así siguió siendo un mes después, cuando tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el golpe secesionista de 2017 en Cataluña del 14 de octubre y la violencia desatada en las calles de Barcelona en el cuartel general naranja se empezó a ver que era Vox, y no ellos, la formación que más crecía en ese contexto político.

Rivera fue a remolque a partir de entonces, rechazando de nuevo la alianza preelectoral ofrecida por el PP -que de haberse aplicado parcialmente en el País Vasco, como se llegó a pensar internamente, podría haber evitado el grupo parlamentario para Bildu- y deslizándose por una pendiente para muchos excesivamente frívola en su campaña, que tuvo en el célebre vídeo con el perrito Lucas su imagen más paradigmática. El 8 de noviembre, en su Barcelona natal, protagonizó su ultimo mitin. Sus padres lo siguieron en primera fila, conteniendo las lágrimas a duras penas su progenitora.

El adiós

El domingo electoral compareció en el interior de la sede (el escenario callejero donde apenas seis meses antes se postulaba como alternativa de futuro al PP ni siquiera se había montado para la ocasión) cuando se confirmaba la dramática cifra de 10 escaños, un batacazo en toda regla, el mayor de su carrera política.

Pidió un "nuevo rumbo" y a la mañana siguiente confirmó su dimisión en un discurso preparado con unas notas a bolígrafo que desveló Libertad Digital. Allí hablaba de su familia, de su "pareja" y del apoyo incondicional que le había dado, de sus padres, del origen de Ciudadanos y, en un gesto de melancolía anticipada, de que ya "nunca" sería presidente del Gobierno. También de que renunciaba a su escaño porque, enfatizaba, no podía ser una "nómina". Los miembros de su Ejecutiva apenas podían contener el llanto aun pasadas unas horas del discurso.

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Rivera, aplaudido por los suyos el día de su dimisión. | EFE

El vicepresidente que no fue

Pudo haber tenido en su mano la vicepresidencia del Gobierno de España, algo inimaginable para el joven de 26 años que en 2006 fue elegido presidente de Ciudadanos y, a final de ese mismo año y contra pronóstico, diputado en el parlamento de Cataluña. El mismo cargo, vicepresidente, que con el comienzo de 2020 podría ostentar uno de sus mayores antagonistas, Pablo Iglesias. Nadie en su entorno más inmediato, el mismo que ha terminado por abandonar con él la política, discutió su estrategia.

Ciudadanos difícilmente tendrá un líder tan indiscutible e indiscutido como él. En su perfil de Twitter, la herramienta cuya utilidad supo vislumbrar como pocos hace una década y donde cuenta con más de un millón y medio de seguidores, se define escuetamente como "Un ciudadano que ama la libertad", aserto que acompaña con tres corazones con los colores de la bandera de España. De fondo, una imagen de uno de sus mítines, estampa de una época pasada, que su hija Daniela alcanzó a conocer y por la que su segundo hijo, de camino, le preguntará algún día.

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