Menú

El islam es incompatible con la democracia

Allá donde Alá es soberano, el pueblo nunca llega a serlo: cambian las fronteras, las lenguas y la economía, pero el resultado se repite con obstinación.

Allá donde Alá es soberano, el pueblo nunca llega a serlo: cambian las fronteras, las lenguas y la economía, pero el resultado se repite con obstinación.
Mujeres cubiertas con burkas en un mercado de Kabul. | Europa Press / Contacto / Antonin Burat

En Occidente tenemos que despertar de la ensoñación buenista y woke en la que los políticos de la izquierda nos han encerrado. El islam y la democracia son como el agua y el aceite y nuestras sociedades deben empezar a reaccionar para poder defenderse.

La prueba más evidente de ello la encontramos en el Índice de Democracia 2024 de The Economist, el cual analiza 167 países atendiendo a su sistema electoral, el funcionamiento de sus gobiernos, la participación política, la cultura democrática y el respeto a las libertades civiles. Entre las democracias plenas no aparece ni un solo país de mayoría islámica. Ni uno.

Para encontrar los primeros hay que descender hasta las democracias deficientes: Malasia ocupa el puesto 44; Indonesia, el 59; y Albania, el 66. Después, llegan los regímenes híbridos: Senegal aparece en el puesto 74; Bosnia y Herzegovina, en el 88; Marruecos, en el 91.

A partir de ahí comienza el desfile de los regímenes autoritarios más crueles, brutales e inhumanos del planeta tales como Afganistán, Siria, Sudán, Irán… Cambian las fronteras, las lenguas y las condiciones económicas, pero el resultado político-religioso se repite con una obstinación que ya no puede atribuirse a la casualidad, sino a la causalidad.

La razón es sencilla: el islam no se limita a ordenar la relación del hombre con Dios, sino que pretende ordenar también la sociedad y el Estado. La ley religiosa no queda recluida en la conciencia individual, sino que aspira a situarse por encima de la ley civil. Y cuando la voluntad de Alá está por encima de la voluntad popular, la soberanía nacional se convierte en una ficción.

La democracia exige separación entre religión y Estado, división de poderes, libertad de expresión, igualdad entre hombres y mujeres y protección de las minorías. También exige poder abandonar una religión, criticarla o incluso burlarse de ella sin terminar en una cárcel o bajo una lápida. Todo eso choca frontalmente con la aplicación política del islam.

Podemos también observar que los colectivos musulmanes presentan carencias importantes de integración en las sociedades democráticas. En España, por ejemplo, los marroquíes apenas representan el 2% de la población, pero rondan el 10% de los presos y el 8% de los investigados por delitos sexuales. Su tasa de cotización es de un paupérrimo 36% y copan las ayudas sociales siendo la mitad de los extranjeros que perciben el Ingreso Mínimo Vital.

Y no se trata de una anomalía española. Europa está sembrada de barrios en los que el Estado conserva la soberanía sobre el mapa, pero la ha perdido en la vida cotidiana. Las banlieues francesas, Molenbeek en Bruselas o los llamados barrios vulnerables de Suecia concentran segregación residencial, desempleo, fracaso escolar y delincuencia. Allí han terminado levantándose sociedades paralelas en las que las costumbres de la comunidad pesan más que las leyes del país de acogida. Lo llamaron multiculturalidad para no reconocer que estaban construyendo guetos.

Lo verdaderamente inquietante es que el problema no siempre desaparece con el paso del tiempo. También alcanza a segundas y terceras generaciones que ya han nacido en Europa, hablan su idioma, han estudiado en sus colegios y disfrutan de todos sus derechos, pero continúan viviendo culturalmente de espaldas al país del que son ciudadanos. Cuando el desarraigo sobrevive a los abuelos, los padres y los hijos, ya no puede explicarse únicamente por la falta de tiempo o de recursos. Se puede tener un pasaporte europeo y seguir habitando mentalmente fuera de Europa.

Occidente tiene muchos defectos, pero ha construido el mayor espacio de libertad, prosperidad y tolerancia de la historia de la humanidad. Aquí una mujer pertenece únicamente a sí misma, un homosexual puede amar sin esconderse y cualquier ciudadano puede criticar al Gobierno, a la Iglesia o al mismísimo Dios.

La tolerancia no consiste en permitir que quienes desprecian nuestras libertades terminen destruyéndolas. Una democracia incapaz de defenderse no es más libre, sino que simplemente es una civilización que ha decidido suicidarse con una sonrisa.

Temas

En Internacional

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Inversión
    • Securitas