
Esta semana estuve en Ceuta para participar en la manifestación del día 2 de septiembre. No fui allí representando a ningún partido, asociación o medio de comunicación, sino que simplemente sentía que debía acompañar al bravo pueblo caballa como un pequeño gesto de apoyo a la gesta que llevan semanas protagonizando.
Podía haberme quedado en Madrid, haber escrito un tuit y haberme pronunciado desde la comodidad de mi casa con una de esas frases grandilocuentes que nos hacen sentir comprometidos sin obligarnos a comprometernos demasiado. No obstante, necesitaba cruzar el Estrecho y mirar a los ojos a quienes han sentido que el Gobierno de su propio país los abandonaba frente a un enemigo de España como es Marruecos.
Esperaba encontrar una ciudad asustada, exhausta o rota, pero hallé justamente lo contrario. Encontré orgullo, dignidad y una fortaleza difícil de explicar. Me crucé de bruces con un pueblo que había sido golpeado sin perder la sonrisa, que estaba cansado sin dejarse vencer y que se sabía español sin necesitar que nadie llegara desde la Península para concederle ningún certificado al respecto.
En Ceuta nadie tuvo que explicarme que aquello era España. Se veía en las banderas colgadas de los balcones, en la libertad que se respiraba en la calle y en la alegría que se contagiaba en los bares. Pero sobre todo se notaba en la forma de ser de sus gentes, con esa mezcla tan nuestra de generosidad, dignidad y mala leche. Vi a personas que tenían motivos para estar muy furiosas, cansadas y asustadas y que, aun así, me regalaban una sonrisa simplemente porque les apetecía.
Y mientras caminaba entre ellos entendí que llevamos demasiado tiempo hablando de España como si fuera únicamente una organización territorial, un conjunto de leyes o una discusión permanente entre políticos. Pero España es sobre todo una manera de vivir, de querer, de reír, de trabajar y de rebelarse. Una forma de estar en el mundo que reconocí en Ceuta a cada paso.
Porque ser español es abrir las puertas antes incluso de que nadie llame. Es ser hospitalario no porque lo dicte la costumbre, sino porque nos nace del corazón hacer sitio, compartir la mesa y tratar como si fuera de nuestra familia a quien acaba de llegar.
Ser español es vivirlo todo con una intensidad que a veces nos desborda tanto que no nos soportamos ni a nosotros mismos. Es entregarnos a la alegría como si esta noche fuera a ser la última y al trabajo como si de nosotros dependiera que el mundo siguiera girando. Somos disfrutones porque somos españoles, pero también tenemos ese genio en el tajo que mamamos desde que vemos a nuestra abuela octogenaria subida a una escalera de siete metros porque esa pared no se va a pintar sola.
Ser español es reírse de todo y de todos, especialmente de nosotros mismos. Es haber convertido el humor en refugio, en resistencia y en una manera de decirle a la vida que, por mucho que golpee, nunca conseguirá vencernos del todo.
Ser español es pertenecer a una familia que se parece más a un clan: discutir a voces por cualquier tontería y estar dispuestos, un instante después, a enfrentarnos al mundo entero si alguien toca a uno de los nuestros. Es tener por deporte tomarle el pelo a tu parienta sólo por conseguir ese brillo en los ojos que, en el fondo, es el puto motivo por el que te levantas cada mañana.
Ser español es amar la belleza. Es buscarla en una canción de Nino Bravo, en una de nuestras interminables sobremesas, en el irresistible cutrerío de las verbenas de nuestros pueblos, en los interminables chistes de tu lo compadre Paco –donde, como Ítaca, lo importante no es el destino, sino el viaje–, en los casi inteligibles "y con tu espíritu" que dispara a toda prisa tu tía Rosario en las misas de cada evento familiar, en el arte de tu abuela para abanicarse, hacer jabón y despellejar a medio barrio a la vez…
Ser español, en definitiva, es vivir con el corazón abierto: hacer de los nuestros una patria y tratar de que el mundo sea un poco más bonito para todos los que nos rodean.
Pero eso sí, lo hacemos porque queremos y cuando queremos, no porque nos lo imponga un sátrapa podrido de millones que ha chantajeado al presidente de la nación. Ahí se despierta al gigante dormido que todos los españoles llevamos en nuestro código genético.
Podemos decir que somos enormemente conformistas y rara vez alzamos la voz para mejorar lo colectivo. Pero cuando atacan a nuestro ser, a nuestra esencia o a nuestro corpus, se despierta un alma indómita que no sabíamos ni que teníamos. Lo pudieron comprobar las tropas francesas durante la invasión napoleónica y de nuevo se ha evidenciado esta semana cuando media España ha salido a la calle.
Todo eso lo vi en las gentes de Ceuta y por eso tenemos un deber moral con ellos. Ceuta es y será española ad eternum y ninguna turba de infraseres machistas, homófobos e incívicos podrá nunca cambiar eso. Ya los vencimos en 1492 y lo volveremos a hacer.