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Pedro de Tena

De la marrulla que nos asfixia

Apenas había pasado la noche de la celebración de la victoria de la Selección, cuando en el campo de la política se veía la marrullería de Zapatero.

MADRID, 21/07/2026.- El empresario Julio Martínez Martínez, amigo de Zapatero y uno de los principales investigados en el caso Plus Ultra. | EFE

Dice María Moliner en sus estudios de gramática española que la presencia de la doble erre en muchas palabras indica una intención despectiva. Cita, por ejemplo, birria, cacharro, ceporro, fanfarria, mamandurria, mamarracho, moharracho, bodorrio, murria, pequeñarro, purrela, purria, purriela, soñarra, toparra y villorrio. Ni son todos los nombres ni son todos los adjetivos de tal índole. Pero son.

Tras la celebración del partido de la final del Mundial, no tiene más remedio que venirse a la cabeza la palabra marrullería, que es sinónimo de marrulla. Significa, según la RAE, engaño, treta o maniobra astuta para obtener ventaja, normalmente actuando con disimulo o poca limpieza. Véase, por ejemplo, el comportamiento de algunos jugadores de la selección argentina. No se me olviden dos nombres, Paredes y Molina. Tampoco Messi, pidiendo la expulsión de Cucurella por decir algo tapándose la boca mientras se agredía físicamente a los españoles. Qué chungo final de etapa.

La marrullería de salir a un terreno de juego aparentando querer jugar al fútbol con el máximo nivel posible y hacer luego lo que todos vimos, patadas, agresiones, faltas de lesión y desprecios a una selección que sencillamente fue mejor, en juego y en respeto a las normas, no debe dejarse pasar. Demasiado han dejado pasar los árbitros, tanto que exigimos que se investigue qué hay detrás.

No es nuevo en el fútbol esto de la marrulla. El gran periodista deportivo y seguramente mejor escritor, José Antonio Martin Otín, Petón, cuenta que una vez el cantante Joan Manuel Serrat llevó a su hija María a ver un partido infantil. Él era aficionado, había sido guardameta de rodilleras y gorrilla y era muy amigo del masajista Ángel Mur, que lo fue de la Selección española. Pero se encontró, describe Petón, con "falseadores en miniatura, aprendices de la marrulla, actores del área, malandrines diminutos, trapaceros, tahúres del balón, dingolondangos que desdeñaban el toque, el regate, el pase, el disparo, el coraje, las combinaciones, a cambio de fingir caídas, disimular faltas, replicar al árbitro y reñir con los rivales". Sí, da pena, que algunos malmetan a los niños en estas porquerías.

La marrulla cunde por todas partes, pero en este caso se ha visto universalmente. Ya se comprobó la mano del diablo de Maradona contra Inglaterra en 1986, pero hubo muchos que la vieron o no la quisieron ver. En este caso, es que el directo de las televisiones ha dejado clara la marrullería de una Argentina futbolera que no soporta perder con honor prefiriendo ganar con marrulla. Milei tiene que tomar nota, que él sabe de fútbol.

A los españoles nos asfixia esta roña moral y no sólo en los campos de fútbol. Apenas había pasado la noche de la celebración de la victoria de nuestro equipo nacional, cuando en otro campo, el de la política, se veía con toda claridad la marrullería de un ex presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Hay que ser marrullero en grado sumo para aparentar ser un "Bambi" dialogante tras haber ordenado manejar a su favor un atentado terrorista como el del 11-M. Hay que serlo mucho para aparentar ser un adalid del "talante" cordial y tolerante mientras se resucitaba el odio de una Guerra Civil. Hay que serlo hasta el tuétano cuando se finge ser un defensor de los derechos humanos mientras se desempeña el papel de comisionista ayudando a dictaduras miserables que los pisotean.

Para ser el marrullero mayor del Reino de España sólo faltaba que, después del vergonzoso asunto de las joyas, aún sin explicar, se hundiera toda su defensa en el caso Plus Ultra. Recuerden. Dijo no haber intervenido en el rescate, ni haber traficado con su influencia en el Gobierno de Pedro Sánchez. Su negación estelar fue: "Ninguna. Cero. Cero absoluto". Y el tipo, creyéndose impune, lo repitió ante el juez. Pues, como en el caso del fútbol, todo el mundo está viendo en directo o en diferido, el espectáculo de su marrullería. No es que haya discrepancias menores entre su versión y la de otros actores de primera fila en la operación del rescate de la aérea venezolana. Es que los imputados, Los Julitos, que han hablado ya oficialmente con la Fiscalía buscando un mejor trato judicial por sus delitos, han cantado con toda claridad que el cerebro era él, que claro que medió y que su influencia se tasó en una comisión del 1 por ciento.

A casi toda España —siempre hay antipatriotas— nos ha sofocado la marrulla futbolera que hemos visto desarrollarse en la final del Mundial. Al día siguiente de tanta indignación, a más de media España, y no a toda porque hay quienes seguirán votando lo que vota aunque se mate, se robe o se traicione, nos asfixia que un ex presidente del Gobierno de España sea un marrullero que se ha fabricado una personalidad ficticia para esconder lo que presuntamente es: un delincuente de partido, un malhechor, un villano.

En un libro argentino de cuentos sobre el fútbol, se admite que hay árbitros de "locura inversa", esto es, "amigos o lacayos de los sobradores, por temor a ser sus víctimas, inflexibles con los débiles y condescendientes con los matones". El Mundial ha dado fe de su existencia. Pero esos otros árbitros del Estado, los fiscales y los jueces españoles, no parecen dispuestos a volverse inversamente locos y hacer pasar las marrullerías infames de Zapatero por "sacrificios" generosos. Se va a ver enseguida. Hoy mismo. Esto sí que es fango asfixiante.

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