Lo contingente y el daiquiri
Aprovecho los días de sol y playa para la poesía y los discos pendientes; por la noche me entrego a Camba y las 'Divinas palabras' de Valle.
Escribo al borde de la piscina. Solanera atlántica. El mar a pocos kilómetros. Los pies sumergidos en el agua. Una sombrilla para el cóctel. Un libro de Mauricio Wiesenthal. Es decir, estoy al borde del suicidio por estrés, de modo que avísenme solo en caso de que ingrese en Soto del Real quien ustedes ya saben. Hay algo tremendamente español en mandarlo todo a la mierda por lo importante: el sol, el mar y la cerveza fría.
Wiesenthal es, además, un evocador de bellezas. Lo leo cuando quiero reconciliarme con un mundo hostil, repleto de violencias y traiciones, cuando necesito cargar la batería de razones para creer en el amor, cuando la histeria del reloj nos recuerda que ha llegado la hora de la contemplación, si queremos seguir siendo humanos. España entera está tratando de seguirle el paso a un psicópata, y al respecto solo diré que los sanos no deben adaptarse al ritmo desquiciante de los tarados, porque solo en los cuerdos hace efecto la locura.
Antes de arrojarme a la piscina, estuve recorriendo estos caminos entre ríos y rías, aquí donde el alcalde amigo de los nazis y de los Castro; otro que necesita camisa de fuerza. Es tal la belleza de los primeros días de julio en la Galicia marinera que no hay manera de que nada te haga perder la calma. Ahora la vida es una langosta esperando su hora en el enfriador, un mencía de gloria, de la Ribeira Sacra, a la memoria de mi añorado Víctor de la Serna, y un puñado de canciones de Veintiuno, que suena en playlist este verano como dosificador natural de dopamina. ¡A mí las portadas de los diarios!
Paso junto al enorme mural de doña Emilia y a ratos maldigo mi ciudad, por mantener en una esquina protocolaria, casi por obligación, el legado tan inmenso de la reina de las letras españolas. ¿Debió escribir en gallego? No, hombre, debisteis iros todos vosotros al infierno. Está escrito, ya lo saben: lo de las perlas a los cerdos.
Como nadie reivindica lo que merece la pena, aprovecho los días de sol y playa atlántica para la poesía y los discos pendientes, y en la noche me entrego a lo autóctono, es decir, la Estrella Galicia, las columnas de Camba, y hasta las Divinas palabras de Valle. Da igual en qué momento de la vida te pesque, pero volver a leer al gigante del modernismo patrio es siempre sumergirse en un noviembre tenebroso de sombras y fanales, pero alegre de costumbres, tembloroso de moral, pero impoluto de principios; y esa manera tan magistral de tallar en madera vieja paisanos para la historia, con tan solo tres o cuatro machetazos, los que caben en el intercambio de un par de diálogos a la puerta de una iglesia.
También me doy a Rosalía, la autora gallega más maltratada de la historia de las letras de oro. Primero, por ese empeño en convertirla en lo que nunca fue, como si fuera la mismísma estrella roja de esa bandera que llaman la estreleira –creo-. Y después, no sé qué es peor, por la iconografía que le han creado, a medio camino entre Andy Warhol y la carallada mitológica del Rexurdimento galego, con unas gotas del cansinismo feminista de Frida Kahlo, otra a la que nadie le preguntó si quería pasear por siempre jamás en la pechera de las camisetas de verano de señores peludos entrados en carnes, amigos del Che, sin oficio conocido, y poco dados al jabón.
Por hacer el bachillerato en La Coruña, estudié a fondo la fantasía lisérgica que cuatro listos idearon en torno al Rexurdimento y las Letras Galegas, y todo lo que sé es que en clase se dormía hasta mi profesor, que no por casualidad hablaba diez idiomas y tenía seis carreras; quiero decir que había estudiado demasiado como para terminar diciendo que Luís Seoane, Pondal o Celso Emilio Ferreiro le dan mil vueltas a Cela, a Valle, o Torrente Ballester, solo porque escribieron en la lengua adecuada. Qué pereza de país. Qué poco interés real en la literatura, en la belleza, en el talento. Cuánta miseria intelectual.
Vuelvo al daiquiri que es mucho más interesante, más ilustrado, y, con perdón, mucho más importante. Wiesenthal habla de las reinas del mar y de los trenes como si fueran bellísimas mujeres, tal vez merecería haber sido él quien acuñó para la posteridad aquello de estar como un tren. Veintiuno canta "odio la vida moderna", y he perdido unas horas el teléfono móvil en el jardín y no ha pasado nada demasiado grave. Regreso a mi refugio del mar, ya saben, avísenme solo cuando el lunático del bótox ingrese en Soto del Real. Más que nada para sacar el champán caro, que no estoy en condiciones de perderme ni una sola fiesta.
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