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El himno nacional marca la Diada más deslucida de la década

Agonía del procés y violencia frente al Parlament a la espera de una sentencia del Supremo tras la que el separatismo espera recuperar fuerzas

Libertad Digital
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Agonía del procés y violencia frente al Parlament a la espera de una sentencia del Supremo tras la que el separatismo espera recuperar fuerzas
Un momento de la manifestación. | EFE

Fiasco. La marmotada pierde fuelle, el Onze de Setembre ya no es lo que era a fuerza de ser todos los años lo mismo. En esta edición, la gran novedad es el himno de España a toda pastilla en la ofrenda floral del Govern Torra a la estatua de Rafael Casanova. Dos personas en una habitación de hotel son la noticia de la Diada frente a las seiscientas mil, según la Guardia Urbana, que han secundado el cansino llamamiento de la Assemblea Nacional Catalana (ANC).

Sorprendente diligencia de los Mossos d'Esquadra, que ante la afrenta de que la Marcha Real se impusiera a los sones de Els segadors, el himno regional, se han apresurado a identificar a los autores de la emisión, que habían alquilado el día antes una habitación de un hotel aledaño a la estatua y que "armados" con dos altavoces han amenizado la ofrenda floral separatista. Intolerable acto para Torra y el consejero de Interior, Miquel Buch. Los activistas del himno nacional han sido retenidos y registrados y se les ha impedido continuar con la programación musical con el pretexto de la alteración del orden público.

La celeridad de los policías de la Generalidad contrasta con la pasividad ante los actos de terrorismo callejero de las bases del separatismo, ante los señalamientos de los domicilios de jueces y fiscales, de sedes de medios y partidos, actividades de las que nunca se derivan identificaciones ni mucho menos detenciones.

Los grandes olvidados

Los presos y los "exiliados" no sólo son los grandes ausentes de la Diada, sino los grandes olvidados, a pesar de la inminencia del fallo y de que la manifestación pretende ser un ensayo general de la respuesta en las calles a la sentencia del Supremo. El president Torra los obvió en su mensaje "institucional", una soflama en la que tuvo un recuerdo para todos los gremios de la Barcelona de 1714, desde los estibadores a los carniceros, pero en la que no citó ni a los evadidos ni a los que el separatismo llama "presos políticos".

En los parlamentos de la manifestación, sólo Marcel Mauri, portavoz de Òmnium, dedica parte de su discurso a los presos. Lo hace para avisar a Pedro Sánchez de que le quedan dos meses para poner en libertad a los Jordis, Junqueras y el resto de golpistas encarcelados. Alude a un supuesto informe de Naciones Unidas. Elude que la llave de las prisiones en Cataluña está en manos de la Generalidad, en concreto de la consejería de Justicia que ostenta la republicana Ester Capella.

Los dirigentes separatistas se llenan la boca con la amenaza de que no acatarán la sentencia salvo que sea absolutoria, pero obvian que ellos son los carceleros porque las competencias en materia penitenciaria fueron transferidas hace décadas a la Generalidad.

En busca de la unidad

Unidad es la palabra clave. Los partidos separatistas no pueden ocultar su división y las bases, la ANC y Òmnium exigen unidad en pos de la independencia y que se abra una nueva etapa.

Todo está dispuesto para que los fallos del Tribunal Supremo pongan fin el periódico histórico conocido como procés y que empezó en 2012 con la primera manifestación multitudinaria de la Diada. La presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, asegura en su intervención que ya han aprendido a no marcarse plazos. En pasadas ediciones, la independencia estaba a punto, era inminente, faltaban meses, sino semanas. El engaño permanente ha acabado por desfondar a la mitad de los fieles de cada Onze de Setembre, agotados de esperar la república tantas veces prometida.

Violencia separatista

Una parte del separatismo no se conforma. Tras la manifestación, una multitud se ha dirigido al parque de la Ciudadela, frente al edificio que acoge el parlamento. Había un llamamiento para tomar al asalto la cámara. Un cordón policial protege la sede de la soberanía autonómica.

Los manifestantes lanzan botes de humo y bengalas. Los Mossos avisan de que de persistir los manifestantes en su actitud se verán en la obligación de disolver la concentración. Grupos de vándalos queman retratos del Rey. Se entrenan a la espera de la sentencia, el momentum del que habla Torra para "volverlo a hacer".

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