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Diego González

Gafas fuera

Por supuesto que el Gobierno querrá desviar la atención y usará cualquier cosa, pero un eclipse es una de las pocas cosas que ni siquiera el PSOE puede arruinar.

Varias personas durante el eclipse solar total de 2026, a 12 de agosto de 2026, en Cantabria (España). | EUROPA PRESS

No sé si era el mejor lugar para ver el eclipse, pero desde luego era el que tenía el mejor nombre. Cuzcurrita de Río Tirón es un pueblo riojano de 500 habitantes, a un cuarto de hora en coche de Haro y a tres de Logroño. Hay un par de bodegas pequeñas, dos o tres alojamientos rurales y una docena de calles. En una era junto a la carretera nacional se juntó medio pueblo con sillas de playa, manteles a cuadros, mesas de picnic, bolsas de patatas, latas de olivas, embutido para cortar y, por supuesto, unas botellas de Rioja, que para eso estábamos donde estábamos. Era una escena tan cotidiana y a la vez tan extraordinaria que resultaba irreal. Allí nos plantamos nosotros cinco con nuestras sillas del Decathlon veteranas de muchos veranos y nuestro fuet de la Casa Tarradellas, dispuestos a ver el espectáculo de nuestras vidas.

Lo mejor de un eclipse total es que es indescriptible por definición. No importa qué palabras se usen, es imposible capturar la atmósfera, la emoción, el estupor, el silencio y el espectáculo. Ni siquiera los cientos de miles de vídeos y fotos que todos hemos visto y compartido le hacen una mínima justicia. No se trata sólo de un fenómeno visual; la bola negra brillante en el cielo desafía de tal manera millones de años de evolución humana que nos pone en alerta lo queramos o no. Como especie, ni estamos ni estaremos preparados nunca para determinados acontecimientos, pero a diferencia de lo que sucede con los viajes en avión, que ya son parte de lo cotidiano para muchos de nosotros, un eclipse solar total es tan infrecuente que el ser humano típico lo experimenta, de media, cero veces en su vida. Por eso es más común aplaudirle a la Luna cuando tapa al Sol que al piloto cuando el avión aterriza, pero el motivo es exactamente el mismo: estamos presenciando un milagro.

Unas horas antes del evento leía en la pajarería de Elon Musk a algunos periodistas y militantes —valga la redundancia— de derechas anunciar su intención de no ver el eclipse "para no sumarse a la borregada", porque el Gobierno "quiere desviar la atención". Mira que hay que ser tristes. Siempre hay algunos aguafiestas que se molestan cuando otros se lo pasan pirata, celosos de que alguien aparte momentáneamente los ojos de su causa, sea la que sea. Pero normalmente los cenizos y los coñazos suelen pastar a la izquierda del campo ideológico. Que si no nos olvidemos de Gaza, que si salimos a celebrar el Mundial pero no a defender lo público, esa clase de cosas. Un absoluto tostón, la clase de persona que nadie quiere tener cerca.

Creo que si hay algo que todos nos hemos ganado es un descanso. Por supuesto que el Gobierno querrá desviar la atención y usará cualquier cosa que tenga a mano para ello, pero un eclipse solar total es una de las pocas cosas que ni siquiera el PSOE puede arruinar. Dentro de unos años nadie se acordará de Óscar Puente, pero todos recordaremos con quién vimos nuestro primer eclipse de sol. Además, si Dios quiere y la fontanería socialista lo permite, para cuando llegue el eclipse del año que viene, más largo, más intenso, mejor, Pedro Sánchez sólo será un mal recuerdo. Y tendremos el doble que celebrar.

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