
El after ya ha cerrado. Lo sabe todo el mundo. Ya no sirven más copas, las luces están encendidas y los parroquianos rebuscan en el bolso las gafas de sol porque fuera ya es de día y toca volver a casa. Es ese momento algo triste en el que solo quedan los más perdidos en la pista, incapaces de asumir que la fiesta terminó hace horas. Y esta vez son las feministas, que siguen bailando al ritmo latino mientras habitan espacios de contradicción. Las miras y te preguntas: ¿de verdad no hay nadie que les diga que paren?
Lo verdaderamente fascinante es que siguen convencidas de que hablan desde una posición de autoridad moral. No han asumido que ya no marcan el debate. Llegan tarde a todas las discusiones, convierten cualquier tontería en un escándalo nacional y, mientras tanto, la conversación pública ya está en otro sitio. Es la diferencia entre pinchar música cuando la pista está llena y seguir bailando cuando el personal de limpieza ya está pasando la fregona.
Esa es exactamente la sensación que deja la nueva ministra de Igualdad cuando publica un tuit denunciando lo machista que resulta un streamer por puntuar mujeres. De inmediato aparecen las influencers feministas —mitad morros, mitad tetas, mocatrices completas— grabando vídeos escandalizadas porque un tipo ha dicho que prefiere salir con un seis inteligente antes que con un 10 insoportable. Curiosa forma de entender el machismo: resulta que valorar más la personalidad que un físico de rubia sexy mega operada para adaptarse al canon de belleza heteronormativo, también es opresión. Semanas antes ellas mismas participaban en un trend puntuando hombres entre risas, y aquello, naturalmente, era empoderamiento. Pero estamos en 2026. El after ya ha cerrado. La fiesta terminó. Ya no os cree nadie.
Luego aparece Irene Montero sujetando su vaso color matcha, frunciendo el gesto hasta límites insospechados y acercándose tanto a la cámara que parece que vaya a tragarte, para explicarnos qué cosas nos disgustan a las mujeres. Que ver al Xokas comiendo tallarines es muy desagradable, dice. Lo afirma quien comparte mesa, mantel y cama con Pablo Iglesias, el mismo que en público le tapa la boca sin que ella rechiste.
Y después llega el turno de la novia del Xokas, que encima está buena. Si está con él será porque está manipulada, porque es una sumisa o porque no sabe lo que hace. Nunca porque haya tomado una decisión libre. Resulta curioso que un movimiento que presume de respetar la autonomía femenina solo la reconozca cuando las mujeres eligen exactamente lo que sus portavoces consideran correcto. Hace unos años defendían que las mujeres no necesitaban tutela masculina. Hoy parece que necesitan tutela feminista.
Durante años os convencisteis de que cualquiera que no compartiera vuestro lenguaje era un machista, un fascista o un reaccionario. Que bastaba con señalar, cancelar y avergonzar para ganar una discusión. Y lo único que habéis conseguido es que miles de chavales, que probablemente nunca se habrían planteado estas cuestiones, desarrollen un rechazo casi automático hacia cualquier discurso que lleve la etiqueta del feminismo. No porque se hayan vuelto enemigos de la igualdad entre hombres y mujeres, sino porque están cansados de la hipocresía, de las dobles varas de medir y de unas élites morales incapaces de aplicarse a sí mismas las reglas que exigen a los demás. Si alguien ha erosionado la credibilidad de ese discurso, habéis sido vosotras.
Y así habéis acabado: dando lecciones de dignidad mientras convertís en icono cultural a Bad Bunny; denunciando la cosificación mientras bailáis canciones que convierten a la mujer en mercancía; proclamando sororidad mientras despedazáis a cualquier mujer que se salga del guion.
"Si tienes una mala racha, no te líes con un facha; pero si hay que elegir, me quedo con Abascal". Este es el nivel intelectual del feminismo mocatriz; de cantante, modelo y actriz. Sois el último grupo bailando cuando el DJ ya ha apagado la música.
Salid del local. Poneos las gafas de sol y coged los tacones con la mano, porque el camino de vuelta va a ser largo y hay que llegar a casa sola y borracha. Habéis conseguido algo que parecía imposible: convertir a generaciones enteras de jóvenes al antifeminismo. Habéis prendido fuego al legado de aquellas mujeres que lucharon por la igualdad jurídica y, sobre esas cenizas, os habéis puesto a perrear. Ni Jesús Gil en su jacuzzi consiguió convertir la exhibición femenina en bandera con tanto entusiasmo.
El problema ya no es que el público haya dejado de aplaudir. Es que hace rato que salió del local y vosotras seguís bailando mientras el personal os espera para cerrar, llegar a casa y descansar de vosotras de una vez por todas.
