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José García Domínguez

Rufián acabará en el PSOE

Acosado por una militancia comarcal y pueblerina que no tolera sus boutades, Rufián buscará el aplauso fácil en el Frente Popular de la Meseta.

Gabriel Rufián en el acto que compartió con el diputado de Más Madrid Emilio Delgado. | Cordon Press/Ignacio Lopez Isasmendi/ZUMA Press Wire

El destino de Gabriel Rufián empieza a rimar, y con una ironía histórica deliciosa, con la trayectoria de aquel Eugenio d’Ors que pasó de arquitecto intelectual del catalanismo a convertirse en el filósofo áulico de la Falange más castiza y madrileña. Salvada la distancia de la talla intelectual —que en el caso de Xenius era oceánica y en el de Rufián es de charca tuitera—, ambos remiten a idéntica pulsión: la del oportunista necesitado de facturar que quema el templo donde fue ungido para construir otro con los ladrillos del adversario.

El llamado Colectivo Primero de Octubre, que no es un autobús urbano de Buenos Aires sino una cofradía de independentistas hiperventilados con el carnet de ERC en el bolsillo trasero del pantalón de pana rústica, al pedir el expediente disciplinario para Rufián, ha detectado ese aroma de deserción inminente. D’Ors saltó del Noucentisme a la capital del Imperio porque, tras morir Prat de la Riba, el nuevo líder de la Lliga, Puig i Cadafalch, no soportaba su afán de protagonismo escénico. Al verse orillado por la nueva dirección, Xenius decidió que si no podía mandar en el patio catalán, mandaría en el altar del Estado. Rufián, acosado por una militancia comarcal y pueblerina que no tolera sus boutades, parece seguir el mismo rastro: si en casa le afean el narcisismo, buscará el aplauso fácil en el Frente Popular de la Meseta.

Una coalición con formaciones de genética visigoda es, para el esencialismo republicano, lo mismo que fue para los catalanistas de entonces el paso de D’Ors por Burgos: una traición a la raza envuelta en retórica de todo a cien. Si el apologeta del seny acabó vistiendo la camisa azul mahón del fascio, el de Santako semeja dispuesto a embutirse en el traje que sea con tal de salvar la nómina. Como aquel D’Ors que descubrió que se vivía mejor en el Prado que en el Institut d’Estudis Catalans, Gabriel ha descubierto que el brillo nocturno de los neones de la Gran Vía bien vale un corte de mangas a sus todavía empleadores. Acabará en el PSOE.

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