
Ha entrado el curso como las mareas vivas por los huecos de las rocas en las playas del norte. A golpe del repunte de las aguas, ruidoso y lleno de ansiedades, arrasando con toda la paz cosechada durante el verano. Ha entrado tan veloz y tan salvaje, que a duras penas hemos podido reunir fuerzas para salir a torear la actualidad, o para contemplar sin prisa estos atardeceres de finales de agosto y comienzos de septiembre que dejan larguísimas sombras a la hora en que los pájaros regresan a sus nidos.
En otro tiempo, más jóvenes, menos cínicos y más idealistas, enterrábamos el ansia de volver al trabajo en paseos meditabundos bajo la luz del crepúsculo. Hacia el noroeste, cuando el sol oculta su último anillo tras las montañas y las casas, la vida se parte en dos, y el día y la noche comparten la fotografía panorámica del final de otro verano. Hay árboles que son siluetas negrísimas, mientras que, en los balcones, las plazas, y en los frutales de las fincas del sureste, todavía danza la vida amarilleada por el último sol. Era entonces cuando recorríamos caminos –el final del verano es tiempo de paseos tranquilos–, oteando horizontes y organizando interiormente en el curso que está al caer, con sus maletas llenas de rutinas, de histerias, de problemas por resolver. Este anochecer anticipado, esta luna con prisa, nos ayudan a entender que se terminan los días de perder el tiempo, por el mero placer de la contemplación, y que los atascos, las reuniones, el asfalto derretido en las grandes avenidas, y las alarmas tempraneras están a la vuelta de la esquina.
Pero esta vez ha sido diferente. Desde que Sánchez está en La Moncloa todo es diferente. Ni el verano es tan verano, ni la democracia es tan democracia, ni la libertad es tan libertad. Supongo que no puedes descansar igual cuando la nación, nuestra casa y la garantía de nuestra forma de vida, de nuestra libertad, está siendo demolida pieza a pieza, mires donde mires, por el capricho de un lunático. Quizá por eso, pese al triste despertar de la rutina de los días de septiembre, ha nacido la esperanza de ver a tantos españoles, morenos y aún con ropa de verano ibicenco, echarse a las calles por Ceuta, que es en realidad echarse a las calles por España, casi sin haber dejado aún reposar las maletas en la puerta de casa.
Son días de unidad. Tal vez Sánchez esté haciendo un último, y en su caso único, servicio a España: unir a todos los españoles. En su contra.
Hay, sin embargo, el peligro de la unidad cosmética, que es una unidad instrumental y justificadísima para defendernos de la amenaza constante que representa Sánchez. Pero la unidad más fuerte no nace de la defensa contra algo o alguien, sino del amor a algo o alguien. No estamos defendiéndonos de un ataque sin más, estamos intentando salvar un tesoro mayor, la España que tuvimos, que ha sido secuestrada en sus instituciones, y en todo aquello en que Sánchez ha podido clavar sus garras carroñeras.
En vez de ceder a la melancolía y el romanticismo del paisaje, pensaba en esto anoche, viendo atardecer todo un verano en un instante junto a la antigua batería militar del costado de la ría. En otro tiempo y en otro año estaría pensando en el curso que se inicia, en todo lo bueno que nos llevamos de estos dos meses de playa, mojitos, abrazos, y flores, pero no en 2026, cuando cada vez más españoles somos conscientes de que nos enfrentamos a un reto al que nunca hemos tenido que hacer frente antes, y de lo muchísimo que está en juego en este momento.
Pensaba entonces en la importancia de lo externo, de lo que parece trivial y nunca lo es. A menudo olvidamos que los símbolos son increíblemente relevantes para nuestros propósitos, y para el anclaje de las ideas en nuestros afectos. Quizá sea el momento de vestir, en medio de esta interminable zozobra política, los colores nacionales más que nunca, el momento de la exaltación pública de lo español, con orgullo y con la serena confianza en que la historia, la tradición y los valores que representan nuestra enseña roja y amarilla nos unen en lo más profundo, y son al tiempo el mejor antídoto para el mal que representa el sanchismo; es hora de revertir el daño que la izquierda española ha hecho durante décadas a los símbolos nacionales, mancillados una y otra vez por sucios cálculos partidistas, de revestirse de aquello que nos une y fortalece, de dejar a un lado nuestras batallas más inmediatas y esconder en un segundo plano nuestros intereses personales, y de luchar día tras día, codo con codo, por la nación de la unidad, de la prosperidad, de la libertad. Mañana es demasiado tarde.